Andahazi: “La otra peste”

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Hace algunas semanas hablamos de la fiebre amarilla que castigó a Buenos Aires en 1871. Nos habíamos referido al manejo político de la enfermedad. En aquella época no se sabía qué originaba la peste ni cómo se transmitía.

La única estrategia efectiva era alejarse del foco geográfico, que era el sur de la ciudad. Quizás en un futuro, cuando sepamos más sobre los virus y cómo combatirlos, esta cuarentena que está atravesando el mundo entero nos parezca una medida tan primitiva como lo fue mudarse a los barrios del norte.

Cada época histórica cuenta con determinados conocimientos, pero siempre son más los desconocimientos. La ciencia avanza paso a paso y a medida que pasa el tiempo mejoran los horizontes de la humanidad. Pero esta crisis provocada por el COVID19 nos demuestra que todavía es mucho lo que nos falta alcanzar.

En 1871, durante la presidencia de Sarmiento, el consejo de los sanitaristas fue poner al gobierno, el poder legislativo y la Corte Suprema a resguardo. Sarmiento y sus principales funcionarios viajaron a pueblos cercanos y permanecieron algún tiempo lejos de Buenos Aires, sitiada por la “peste del vómito negro”.

Ante el avance de una enfermedad que no daba tregua y ante la ausencia de las autoridades locales, los ciudadanos organizaron una reunión en la Plaza de la Victoria, que es la actual Plaza de Mayo.

La reunión fue dirigida por Bartolomé Mitre y Hector Varela y de ahí surgió la decisión de conformar una Comisión Popular para afrontar la epidemia y el destino de los porteños que no podía ser más angustiante, caían, literalmente, como moscas.

Se nombró Presidente de la Comisión a José Roque Pérez. Roque Pérez era un abogado cordobés Primer Gran Maestre de la Logia de Libres Masones, creía intensamente en la unidad nacional, había ocupado distintos cargos políticos pero cuando en ese terrible año de 1871 se lo requirió para gestionar el desastre, no lo dudó.

Sabía con toda certeza que esa sería su última obra en la vida, no había posibilidad de un mañana para él. Sin que le temblara el pulso, a los 56 años firmó su testamento y puso en orden los papeles para que sus hijos no sufrieran privaciones.

Y así junto con un grupo de notables, trabajaron incansablemente recorriendo las calles de la fangosa Buenos Aires. Recordemos que los médicos de la época pensaban que era el miasma el responsable de propagar la peste.

El miasma, ese vaho letal que emanaban los muertos debía ser erradicado. Roque Pérez y el Dr Manuel Argerich recorrían los conventillos y las viviendas hacinadas ayudando a los enfermos.

Ordenaban traslados, quema de pertenencias, limpieza de letrinas. Grandes fogatas iluminaban las noches porteñas. El fuego, se suponía, combatía el aire envenenado de la enfermedad.

En una de esas recorridas, Pérez y el Dr Manuel Argerich protagonizaron una de las escenas más tristes de nuestra historia.

La escena fue inmortalizada en una pintura obra del maestro uruguayo Juan Manuel Blanes y muestra el drama en carne viva: Roque Pérez y Argerich entran a la habitación sombría de un conventillo y encuentran a una madre que yace muerta en el piso mientras su bebé busca alimentarse de su pecho.

La luz se filtra por la puerta entreabierta y da de lleno en el chiquito cuya piel rosada parece el único indicio de vida y esperanza, la madre marmórea, inerte y el gesto compungido hasta el terror de Pérez y Argerich demuestran la dimensión de la tragedia: “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires” se llama el lienzo.

En una época en la que no existía la televisión ni Internet y de la que no abundan fotografías y mucho menos fotos de prensa, una obra como esta inmortaliza no sólo el compromiso de próceres como Roque Pérez y Manuel Argerich sino también el sufrimiento en primera persona de una población incapaz de luchar contra una peste que liquidó a casi el 10 % de los habitantes.

La mujer de la pintura era una italiana que como tantos otros había llegado al país en busca de un futuro; se llamaba Ana Brisitiani, su marido, que también yace en el fondo del cuadro, había muerto en realidad en el barrio de la Boca.

El bebé, huérfano, terminó en la Casa de Niños Expósitos, y ya no sabemos nada más de su vida.

En cambio sí sabemos qué pasó con Roque Pérez y Argerich: murieron de fiebre amarilla recorriendo las calles llenas de mosquitos de buenos Aires sin saber que eran esos insectos los agentes vectores del drama.

Murieron secando la frente febril de enfermos como Ana y su esposo y cargando huérfanos como el chiquillo sin nombre que por siempre buscará la teta de su madre desde ese lienzo inmortal.

Cada evento histórico tiene una o dos postales icónicas y algunos héroes inolvidables. El icono de la fiebre amarilla es sin dudas la pintura de Blanes.

Los héroes definitivos se llaman Roque Pérez y los médicos Manuel y Adolfo Argerich, Zenón del Arca, Molina, Bosch, Amoedo, Guillermo Zapiola y Ruiz Moreno.

Va nuestro homenaje, una vez más, al personal de la salud, primera línea de riesgo que en nuestro país conforma el 14% de los infectados, un número mayor que el del resto del mundo.