Andahazi: “La contradicción en la política y la psicología”

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La percepción de lo público, la res publica, determina la vida de cada uno de nosotros. La semana pasada hablamos de la importancia de la planificación. Trazar un plan es la única forma de organizar los procesos, las rutinas y de alcanzar las metas que nos propusimos.

Nuestra columna estuvo inspirada en las exóticas declaraciones que Alberto Fernández hizo al Financial Times: “Francamente, no creo en los planes económicos”, dijo para sorpresa de todos los inversores que se informan con el medio de finanzas más importante del mundo.

Pero eso no fue todo; cinco días más tarde, en una conferencia de prensa, irritado, comentó: “Hay quienes reniegan de que no tenemos planes y los planes los teníamos desde el primer día”.

Si la política argentina ya resultaba contradictoria e imprevisible, Alberto Fernández resultó ser el epítome de la incoherencia llevada al absurdo.
Oscar Wilde escribió: “El hombre puede creer en algo imposible; pero no puede nunca creer en lo impredecible”.

Fernández, que manda a leer a todo el mundo, debería releer a Wilde, suponiendo que alguna vez lo haya hecho.

El 11 de mayo de 2019 Alberto Fernández dijo en una entrevista: “No quiero que el poder esté en Uruguay y Juncal y en la casa de Gobierno haya un títere. No quiero un Cámpora al que Cristina le prestó los votos. Cristina o se hace cargo de lo que viene o libera a todas las fuerzas y deja que cada uno haga lo que quiera”.

Apenas una semana después fue ungido candidato a Presidente por Cristina, con ella misma como compañera de fórmula. Se presentó como el presidente moderado que uniría a los argentinos en una nueva era que superaría la grieta.

Siete meses transitó ya este gobierno que no sólo no ha presentado un plan económico, ni el presupuesto, ley de leyes; más impactante aún resulta comprobar que Alberto Fernández puede decir una cosa a la mañana, otra a la tarde y otra diferente a la noche con la misma cara, sin que se le mueva un pelo. Y si la prensa le señala la contradicción, será la prensa, la maldita prensa la culpable de tejer oscuras tramas.

Alguna clave de este extraño comportamiento la podemos buscar en los argumentos del mismo Fernández en la conversación con el Financial Times que citamos al principio, en la que dijo también: “Si me escuchás hablar de la necesidad de solvencia fiscal, algunos dirán ‘este hombre es muy conservador’. Y si creés que por expropiar una compañía en bancarrota me veo como un socialista, bueno, lo podés creer, pero la verdad es que lo que estoy tratando de hacer es de resolver un problema económico”, jactándose de un pragmatismo que aún no ha demostrado capacidad de ejecución alguna.

Pero ¿por qué ser impredecible sería para Alberto Fernández una virtud y no un defecto? ¿Por qué debemos naturalizar que el presidente no tenga una línea de pensamiento ni opinión alguna, o más aún, que las tenga todas?

¿Por qué puede mostrarse como un férreo defensor del Estado de Derecho y al mismo tiempo inmolarse para salvar a Cristina en todos los procesos que la tienen como protagonista?

Alberto Fernández confunde y da paso a cientos de notas de opinión que intentan descubrir quién es Alberto Fernández. Se presenta como un enigma para disimular su triste condición de mandadero de Cristina.

“Más vale parecer idiota que abrir la boca y confirmarlo”, decía Groucho Marx. Los seres humanos analizamos las situaciones y sacamos conclusiones que nos ayudan a decidir los próximos movimientos.

Cuando algo o alguien está dentro de los límites de lo predecible nos manejamos con confianza, desciende el nivel de estrés y controlamos la ansiedad. Resulta tranquilizador “comprender” en todos los órdenes de la vida.

Si una persona camina por una calle oscura y en el sentido opuesto viene un amigo, sentirá tranquilidad, se sentirá feliz de verlo y apurará el paso para saludarlo.

Si en cambio se acerca un desconocido se pondrá en alerta, calculará hacia dónde escapar eventualmente y un torrente de adrenalina correrá por sus venas.

Lo que no se puede leer o interpretar con claridad produce tensión. Y cuando lo confuso se convierte en negativo nos va predisponiendo cada vez de peor manera. Se destruye la confianza y aumenta la frustración.

¿Por qué hablo de frustración? Porque en todo vínculo hay expectativas, aunque sean pequeñas; uno siempre espera algo y está dispuesto a brindar tal o cual cosa.

Las personas contradictorias e impredecibles frustran las expectativas, nos dejan con la agria sensación de no haber sido comprendidos o peor, de haber sido traicionados.

Cuando los impredecibles tienen poder se convierten, lisa y llanamente, en arbitrarios porque en cualquier vínculo asimétrico lo más importante es la noción de Justicia.

Si el patrón de comportamiento de una persona poderosa es contradictorio, opaco u oportunista proyectará desazón y falta de transparencia. Todo cabe finalmente en un persona contradictoria, y para todo encontrará un argumento hecho a medida.