Milstein, orgullo de premio Nóbel

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Seguro que hay una buena noticia. Un día como hoy, el químico argentino César Milstein recibió el premio Nóbel de Medicina. Fue en 1984 y semejante alegría se sumó a la primavera democrática que vivíamos hacía un año con la recuperación de las instituciones y el triunfo de Raúl Alfonsín.

Lázaro, el padre de César Milstein llegó a estas pampas esperanzadas en 1913 huyendo de la persecución a los judíos en Ucrania. Lázaro tenía 16 años y ningún oficio. Se asustó por lo lejos que quedaba el horizonte, pero respiró aliviado cuando se dio cuenta que tenía el mundo por delante y se fue a recorrer las colonias de sus paisanos en Bahía Blanca. Encontró empleo como vendedor de una casa de artículos para el hogar y allí echó raíces.

Máxima Vapñarsky había nacido en Villaguay y estaba orgullosa de ser primera generación de gauchos judíos que se establecieron en Entre Ríos. Máxima había concretado su máxima aspiración: ya era directora de la escuela primaria número 3 de Bahía Blanca.

La historia de sus vidas fue la de todos los inmigrantes. Trabajar de sol a sol, romperse el lomo para poder mandar a estudiar a sus hijos para que ellos, no tengan que sufrir lo que ellos sufrieron. Eran época de una Argentina con movilidad social ascendente que premiaba el mérito y el esfuerzo. Al revés de lo que pregona este gobierno. Una persona, aunque solo supiera manejar un arado o amasar pan casero, tenía posibilidades de mandar a su hijo a estudiar, a conseguir el título, ese famoso título que para los padres era poco menos que la garantía o el pasaporte a la felicidad eterna. Eran épocas en el que el conocimiento tenía buena prensa. Para un inmigrante, muchas veces analfabeto o que apenas hablaba el castellano, ver a su hijo convertido en un doctor o en un ingeniero era la razón de su vida. Después se podía morir tranquilo, feliz por el deber cumplido. Imagínese lo feliz que fue el matrimonio de Lázaro y Máxima. Tuvieron tres hijos: Oscar y Ernesto que con el tiempo fueron ingenieros, uno civil y el otro industrial y César que, con el tiempo, un día como hoy, fue Premio Nóbel de Medicina.

  • “Hay que estudiar, hijo. No hay otra

manera de ser alguien en la vida”. ¿Cuántas veces habrá escuchado esos consejos el chico César Milstein? ¿Cuántos reproches recibió de su padre por no haber sacado buenas calificaciones en la escuela primaria? César era muy travieso y tozudo para ser un alumno diez puntos.  Su vida era la de todos los hogares de inmigrantes. Colegios del estado, casa y comida modesta, cultura del esfuerzo, festividades religiosas, ética de la solidaridad, honestidad y curiosidad.

Y eso fue lo que lo llevó a ser el gigantesco científico que fue César Milstein. La curiosidad es el primer motor del crecimiento. Un día, una de sus primas, bioquímica ella, que trabajaba en el Malbrán, contó de qué manera se extraía el veneno de las serpientes para fabricar el suero antiofídico. César escuchó extasiado esa historia que parecía de ficción. Su asombro  fue tan grande que su madre le compró un libro que muchos científicos disfrutaron de chicos, llamado “Los cazadores de microbios”. Y César quedó marcado para siempre. El motor de la curiosidad no se detuvo jamás y el tamaño de su sabiduría, tampoco. Se mudó a Buenos Aires para ir a la Facultad de Bioquímica donde ingresó en 1945, cuando el peronismo aparecía en el universo argentino.

Milstein y su hermano, vivieron en la pensión Lola de la Avenida de Mayo al 900, donde su dueña, Lola era un canto a la vida con su gracejo español y su alegría de castañuelas. Ella fue una especie de segunda madre para todos los estudiantes del interior que llegaban medio indefensos a la gran ciudad, a las luces de Buenos Aires.

César Milstein, enseguida se ganó el apodo de “El Pulpo”, porque hacía de todo y todo bien. Fue presidente del Centro de Estudiantes, organizó los primeros viajes a Bariloche de campamento y la primera librería cooperativa de la Universidad. Era impresionante la capacidad de aquel hombrecito tan parecido a Woody Allen, con sus ojos chicos y nariz respetable, con sus lentes fuertes y zapatillas gastadas y su elegancia ausente. En 1950 se casó con Celia, la compañera de estudios que le provocó tanta o más fascinación que la ciencia. Enseguida vino la beca en Inglaterra y su ingreso al Instituto Malbrán a su vuelta.

Después ocurrió lo que tantas veces, lamentablemente, ocurrió en nuestro bendito país: el desprecio por la inteligencia. Un ministro de la dictadura que había derrocado al talentoso Arturo Frondizi, tuvo la brutal idea de achicar gastos y dijo que la ciencia era perder el tiempo. Echaron a algunos colaboradores de Milstein y el, en solidaridad, renunció a su cargo de técnico científico que había ganado por concurso y a su posición de jefe del departamento de biología molecular.

Hubo 11 despidos y 13 renuncias por solidaridad. 24 científicos fueron arrojados a la basura de la historia. Pero el mundo civilizado los supo recoger. Porque para el Primer Mundo la ciencia no es perder el tiempo, es la gran posibilidad del desarrollo.

Milstein siempre estuvo convencido de que si no hubieran desmantelado ese lugar, Argentina se hubiese convertido en un país pionero en ingeniería genética. Mire la importancia que esto tiene hoy en medio de la pandemia. Casi todos los que tuvieron que abandonar el Malbrán, consiguieron trabajo en Estados Unidos, Canadá y varios países de Europa. El propio Milstein, a los 15 días ya estaba contratado en Cambridge.

Y el, siempre se quedó con la convicción de que los militares destruyeron ese lugar porque lo consideraban una cueva de judíos y comunistas. Con el tiempo, Milstein contó que los dictadores creen que todos los que defienden la libertad y la justicia social, son comunistas, pero que él, nunca lo fue. Todo lo contrario, fue un luchador contra todo lo que el comunismo representaba en aquellos tiempos del PC y su concubinato con la Unión Soviética y el estalinismo. La libertad no existía y la justicia social era para los burócratas del Kremlin.

La vida de Milstein tuvo otros momentos increíbles. Primero, por supuesto, cuando recibió el premio Nóbel que hoy estamos recordando. Fue de manos del rey Gustavo de Suecia. Lo ganó por su investigación sobre los anticuerpos monoclonales. La culminación de su carrera, el mayor halago que le pudo ofrendar a don Lázaro, el padre que huyó del odio racial de Ucrania como después su hijo huyó del desprecio por la ciencia y la libertad de Argentina. Después de ganar el Nóbel, el doctor Raúl Alfonsín, como presidente lo recibió con todos los honores y junto a otro premio Nóbel, el doctor Luis Federico Leloir. Mientras tomaban un café, el padre de la democracia se interesó mucho por la anécdota que estaba contando Leloir. “Usted sabe, presidente, este señor Milstein vino a pedirme trabajo al laboratorio de la calle Juncal y yo no tuve dinero ni lugar suficiente para dárselo. Mire que casualidad, estuvimos a punto de trabajar juntos y ahora es premio Nóbel como yo”.

Todos rieron aquel día en la Casa de Gobierno de una Argentina que trataba de revalorizar la ciencia como apuesta al futuro de una Nación independiente y de avanzada.

Don César hoy es un orgullo para todos los argentinos. Carpintero finísimo dejó un fichero que construyó con sus propias manos en el Malbrán. Fue un cocinero muy sabio para mezclar la paella como si fuera un químico en sabores. Fanático de la música, deportista convencido, solía navegar por ríos como el Danubio y trepara a cuanta montaña se le pusiera adelante.

Un día, mientras tripulaba un gomón por un rio caudaloso en el sur de Chile, sintió que su corazón le fallaba. Se detuvo en el medio de la nada y un helicóptero no pudo bajar a ayudarlo por el mal tiempo. Finalmente, en otro gomón lo llevaron a un hospital donde fue sometido a cuatro by pass. Fue su momento más dramático. Después la vida siguió como si nada. Con más investigación y más pasión. Haciendo honor a la definición que sobre su figura dio la Real Sociedad Británica de Ciencia: “Uno de los biólogos más grandes de la historia”.  Entre pipeta y microscopios nunca le faltaba el mate en su macro mundo de Cambridge. Hoy a 37 años de su premio Nóbel, Milstein es un ejemplo de todo lo bueno que puede hacer un hombre si se lo propone y de todo lo malo que puede hacer una país si deja que los Milstein y tantos otros genios se vayan de la Argentina poco menos que expulsados por la falta de presupuesto, por la falta de oportunidades y, sobre todo, por la falta de respeto. Es para pensarlo. ¿No le parece?

Editorial de Alfredo Leuco en Radio MItre