El delirio golpista de Cristina

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Es cierto que hay que ser prudentes, porque Cristina puso las instituciones democráticas al borde del abismo. Pero también es verdad que para encontrar los mejores remedios, hay que hablar claro, sin eufemismos e identificar con la mayor precisión cual es la enfermedad. Y creo que hay que decirlo con todas las letras. Cristina es golpista. Con sus delirios y venenos, finalmente se sacó la careta y está conspirando contra la continuidad de su propio  gobierno. Es un suicidio político. De acá y de todas las tragedias autoritarias se sale siempre con más y mejor democracia. Pero también hay que señalar con toda claridad el origen de esta situación destituyente. Se trata de un feroz enfrentamiento dentro del peronismo y que nos recuerda las peores épocas de la violencia criminal entre Montoneros y la Triple A, por suerte en esta ocasión,  sin armas y sin sangre. Pero hay que remontarse a esa época del horror y los cadáveres para encontrar algo semejante.

Hay que decirlo sin pelos en la lengua y sin temores como lo dijo la diputada Mariana Zuvic: “Dos dementes, en versión pimpinella, jugando con un país en llamas. Patético final”. Es cierto. Están bailando en la cubierta del Titanic. El país se hunde rumbo a los 115 mil muertos, a la explosión de la pobreza y la desocupación y a la inseguridad galopante con narcos incluidos y estos irresponsables se tiran las culpas por la cabeza, en vivo y en directo y a cielo abierto.

No quiero hacer diagnósticos sobre el estado de la salud mental de Cristina, pero en su carta escribió 18 veces la palabra etcétera. Una detrás de la otra.  Un profesional de excelencia me dijo que en la siquiatría eso se llama “Perseveración” y que aparece en algunos trastornos de la personalidad que prefiero no nombrar para ser respetuoso. Pero cualquiera puede buscar en un diccionario médico lo que significa la palabra “perseveración”. Le recuerdo que fue el propio Alberto el que la calificó de “delirante y sicópata”.

Y como si esto fuera poco, pavotes engolados alimentados a millones de dólares por el kirchnerismo como Víctor Hugo Morales, dicen que el golpe de estado lo quieren dar los medios de comunicación concentrados. ¿Se puede ser tan militonto?

Pero quiero seguir fundamentando sobre el peligro para las instituciones que es Cristina. Hace mucho tiempo que vengo diciendo que es la persona que más daño le hizo a la democracia y la que más daño le puede seguir haciendo. Por eso tuve que pagar algunos costos y fui víctima de ataques de todo tipo de parte de sus fanáticos. Pero lo creo firmemente. Y creo que mi responsabilidad ciudadana y periodística es denunciarlo con todas las letras para que no sea demasiado tarde para lágrimas. Lo mismo pensé cuando grite a los cuatro vientos que Alberto era “menos de lo mismo”, que no era moderado y que fue el ejecutor de varias de las venganzas más crueles que le ordenó Néstor Kirchner en su momento. Lo dije en la radio, en la tele y en un libro. Eso ocurría mientras muchos dirigentes hoy opositores y periodistas hoy independientes, compraron la mentira del “Alberto bueno y moderado” y me miraban como si yo fuera un loquito que alucinaba. No lo digo por autobombo. Juro que a esta altura estoy más allá de esas cuestiones de vanidad. Pero esta actitud me hizo pelear con amigos que creían que yo exageraba y que Alberto era Charles De Gaulle. Hoy algunos lo reconocen y otros miran para otro lado. Está bien. No me quejo.

Pero Cristina hizo daños terribles de todo tipo.

El más grave es de orden ético y moral. Muerto Néstor, ella se convirtió en la jefa del Cartel de los Pinguinos Millonarios que perpetraron el robo más grande de la historia democrática. Todos se enriquecieron ilegalmente en forma colosal. Todo el mundo lo sabe y la justicia en algún momento se animará a probarlo en los tribunales. Sobran pruebas y confesiones.

Ella fue erosionando el valor del diálogo y los consensos en la democracia. Construyó enemigos, utilizó el conflicto y el odio como instrumento de gestión, potenció la grieta por mil. Dijo “vamos por todo”, insultó incluso a sus mayordomos más fieles como Oscar Parrilli, le puso cara de asco y desprecio a su propia compañera derrotada como Tolosa Paz y se negó con capricho monárquico a entregar los atributos del poder a Mauricio Macri, que fue elegido presidente en forma democrática. Y a él también lo miró con repugnancia.

Para buscar su impunidad y la venganza, inventó este engendro de régimen vice presidencial donde ella eligió con un dedo al presidente y con la mano abierta lo llenó de cachetazos para que se ponga de rodillas. Se disfraza de nacional populista chavista pero la mueven sus inquinas personales.

Su capacidad de daño es monumental. Pero nunca había llegado a convertirse en golpista de su propio gobierno. Hicieron ensayos en Santa Cruz, pero esta vez la señora llegó demasiado lejos. Ella eligió a Alberto y ella lo quiere tomar de rehén y prisionero. Eso se llama tiranía. Cristinato. Dinastía K.  Y repito mi pregunta hasta el cansancio. ¿Cuál es el límite? ¿Va a empujar a Alberto hasta tirarlo por el precipicio de su renuncia? ¿Quiere que Alberto se haga el enfermo para poner en marcha la ley de acefalía y convertirse en presidenta por tercera vez? Un amigo dice que siempre piensa que Cristina va a hacer lo peor y que siempre se queda corto.

Su carta abierta es una extorsión antidemocrática y un ultimátum golpista. En cada párrafo ella dice yo soy una genia revolucionaria y Alberto es un boludo atómico. Armó un plan sistemático para desestabilizar a su propio gobierno. Primero fue el “Cuervo” Larroque, después fue la diputada Fernanda Vallejos y anoche, la propia Cristina. Todo fue diseñado por la Reina Cristina que parece seguir más a Nerón que a Perón. Quiere incendiar Roma y los argentinos lo tenemos que impedir. Juicio, castigo y condena para Cristina por todos los delitos que cometió. Nunca más la corrupción de estado. Nunca más el autoritarismo. Nunca más al golpismo. Nunca Más.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre