La autodestrucción de Alberto

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El presidente Alberto Fernández y su jefa, Cristina Fernández, multiplican los problemas y van a contra mano del sentido común republicano. En nueve meses, han puesto al país al borde de un colapso con un nivel inédito de inoperancia, soberbia y resentimiento disfrazado de ideología. Si la Argentina registra un escape de gas, el presidente debe ir a ver lo que pasa con una linterna. Pero se empeña en ir con un fósforo. Por momentos, son tantos los tiros en los pies que se pegan que uno se pregunta si no se dan cuenta de que se acercan al suicidio político.

Hay un denominador común que dinamita las esperanzas de encontrar los mejores caminos. Todo el tiempo y en todos los temas, Los Fernández castigan el progreso, la innovación, la honestidad, el esfuerzo de superación, la eficiencia y la meritocracia que hizo grande a este país. A eso le llaman progresismo. Se auto perciben revolucionarios y en realidad, son los reaccionarios que más atrasan. Porque fomentan disvalores como el delito y la corrupción desde el estado, la vagancia, la toma de tierras, el autoritarismo patotero, la injusticia que desconoce la división de poderes, la impunidad, la venganza y el igualar todo para abajo. Así es imposible que nuestro bendito país salga adelante. Con estas ideas nefastas estamos condenados al fracaso.

Hay infinidad de ejemplos de esto que le digo. Los más recientes tienen que ver con el saqueo para el 2021, de 45 mil millones de pesos a la Ciudad de Buenos Aires. Alberto les metió la mano en el bolsillo a Horacio Rodríguez Larreta y a todos los habitantes. El Pro dijo que esa decisión fue: “inconstitucional, injusta y y prepotente”. Dicen que a las 19.30 va a anunciar que hará una presentación ante la Corte Suprema. Y todo fue por orden de Cristina.

Antes de esta locura, yo le avise que la dueña del estado le declaró la guerra popular prolongada al jefe de gobierno de la ciudad. No puede soportar una buena administración. La ciudad, con todas las cuestiones que todavía faltan mejorar, es el distrito que más se modernizó, que mejoró la calidad de vida de sus vecinos, de sus maestros, de sus policías y que mostró a través de Larreta un nuevo tipo de liderazgo moderado que lo ha colocado en el primer lugar de imagen positiva del país. Cristina vive y disfruta de Recoleta.

Cristina tiene departamentos y cocheras en Puerto Madero. Pero con su hipocresía ataca todo lo que tenga que ver con el crecimiento con equidad de la Ciudad que se transformó positivamente desde que no la gobierna el peronismo kirchnerista. Se miente a sí misma. Nos miente a todos cuando proclama que la ciudad está mejor porque La Matanza está peor. Es como si los porteños y sus gobernantes fueran culpables de 37 años de la corrupción, el clientelismo feroz, la inseguridad, falta de cloacas, agua y asfalto producto de gobiernos del peronismo de todos los palos ideológicos. Dicen que quieren terminar con la pobreza y en realidad la multiplican.

Lo mismo pasa con la policía. Les pagan miseria. Los uniformados se juegan la vida para defender a los ciudadanos decentes y los maltratan y ni los escuchan. Es tan grande la falta de diálogo que el gobernador que no gobierna, Axel Kicillof, y el ministro Sergio Berni, no pudieron anticipar la crisis. Porque viven en su burbuja de poder. Porque no les importa un carajo lo que piensan y lo que sufren los demás. El gobernador no se debe ir a su casa porque fue elegido democráticamente. Pero el ministro, no puede durar un minuto más en su cargo. El Rambo de cabotaje se transformó en un pelele que no sabe ni lo que pasa con sus subordinados. Se quebró la cadena de mando y nadie le da bola. Por lo tanto no puede conducir nada. Y mucho menos una fuerza civil armada de 90 mil integrantes. Vendió humo. Protagonizó series de Netflix tragicómicas, se hizo filmar armado, en helicóptero, haciendo abdominales y los policías honestos que ponen el pecho lo miraban como quien mira a un payaso. Ahora es un jefe sin tropa. Por lo tanto se tiene que ir a su casa.

La incapacidad y altanería de Axel Kicillof y Berni produjeron una de las situaciones de mayor peligro y desafío antidemocrático. Uniformados con sus pistolas reglamentarias rodeando la casa de Kicillof o la quinta de Olivos es un desafío inaceptable para las instituciones. Eso hay que condenarlo sin vueltas. Pero no se pueden desconocer ni los reclamos que son totalmente justos ni la actitud irracional del Presidente de tirar más nafta al fuego. Los provocó, les mojó la oreja.

Alberto y Kicillof deberían saber que este conflicto no se soluciona solamente con plata para los sueldos, como anunciaron. Los policías se sienten desprotegidos por el estado y la justicia. La inmensa mayoría de los agentes que son honestos y valientes, ven todos los días como desde el cristinismo se favorece siempre a los delincuentes y se perjudica a los policías. Hay coronavirus y sueltan ladrones, violadores y asesinos con una frivolidad criminal. A la fuerza de seguridad provincial le cuesta un ojo de la cara perseguir a los que violan la ley y finalmente apresarlos. Después ven como la justicia en su gran mayoría, no los condena pese a que sean reincidentes de delitos graves. Y cuando finalmente, algunos van presos, apenas aparece un virus los sueltan para que no se contagien. Una locura por donde se la mire. En las cárceles casi no hay infectados y entre los policías hay miles. La atención médica que tienen es un desastre. Recién ahora van a poner dos hospitales a su disposición. Muchos tienen que pagar sus hisopados. Los barras bravas y los grupos de choque de los movimientos sociales, toman tierras con toda libertad. Nadie quiere desalojar porque aunque haya una orden de la justicia, por estadística, los que terminan presos o exonerados son los policías y no los que violaron la ley.

Atrasan tanto los kirchneristas que todavía ven un uniforme y piensan en Videla. Son tan delirantes que no se dan cuenta que ya pasó mucho tiempo y que estas generaciones no tienen nada que ver con aquellos fascistas y terroristas de estado. Por eso le digo que todo esto no se arregla solamente con aumentos de sueldos. Hace falta una línea política clara de seguridad democrática. Un combate fuerte contra el delito tanto de civiles como de los uniformados. Los premios y los castigos tienen que ser claros. Premiar la decencia y castigar a los malandras. No es tan difícil comprender eso. Y lo mismo pasa con la pandemia. Kicillof y sus encargados de la salud fueron absolutamente incapaces en la gestión de la cuarentena. Se la pasaron criticando a la ciudad y buscando culpables en lugar de encontrar soluciones.

Daniel Gollan y Ernesto Kreplak, dijeron barbaridades que deberían ser castigadas con su desplazamiento. Se quejaron de la apertura razonable y planificada de la capital y ellos no pudieron controlar las multitudes que caminan por las calles del Conurbano, sin distancia social, sin barbijo y sin que nadie haya podido controlar esa situación. Todo el tiempo mirando la paja en el ojo ajeno sin mirar la viga en el propio. Siempre con mirada conspirativa. Hablaron mucho, pero hicieron muy poco. Siempre ven una mano negra, el macrismo, la oligarquía o los medios hegemónicos como culpables de los problemas que ellos generan, multiplican y no solucionan.

Alberto Fernández de Kirchner profundiza todas las crisis y la grieta. En lugar de consensos, busca pelea. Todos los días deja en ridículo a aquellos que se compraron el caramelo envenenado del Alberto bueno y prudente. Elisa Carrió lo definió como alguien que “no tiene peso, ni valor, ni coraje, ni palabra, ni respeto”. Aseguró que el presidente testimonial “está sitiado por Cristina y que ella está sitiada por su propia sed de venganza”.

El senador Martín Lousteau, ahora sobreactúa su enojo, pero fue a visitarlo a Olivos sin consultar a la fuerza política que integra. Su individualismo hizo que se cortara solo. Hoy dice que nadie se enteró de que Alberto le iba a rapiñar 45 mil pesos a los porteños. Pero los que mandan ya lo habían anticipado. Cristina con su frase de los helechos iluminados, Máximo idem y el propio presidente cuando habló de la culpa que le generaba la opulencia de la ciudad. Hay gente que solo escucha lo que quiere. O lo que le conviene. Por eso no pueden ver el proceso de autodestrucción de Alberto empujado por Cristina. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre.