Serrat conmueve a los 77 años

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Parece mentira pero pasado mañana, este domingo, Joan Manuel Serrat cumple 77 años.

Parece mentira, pero hace un par de años, un fanático desubicado le gritó en pleno recital que cantara en catalán porque estaba en Barcelona. El Nano hizo lo que nunca hizo. Interrumpió su show y le dio una clase de democracia que el intolerante escuchó ante el aplauso de todo el teatro.

Parece mentira que hoy algunos insulten a Serrat y hasta le digan fascista porque estuvo en contra de la manera en que se formuló el referéndum por la independencia de Cataluña. Hay que decir que también se manifestó en contra de la detención de políticos catalanes y visitó en la cárcel al diputado Raúl Romeva.

Parece mentira que los que se creen dueños de la verdad lo intimen a cantar en catalán cuando Serrat estuvo 5 años censurado en las radios y la televisión oficial, precisamente, por cantar en catalán en el festival de Eurovisión. Ahora es fácil cantar en catalán. En aquel momento había que tener coraje porque las balas picaban cerca.

Parece mentira porque Serrat tuvo que exiliarse en México frente a la persecución de la dictadura de Francisco Franco y solo fue amnistiado cuando murió el “generalísimo”. Regresó a España el 20 de agosto de 1976 ante un recibimiento de una masividad y un afecto extraordinario en las calles.

Parece mentira que algunos ignorantes crean que inventaron la pólvora y la revolución y no hayan leído ni medio libro de historia.

La última vez que estuvo en Argentina, se repitió el rito de la admiración y el reconocimiento.

  Serrat es un capo, decían las madres mientras lo acariciaban y le pedían fotos en el Hospital Garraham. Era como una forma de devolver el cariño y la medicina que, con su presencia solidaria y sus canciones, les llevó a tantos chicos que estaban sufriendo enfermedades. Serrat es un capo que se emociona y nos emociona. Que sufre cuando ve a los pibes peladitos que están combatiendo al maldito cáncer y recuerda sus propias batallas. No se sabe demasiado porque por pudor no le gusta contarlo. Pero Joan Manuel Serrat tiene que hacerse estudios y análisis en forma periódica. Tres veces le detectaron cáncer y tres veces lo derrotó a fuerza de coraje.

Siempre tiene un gesto hacia los que necesitan. Hace una docena de años que visita el hospital de niños. Y allí  canta “Esos locos bajitos”, por supuesto. Porque “A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción; ésos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto hay a su alrededor.”

Abraza fuerte a los familiares de los soldados caídos en Malvinas y a todos se  nos vienen a la cabeza los versos de “Algo Personal”. Recordamos que “se arman hasta los dientes/ en nombre de la paz/ juegan con cosas que no tienen repuesto y la culpa es de los otros si algo sale mal.” No hay dudas que entre esos tipos y Serrat hay algo personal.

Estuvo entre nosotros con su gira de “Mediterráneo Da Capo” que es como volver al origen de todo, a la génesis. 

Es que apenas salía a escena surgía la magia del romance entre los argentinos y Serrat. No importa si es en el Colón, de saco y corbata o en la Plaza Vaticano, de jeans y remera. Hay una relación indestructible entre el artista catalán y nuestra gente. Es pasión de multitudes y todos los aplauden. Lo hacen de pié. Todo el mundo corea las canciones y se conmueve. Tiene 52 años de carrera, más de 450 canciones.

Pero para mi generación, para los que tenemos algo más o algo menos de 65 años, Joan Manuel Serrat fue una suerte de hermano que nos fue abriendo los ojos al amor y al combate. Fue como ese amigo que sabe más que nosotros y vá unos pasos adelante anunciando los peligros y los milagros que se vienen. Fue como un susurro al oído de aquella piba del colegio primario que apoyaba su cuerpito en el mío por primera vez mientras le cantaba que su nombre me sabe a hierba. De la que nace en el valle, por supuesto. Recuerdo eso y todavía me tiemblan las piernas por las primeras emociones eróticas, los ojitos pícaros seduciendo nuestra inocencia y convencidos de que se equivocó la paloma, se equivocaba. Por ir al norte fue al sur. Todo eso nacía de la fantasía del primer Wincofon que tuve en mi vida y del primer long play que, por supuesto, era de Serrat. Después fuimos creciendo a la militancia y a la política y Joan Manuel se convirtió en nuestro norte sin paloma confundida. En la encarnación de la resistencia cultural, en el cantor popular que mucho más adelante nos iba a recordar que el Sur también existe de la mano de Mario Benedetti, que en la paz de su Montevideo descanse. Serrat se fue transformando en una bandera que nos dio letra para todo. Nos ayudó a parir como generación, nos ayudó a levantarnos minas que en algunas épocas, es la máxima utopía. Nos ayudó a levantarnos utopías que, podríamos decir, es la máxima mina. El Nano se convirtió en sinónimo de libertad y por ella sangró, luchó y pervivió. Por aquí enarbolábamos pancartas por las calles que hablaban de la patria liberada y de la sangre derramaba.

Eran tiempos en que a Serrat lo prohibían acá y allá. Y sin embargo no podían. Eran tiempos de amar a España, de sentir orgullo por Rafael Alberti y por García Lorca, de tomar partido en la guerra civil española aunque ya era un poco tarde. Eran tiempos de saber de memoria todas las canciones de Serrat y de gastarlas en los fogones playeros de Valeria del Mar o en las peñas del comedor universitario de Córdoba donde la política era una canción como si por esos días los pueblos fueran libres, como quería León Felipe. Después vino la noche del terror, del asesinato masivo a esta tierra y Serrat se convirtió en una contraseña. Era tanto el silencio y el miedo a que te secuestraran que hasta escuchar a Serrat era todo un desafío. Y si algún conductor de radio se atrevía y lo pasaba o si algún compañero de trabajo se atrevía y lo escuchaba sabíamos que había algo secreto que nos unía frente a la locura del terrorismo de estado. Era una contraseña y una trinchera. Era una luz en las tinieblas. Por eso Serrat se quedó a vivir entre nosotros aunque se volviera físicamente a España. Se convirtió como el mismo dice en la banda sonora de los mejores momentos de nuestras vidas. Hoy mucha gente repite que nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. O caminante no hay camino, se hace camino al andar. O ese con quien sueña su hija, ese ladrón que os desvalija.., Y es como si se rezara un padre nuestro. O como si cantara el himno. Gardel será uruguayo pero es argentino. Serrat será español pero es argentino. Dime Serrat con quién andas y te diré quién eres. Anda reivindicando diversidades y bellezas con los sueños de Miguel Hernández y Antonio Machado al hombro. Utilizabas la risa y la verdad que sigue de duelo por Daniel Rabinovich aunque extrañes aquellos asados con tus negros amigotes que no están pero que nos siguen dibujando desde el cielo: Caloi y Fontanarrosa.

Gracias por todo Joan Manual. Este, domingo, en tu cumpleaños me gustaría regalarte la vuelta olímpica del Barsa con Kubala y Messi de la mano para que ningún niño se deje ya de joder con la pelota. O una España donde nunca más corra la sangre por las calles y ya nadie utilice el tiro en la nuca con los que piensan distinto. O el secreto de tu seducción que todavía hace mojar bombachitas. Y finalmente me gustaría condenarte a regresar un rato y cuando quieras a tu barrio de Poble Sec a preguntarle a Ángeles, tu vieja, cuál era su patria. Para que ella te conteste, profunda y duradera, yo soy de donde comen mis hijos. Y para que una vez más puedas ver sus ojos tristes por el asesinato de toda su familia durante la guerra. Eran los demonios que había heredado Ángeles.

 Gracias por todo Joan Manuel. Gracias por ser nuestro hermano y por estar siempre cuando te necesitamos.

Me gustaría regalarte un poco de tus pasiones, un día de pesca, vino Malbec y las mollejas… una tarde de ciclismo y el eco rumoroso que baja de las tribunas en el Nou Camp y celebrar el césped que huele a gloria y donde el pro hombre y el gusano bailan y se dan la mano. O escuchar tus anécdotas de secundario donde te recibiste de tornero fresador, algo que nadie conoce demasiado.

Muchos te han hecho su mejor homenaje poniendo Juan Manuel a sus hijos y  no por Rosas, precisamente. O Lucías y Penélopes, que andan por los ríos de tiempo sembrando tu melodía. Gracias…

Por disfrutar la vida en grandes porciones como si fuera una pizza azul y oro muy cerca de la Bombonera. Un abrazo en el tiempo para tu padre, Josep, obrero para toda la muerte. Gracias por cantar Zamba del Grillo de Yupanqui y con los Chalcha y que tus amigos te dejen tocar el bombo después de cuatro copas de más que nadie echará de menos.

Gracias por estar aquí y ahora. Serrat, querido Serrat, gracias por ser un capo de 77 años, un regalo de Navidad para el alma.

Columna de Alfredo Leuco en Le doy Mi Palabra por Radio Mitre