Diana Wang: “Cuarentena, cansancio, pantalllas…”

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Por Diana Wang

En estos tiempos de cuarentena, internet es una vía de trabajo y conexión. También un escape mágico. Se volvió tan vital como el aire que respiramos. Más vital aún porque no nos amenaza con contagio alguno. Pero las conferencias y clases, las reuniones de trabajo, de amigos o familiares, me resultan sumamente cansadoras.

Y está buenísimo poder seguir en contacto. Aunque a veces es un desafío mayúsculo. Como cuando la conexión es con esos familiares que no están habituados a los dispositivos de internet. Las conversaciones esperadas terminan no pudiendo ser porque oímos los “¡hola!”, “¿cómo están?” que varios dicen al mismo tiempo y luego de la emoción de verse vienen los “¿me oyen?”, “¿me ven?” de los más viejos y los “desmuteáte” y “conectá el video” de los más jóvenes. Empezás amable y tolerante pero a medida que la conversación no prospera y todo queda en los prolegómenos empezás a sentir una creciente irritación que te da ganas de salir corriendo.

Estamos atravesando una cuarentena que se sigue llamando así a pesar de que los cuarenta días ya están multiplicados por tres y no sabemos cuántos días más seguirán. Y la vida, el trabajo, la conexión, se nos ha facilitado gracias a las pantallas, eso es cierto. Pero ¿por qué el cansancio?

Supongamos que todo anda bien y que estoy frente a esas caritas metidas cada una en su cuadradito prolijo. Dos horas sentada frente a la pantalla de la computadora o del celular, quieta, atenta y focalizada en lo que se ve y se oye, me dejan de cama, la atención quemada y los ojos desorbitados.

Estamos mutilados de la cintura para abajo, somos cabezas y torsos, quien no nos conoce no tiene idea de qué altura tenemos porque sentados todos parecemos ser iguales. Tener las caras delante, incluso la nuestra, nos fuerza a un escrutinio constante que resulta incómodo y persecutorio. Además, mirarnos en pantallas nos hace mirar como los tuertos, los que solo tienen un ojo.

No pueden ver en tres dimensiones, no ven la profundidad. La reconstruyen en su cerebro y así pueden moverse y relacionarse con los objetos y las personas sin equivocar la distancia. Es lo mismo que estamos forzados a hacer nosotros en nuestras interacciones a través de la pantalla, o sea en dos dimensiones: miramos, oímos, prestamos atención y al mismo tiempo intentamos medir en todo momento esa distancia imposible de medir. Acostumbrados a evaluar la realidad con nuestra visión estereoscópica, la imagen plana, la ausencia de profundidad, nos exige un trabajo perceptivo suplementario.

Esta necesidad de medir la distancia tal vez sea un resabio neurológico defensivo que nos permitía ver y anticipar el eventual ataque de algún depredador y así protegernos y proteger a nuestra cría. La pantalla no nos da esa información que nuestro cerebro está habituado a tener para registrar las ubicaciones mutuas tan esenciales para la interacción humana, la precaución y la convivencia.

Tal vez ese cansancio abrumador que sentimos tiene que ver con todas estas novedades a las que debemos adaptarnos, especialmente la de esta bidimensionalidad que nos entuerta. Todo chato. Todo plano.

Descubro que tuerto y entuerto tienen el mismo origen etimológico. Entuerto quiere decir ofensa, pero los entuertos son las contracciones bruscas y dolorosas del útero en el puerperio de los cuarenta días posteriores al parto.

¿Cuarenta días?

¡Cuarenta días!

¡Oh!

!Qué coincidencia!

Diana Wang es psicoterapeuta y escritora.