Andahazi: “¿La OMS sufre trastorno bipolar?”

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) todos los días nos depara una sorpresa. Hasta hace poco, se suponía que era la voz más autorizada en materia de salud pública y que en un momento tan complejo iba a ser el referente que fijaría los protocolos globales cuando declaró la pandemia.

Pero no sólo actuó tarde y mal desde el comienzo, sino que nunca se detuvo en su carrera demencial de argumentar un día en un sentido y al siguiente en el sentido opuesto. Primero dijo no al tapabocas y después fue imprescindible y obligatorio.

El virus se relacionaba con la temporada invernal y luego proliferaba también en verano. La última intervención de Tedros Adhanom Ghebreyesus nos pone otra vez en un subibaja emocional.

El director general de la OMS dijo ayer: “No hay solución y quizás nunca la haya”. Ya nos estábamos arremangando para recibir la vacuna, cuando Tedros nos arrancó la ilusión en un segundo.

La semana pasada hablamos de las contradicciones y de las consecuencias que provoca una persona que desde un lugar de poder no puede o no quiere sostener una línea de pensamiento clara y predecible.

En todo lo que se refiere a la gestión de la pandemia del COVID19, y no me refiero solamente al aspecto nacional, el mundo ha demostrado varias cosas que convendría tener en cuenta.

Lo positivo es que los científicos están trabajando en tiempo récord y colaboran globalmente para lograr la vacuna como nunca antes se había visto.

Pero también hay mucho que revisar de manera urgente:

-La falta de protocolos internacionales al detectarse un brote contagioso
-La ausencia de una normativa de protección de la economía global
-La falta de detección y cuidado de los más vulnerables y de las otras enfermedades durante la pandemia.
-Un protocolo para que no deje de funcionar la educación

Pero volvamos a las declaraciones del director de la OMS. Para muchos escuchar que “quizás nunca haya solución” viniendo de semejante personalidad fue demoledor.

En lo que va de 2020 parece que además del virus, se hubiese metido la emocionalidad de la gente en una coctelera y se la sometiera a altibajos con consecuencias impredecibles.

Desde que empezó la cuarentena y cada vez con más frecuencia las personas con las que hablo me dicen: “Tengo días buenos, y otros muy malos”, “Hay momentos que me siento feliz de tener salud y hay momentos que no soporto más”.

Todos estamos un poco así: inestables, cambiantes, más sensibles. Perdimos el ritmo del sueño, de la actividad física, en nuestras relaciones sociales, en la alimentación. No es de sorprender que sintamos que el equilibrio emocional también se resintió.

Probablemente la gran mayoría de las personas recupere el bienestar psíquico. Recordemos que el 70% de los argentinos dijo sentir algún nivel de ansiedad a causa de lo que estamos viviendo.

Frente a situaciones de gran stress social se ha estudiado que entre el 85 y el 90 % de las personas logran recuperarse e incluso experimentan una actitud resiliente.

Pero hay un 10 o 15% que experimenta un empeoramiento de cuadros preexistentes o muestra nuevos síntomas que pueden derivar en algún trastorno más o menos permanente.

Cuando hablamos de desequilibrio y fases muy diferenciadas de los estados anímicos indefectiblemente pensamos en el Trastorno Afectivo Bipolar.

Por supuesto no debemos confundir los cambios frecuentes que cualquiera puede experimentar como respuesta a esta o cualquier otra situación estresante con el trastorno bipolar que es una verdadera patología descrita por la psicología, que anteriormente se llamaba síndrome maníaco- depresivo.

Vamos a explicar de qué se trata este trastorno que a veces se vulgariza con liviandad y se usa como un mero adjetivo calificativo.

La bipolaridad se caracteriza por estados anímicos fluctuantes y extremos. Los pacientes transitan etapas de enorme entusiasmo, energía, ganas de hacer cosas, a veces hasta parecen “pasados de rosca” hablan rápido, fuerte, hacen muchas cosas al mismo tiempo.

A esto se le opone otra etapa de decaimiento, oscura, sin ánimo, donde no le encuentran sentido a las cosas, se echan culpas de cuestiones del pasado, tienen sentimientos y miedos recurrentes.

En fin, un cuadro muy parecido a la depresión, incluso pueden aparecer fantasías de muerte y suicidio. Por supuesto para las personas del entorno, el cambio resulta brutal.

Pasan de vivir o trabajar con alguien que se lleva el mundo por delante y no le alcanzan las horas del día para todo lo que planea hacer, al contraste de esa misma persona que de pronto no tiene ganas de nada, nada la motiva al punto, en algunos casos de no querer salir de la casa o, peor, de la cama.

El tema de la bipolaridad es delicado y existen diferentes respuestas desde la psicología y la psiquiatría, pero en ningún caso se debe considerar como un manejo voluntario. La bipolaridad es una enfermedad.