Cristina y Alberto, los mariscales de la derrota

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La paliza electoral que recibió el cuarto gobierno kirchnerista fue histórica y tiene muchos responsables. Pero hay dos mariscales de la derrota que condujeron a su tropa hacia el precipicio de las urnas: Cristina y Alberto.

El régimen vice presidencial que inventó Cristina fue útil para ganar las elecciones del 2019 pero, absolutamente inútil para gobernar.

Ese es su primer fracaso. La madre de todas las derrotas. El pacto espurio de imposible cumplimiento que firmó con Alberto. Ella es la jefa del jefe del estado y quien lideró un proyecto que ayer sufrió un severo terremoto. Algunos se aventuran a decir que es el comienzo del final del cristinismo. Es la cuarta elección parlamentaria consecutiva que pierde la arquitecta egipcia.

Si los resultados se repiten o son todavía peores el 14 de noviembre, Cristina perderá el quorum propio en el Senado donde era reina y señora y la cantidad de diputados será mucho menor de la que tienen ahora. Sus proyectos más autoritarios y chavistas fueron frenados por la soberanía popular del voto. Ahora será más difícil que pueda poner de rodillas a la justicia para lograr su impunidad.

Lo tradujo muy bien la doctora Elisa Carrió cuando dijo que ganó la República, que no seremos Venezuela, que la gente no quiere ser esclava de nadie y que se produjo una rebelión de los pobres.

Esa rebelión de los pobres fue una metáfora para denominar al segundo gran cachetazo político que recibió Cristina. Haber perdido en la provincia de Buenos Aires en general y en el Conurbano en particular muestra que tanto ella como su hijo, el príncipe heredero Máximo, se han quedado sin la plataforma de sus intentos hegemónicos. Como si esto fuera poco, los Kirchner no solamente se cayeron a pedazos en el Conurbano. También perdieron en el origen de todos los males, en Santa Cruz que es la cuna de este drama que ya lleva 14 años azotando al país y dinamitando todo tipo de progreso.

Muchos de los dirigentes más ligados a Cristina fueron castigados en los comicios. Axel Kicillof, es el principal. Pero ese rechazo al cristinismo camporista más fanático también se registró en Quilmes con Mayra Mendoza, en La Pampa con María Luz Alonso, en Mercedes con el millonario en ciernes, Wado de Pedro y en Mendoza con Anabel Fernández Sagasti.

Cristina hizo el ridículo con su bailecito con el sobre ante la urna. Y ese mini show frívolo necesitó dos viajes ida y vuelta del Tango 04 que nos costó 60 mil dólares a todos los argentinos. Fue patético ver anoche a Cristina en silencio, oculta detrás de su barbijo, mirando en el escenario a Alberto mientras se hacía el harakiri simbólico a cielo abierto y en vivo y en directo.

Ella logró vaciar de contenido a Alberto Fernández y lo convirtió en lo que Alberto había anticipado: en un títere. Pero Cristina, es tan intensa, dañina y agresiva que terminó reduciendo a Alberto a la servidumbre. Fue hablando por Cristina, dirían los semiólogos. Por eso el presidente se mostró perdido y tambaleante sobre el ring. No solamente lideró un gabinete de mediocres y no de científicos. También fue un administrador que cometió torpezas increíbles que luego, en lugar de pedir disculpas, redobló la apuesta y atacó a la oposición y al periodismo independiente. Desafiante puso su cabeza en la guillotina y dijo que las elecciones iban a ser un plebiscito de su gobierno. Así le fue. Perdió por dos millones de votos de diferencia.

Habrá que estudiar que debilitó más a este gobierno. ¿La mala praxis de la gestión o las ridiculeces que se dijeron a la hora de tratar de justificarlas? “Algo no habremos hecho bien”, dijo Alberto como pidiendo disculpas.

 “Algo no habremos hecho bien”, repitió como una letanía. Pero no escuchó nunca las advertencias sobre el fracaso sanitario que produjo el horror de más de 113 mil muertos, la hecatombe económica que multiplicó los pobres, la desocupación y las empresas quebradas y la inseguridad galopante, con narcos incluidos, que subestimaron durante todo el tiempo.

La realidad es que no hicieron nada bien. Y encima, se manejaron con soberbia y altanería. Es muy probable que este naufragio electoral se refleje en pases de facturas internos. Se van a tirar con las responsabilidades por la cabeza. Es que todos los actores principales de la coalición oficialista,  perdieron en sus distritos o patrias chicas. Son datos, no relatos. Alberto perdió en Capital. Cristina y Máximo en Buenos Aires y en Santa Cruz y Sergio Massa en Tigre. Hay un mensaje contundente. Casi ningún dirigente importante salvó la ropa. Ahora se abren preguntas institucionales inquietantes. ¿Cristina asaltará la totalidad del gobierno? Empujará a Alberto para que se corra del medio? Tomará revancha contra los funcionarios que menos funcionan y pedirá su cabeza. Hablo de Santiago Cafiero, Martín Guzmán. ¿Seguirán en sus  puestos Sabina Fréderic y otro grupo de ministros no acusan peso en la balanza? Hicieron muy poco y lo poco que hicieron lo hicieron muy mal. ¿Qué pasará en las provincias donde el peronismo es gobierno y perdió? ¿Renunciará la vice gobernadora de Santa Fe? Alejandra Rodenas enfrentó a Omar Perotti y perdió por goleada.

Hasta Jorge Capitanich, que era un plan B como posible presidenciable de Cristina, también fue sepultado por el tsunami de votos.

Ayer se jugaban dos modelos de país. Uno populista y autoritario que se quiere quedar con todo para siempre y otro que apeló a la resistencia republicana y popular en las urnas. Se consolidó la importancia de una sociedad civil movilizada que con los banderazos, los padres organizados, los chicos reclamando vacunas y las marchas de las piedras, fue marcando el camino para los líderes opositores.

La tozudez negacionista ante los disparates de la gestión, la hostilidad hacia casi toda la sociedad y el delirio jurásico ideologista fueron hundiendo al gobierno en su propia ciénaga. A lo largo y lo ancho del país está lleno de culpables. Pero los mariscales de la derrota fueron dos: Cristina y Alberto.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre