Ni la placa del Tortoni

1913

Todavía repiquetea en mi cabeza y en mi corazón esa información maldita. Parece un tema menor, pero creo que es el síntoma de un problema inmenso que tenemos como sociedad. Se robaron la placa fundamental, la más antigua y original del Café Tortoni. En menos de un minuto, una persona con una barreta, arrancó ese símbolo de bronce que decía textualmente: “Gran Café Tortoni. Casa fundada en 1858. Venta de helados. SRL”. Aquí hay varios temas para pensar. Primero que el café emblemático de la ciudad de Buenos Aires queda en la Avenida de Mayo 825, y tiene salida por atrás hacia la calle Rivadavia. Está ubicado a pocas cuadras de la Casa Rosada. En este robo aparece el raterismo pero también es una muestra de la degradación que estamos atravesando. ¿Cuánto le pueden pagar para fundir ese cacho de cultura y convertirlo en un poco de metal? Hubo cientos de robos y vandalismos de este tipo en los últimos tiempos. Estatuas y monumentos históricos. Picaportes antiquísimos y relucientes. En la iglesia de San Nicolás de Bari, en avenida Santa Fe al 1.300 se robaron el pasamanos que ayudaba a las personas mayores a descender por sus escalinatas. Hubo alrededor de 20 detenidos por este tipo de delitos. Salen más rápido que un bombero. Lo consideran un delito menor, un hurto y listo. De todos modos la policía y la justicia deberían buscar las mafias de comercios y talleres que les compran estos elementos. Esas son organizaciones que potencian y justifican el delito. Ahí es donde hay que atacar. No creo que haga falta ser el detective  Sherlock Holmes para descubrir a los malandras que tienen a esos ladrones como mano de obra. Si nadie compra esas placas ni picaportes, nadie los robará porque será inútil. Elemental, Watson.

La placa del Tortoni es muy valiosa porque no tiene precio. Y seguramente al que la robó le pagaron dos mangos con cincuenta. Ese patrimonio histórico y cultural es de todos y hay que protegerlo. Vayan estas reflexiones a modo de desagravio.

Antes de la pandemia había que hacer cola para entrar al legendario Café Tortoni. Es que los brasileños se sientan gustosos en esas mesas que nunca preguntan. Los alemanes perciben que la emoción se hace humo sobre los pocillos de café. Y los japoneses sacan fotos a un pedazo grande de la historia de Buenos Aires mientras las cucharitas chocan los cinco de la nostalgia. Qué bueno sería tener la magia de Serrat para convocar a los fantasmas del Tortoni como el hizo con los del Roxy. Que se tomen un cortado con nosotros. Que le pidan al mozo una medialuna de grasa o una leche merengada. Le confieso que me gustaría saber bailar un tango bien arrabalero para que se transforme en la danza ritual que convoque a los fantasmas del Tortoni que crecieron en el corazón de la Avenida de Mayo, en los últimos 162 años. El glorioso café Tortoni nació un 26 de octubre y en su homenaje se lo designó como el día de los cafés notables de Buenos Aires.

¿Sabe de cuales fantasmas le hablo? Primero del número uno. De Gardel. De su voz que acaricia, de su figura engominada. ¿O no le gustaría amigo oyente que don Carlos Gardel nos cantara aquellas canciones que cantó y que rebotaron en esas mismas paredes cargadas de gloria?

Se robaron la placa fundacional del Café Tortoni: "Es un golpe muy difícil  de asimilar"

Y si Gardel se anima y vuelve, y si se atreve y hace punta, el resto será más fácil. No habrá tanguero que se resista. Vendrá don Benito Quinquela Martín con su paleta mágica de colores, hoy más azules y amarillos que nunca, trayendo los sudores canyengues del puerto. En el subsuelo de la patria literaria formarán otra vez aquella peña y leerán sus escritos Baldomero Fernández Moreno, Carlos de la Púa y Raúl González Tuñón y Alfonsina Storni, entre otros duendes cachafaces. Y vendrá Homero Expósito y Cadícamo y Horacio Ferrer saltará al primer piso con su academia.

Baldomero recitará su poema a su padre muerto que también frecuentaba el Tortoni después de la esforzada jornada de trabajo, para fumarse un habano perfumado y escuchar unos tangos. Y llenarán el aire de recuerdos. Nos contarán cuando Juan de Dios Filiberto, enojado con otro parroquiano que no hablaba bien de Almafuerte, hizo el ademán de sacar el facón de entre las ropas y se armó un revuelo de aquellos. Guapos y ochavas, con aceros brillantes como en una coreografía digna de Carriego o de Borges, floreciendo en su gran Jacinto Chiclana. ¿Sabía usted que Borges también saboreó sus penas en estas mesas? Ángel Sosa, el mozo más antiguo, fue testigo durante 45 años de lo que flota entre esos fantasmas y se emociona cada vez que recuerda que le sirvió un té a Jorge Luis Borges.

 Gardel, Borges. ¿Qué más quiere? ¿Atahualpa? Si señora oyente. Atahualpa Yupanqui también estuvo ahí, cantando en el tablado de la bodega. Y Ernesto Sabato y Julián Centeya.

Si nos juntamos todos, seguro que viene el Polaco Goyeneche y nos alucina con su garganta con arena. Y escuchamos la militancia de don Osvaldo Pugliese tramando con Tuñón alguna acción solidaria con los republicanos y con Federico García Lorca que bien se merecía ocupar la mesa que dá contra la ventana. Si estaba Federico se aparecía Miguel de Molina y tantos queridos exiliados que la Guerra Civil Española tiró para este lado. Me gustaría ser una mezcla de Héctor Negro con Eladia y decirle al “viejo Tortoni de entonces, que en tu color están Quinquela y el poema de Tuñón y el tango aquél de Filiberto, como vos no ha muerto, vive sin decir adiós”. Pero nada será posible si no viene Alfonsina. Si no resucita de sus profundos ojos verdes como el mar. Si no trae su risa loca, su cabello color ceniza. Alfonsina Storni era la reina del Tortoni y sin ella nada sería igual. No existirían estas catacumbas de la cultura. Ni nos hubiésemos enterados que poemas nuevos vino a buscar.

Aguante el viejo café Tortoni. Artistas e intelectuales durante 162 años. Lola Membrives, Paulina Singerman, Ortega y Gasset, Roberto Arlt y los extranjeros que se fueron maravillados con tanta belleza, como Josephine Baker o el mismísimo rey de España, Juan Carlos de Borbón que rezó por Lorca al lado de una ginebra y de Luigi Pirandello en este primer café teatro de Buenos Aires. Las fotos amarilla certifican que también transitaron esos aromas Vittorio Gassman, Francis Ford Cóppola y Robert Duvall. ¿Cuántos poemas se habrán escrito? ¿Cuántos amores habrán nacido y se habrán quebrado en medio del concubinado de Avenida de Mayo y Rivadavia? Que vivan estos cafés de Buenos Aires que nos permiten mostrarnos y ocultarnos. Paladear de nuestra compañía o de la soledad. De la trampa y la tertulia. El café es la continuidad urbana del fogón donde la guitarra y el mate salían a dar la vuelta. Hoy estos cafés son la trinchera de resistencia frente a la avalancha del plástico, el vacío y el mundo líquido. Es un lugar de identidad, de pertenencia. En el barrio querido o en el centro que deslumbra. Sus ventanales son como barricadas virtuales contra los shoppings, es decir contra los no lugares de los 90. Aquí, en el café hay sinceridad e hipocresía. Murmullo amoroso y exaltación política. Hay dados, billar, en un mundo opuesto a la comida chatarra. Aquí se sirve el chocolate con churros en una jarra de bronce. Aquí en el bar hay miradas que lo dicen todo. Cara a cara. Las cosas no se mandan a decir por mensajitos del celular. En estas mesas se mira a las muchachas directamente a los ojos. O se espía sus escotes. No hay charlas de bajas calorías. Aquí en el Tortoni se han hecho carreras universitarias enteras, largas notas para diarios, varias revoluciones proletarias, citas de amantes furtivos, se han escrito miles de libros y se formaron tantas selecciones nacionales como en cualquier bar de la Argentina.

Aquí venía caminando desde la Casa Rosada el presidente Marcelo T de Alvear con su esposa Regina. Escuchaba con sus propios oídos las protestas de poetas que llamaban a las cosas por su nombre como Nicolas Olivari. No hay que olvidarse del altar donde debemos colocar a don Jean Tován, un francés que lo fundó en 1858 a imagen y semejanza de uno que había en Paris

Si usted me permite, ahora que ya están todos los fantasmas podemos pegar el grito:

-¡Marchen cuatro cafés para la mesa tres…que sean cinco y uno mitad y mitad. Y una lágrima para la señorita, por favor. Ella es la memoria ciudadana. Ellos son nuestros fantasmas que resisten, aunque vengan degollando. Aunque se roben todas las placas, todas. El Tortoni no se rinde.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre