Andahazi: “Cristina mantiene la corona y Alberto, el virus”

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El pacto de gobierno entre los Fernández ha cobrado un nuevo sentido a partir de la aparición del coronavirus. Alguna vez dijimos que Cristina se quedó con la corona y Alberto, con el virus. Ahora esa tendencia parece reafirmarse.

La pandemia le ofreció al peronismo gobernante una nueva semántica para el mismo esquema de poder. En este reparto, Cristina Kirchner se consolida en la administración de las cajas más cuantiosas del Estado, mientras Alberto se ocupa de la gestión de la pandemia.

Hasta ahora, el acuerdo les ha rendido buenos frutos a ambos: una, maneja el poder real y el caudal simbólico del proyecto, mientras el otro exprime al máximo un papel paternalista, que, pese a la tendencia a la baja de los últimos tiempos, le permite mantener una popularidad que no se condice con el maltrecho cuadro social y económico.

Este equilibrio muestra por momentos cierta fragilidad que se manifiesta en el parlamento de los actores de reparto. El enfrentamiento a los gritos entre Sabina Frederic y Sergio Berni, es la versión sonora de las tensiones mudas entre el presidente y la vice.

Ambos personajes secundarios expresan con elocuencia el poder que ostentan sus mentores. La ministra de seguridad nacional, de aspecto cansino, cierto desaliño y sin demasiada capacidad de reacción ante los graves casos de inseguridad responde a Alberto Fernández.

La imagen lánguida de Frederic contrasta con la vitalidad de Sergio Berni, quien, cual personaje de DC Comics, aparece bajando de un helicóptero o a bordo de una moto o empuñando un arma de guerra o, más grave, impartiendo órdenes a las fuerzas federales a cargo Frederic.

Es decir, el hombre de Cristina humilla en público y no se priva de avanzar sobre la funcionaria de Alberto cada vez que se presenta la ocasión.

Mucho más que una metáfora. Pero más allá del caudal simbólico y narrativo, los dos funcionarios exhiben una paupérrima performance en sus funciones; mientras ellos discuten para la tribuna, la inseguridad avanza día a día.

En este cuadro, nadie parece controlar los excesos policiales que se han cobrado muertos y desaparecidos en democracia y, al mismo tiempo, la policía bajo el mando de Berni no tiene ningún control sobre el pico de la pandemia delictiva.

Esta misma dinámica del reparto del poder sirve para entender el apoyo de Sergio Berni y Mario Secco, intendente de Ensenada, a su colega de José C. Paz, Mario Ishi. Ambos coincidieron en que se sacaron de contexto las palabras del cacique emponchado.

La pregunta es, ¿en qué contexto cobra un sentido positivo la frase “yo los tengo que cubrir cuando están vendiendo falopa con las ambulancias”?

La explicación de que en realidad él se refería a los fármacos legales que llevan las ambulancias, despierta otras suspicacias: ¿alguien está vendiendo los medicamentos que compra el Estado?

Esta nueva pregunta acaso eche algo de luz a un episodio oscuro, tenebroso, que parece salido de un guión de Tarantino. El ex diputado kirchnerista Claudio Morgado fue denunciado en la justicia por “amenazas con arma de fuego”.

Según se puede leer en las denuncias, el militante cristinista se habría dedicado a “comprar y vender insumos médicos de forma particular”.

Al mejor estilo Pulp Fiction, el propio Morgado reconoció que en medio la transacciones, un abogado le mejicaneo la mercancía: un lote de 320 mil pares de guantes de látex, según consta en la denuncia.

El abogado Ignacio Galiano denunció que un grupo de policías y civiles armados encabezado por el funcionario K, lo increpó y lo golpeó “cuando acompañaba a su pareja a subirse al taxi”.

Declaró que no solo le “quitaron su bolso y lo tiraron al piso”, sino que el propio ex animador infantil “le mostró un arma de fuego que llevaba en la cintura”.

“El señor Morgado hace uso de las fuerzas de seguridad y de los recursos del Estado para su propio beneficio”. Por ese lote de guantes marca Elit, Morgado habría pagado 700 mil pesos. Sería bueno saber de qué agujerito sin fin salió ese dinero. Algunos miran a La Cámpora.

En medio de estas desventuras en las que se mezclan la corona con el virus, algunos recordaron que hace unas pocas semanas Alberto Fernández se permitió dictar cátedra de salud pública nada menos que a Suecia. ¡Suecia!, el país con el sistema de salud más avanzado del planeta.

Los representantes del kirchnerismo ostentan una tendencia irrefrenable a practicar el ridículo y poner la cabeza en la guillotina sin que nadie los obligue.

Así como el inefable Aníbal Fernández ofreció a la posteridad la inolvidable frase “en Argentina hay menos pobres que en Alemania” y será recordado sólo por eso, Alberto quiso arrebatarle su lugar en el podio.

Dijo sin que se le cayera la cara de vergüenza que si Argentina siguiera ciertas recomendaciones hoy estaría como Suecia.

Acaba de suceder lo que presagiaban los pájaros del mal agüero: Argentina alcanzó y superó a Suecia en número de contagios con 162.000 infectados totales y 87.000 infectados activos, contra 78.000 y 73.000 de Suecia.

Entre que el presidente abrió la boca y el día de la fecha, Argentina duplicó a Suecia en número de enfermos.

Un ridículo tan innecesario como haber confesado que tuvo una revelación divina: “Dios me iluminó”, le dijo al Financial Times posando junto a un cuadro del perro Dylan disfrazado de granadero, un retrato de la argentina de los Fernández.