“El sesgo tribal”, por Diana Wang

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Por Diana Wang

Vivimos en una realidad binaria, maniquea y bélica. Según de qué lado se esté y quién sea el hablante nos considerará amigo o enemigo. A medida que las redes sociales, a las que todos tenemos acceso, globalizan los mensajes simplistas y engañosos, esta tendencia está siendo una característica mundial. ¿Serán los medios? ¿Será la propaganda? ¿Será la manipulación de los políticos? ¿Ignorancia? ¿Perversidad? ¿Estupidez? ¿Qué nos conduce en tanto Humanidad a alojarnos en casilleros cerrados sin dejar entrar a los que creemos que no tienen nuestro mismo pelaje?

Dada la aparente universalidad de esta conducta, lejos de ser una patología, podría tratarse de una característica humana, un sesgo cognitivo. El sesgo se describe como una estrategia mental, una forma de procesar y comprender los datos, sean fenómenos o ideas, de manera rápida y simplificada. Se toman e incorporan los que confirman una idea previa; los que la cuestionan o la niegan, quedan en las sombras o directamente no se perciben.

No vemos nuestros sesgos. Son la lente a través de la cual percibimos, leemos, comprendemos y actuamos, lente tan integrada a nosotros que actúa como un verdadero escotoma. El escotoma es un punto ciego en la retina: creemos que vemos todo pero en realidad compensamos lo que no vemos y lo rellenamos con nuestra experiencia previa, de modo que no vemos que no vemos. Nuestros sesgos tienen el mismo efecto: creemos que vemos y consideramos que vemos todo cuando en realidad, vemos solo una parte y no vemos que no vemos. Así, los sesgos cognitivos nos hacer tomar decisiones, comunicarnos y operar con la gente y con la realidad en el engaño de que lo hacemos disponiendo de toda la información y no nos damos cuenta de que nuestra lente nos hace tomar solo una parte. La que nos confirma nuestra idea preexistente. Es el sesgo de confirmación, claramente evidenciable en los partidarios de algún partido político que siguen a los periodistas y medios que confirman sus propias ideas, las refuerzan y por añadidura les aseguran un grupo de pertenencia afín.

Propongo, hasta encontrar una palabra mejor, llamar sesgo tribal a esta característica de partir el mundo en amigos y enemigos, sesgo tan potente que domina nuestra vida social y genera tantas de sus guerras, hostilidades y enfrentamientos.

¿Por qué tribal? Una tribu es un grupo humano unido por lazos históricos, familiares y de intereses comunes. Los mamíferos solo podemos subsistir en el grupo que nos cobija. En su seno construimos nuestras subjetividades, mamamos su cultura e ideología, reglas y rituales, que son las fuentes de pertenencia, aceptación, alimento y protección. En nuestro gran desvalimiento, la pertenencia a una tribu es nuestra única garantía de sobrevivir.
Seguimos tan necesitados del grupo como en las primitivas cuevas donde era esencial distinguir amigos de enemigos, protectores de atacantes. El color, el aspecto físico, la lengua, las costumbres de los miembros dibujaban en quien confiar y en quien no.

Los diferentes eran potenciales enemigos que podían robarnos tanto el fuego como la carne del mamut recién cazado que debía durar todo el invierno. Diferenciar amigos de enemigos era condición de vida y pasados miles de años este sesgo tribal pareciera estar incorporado a nuestro ADN. La tribu dibuja y define quienes somos, cómo somos vistos, y si somos aceptados, qué privilegios o beneficios podremos recibir. Asimismo dibuja claramente las fronteras y todo lo que está afuera es potencialmente peligroso y levanta nuestro alerta.

Este sesgo tribal es la lente con la que leemos nuestras interacciones sociales. En todos los órdenes, en lo político, en lo deportivo, en lo artístico, en lo religioso, esta característica tiene la virtud de asegurarnos la pertenencia y la aceptación del grupo, nos confiere una identidad y nos protege de los ajenos, los predadores y enemigos. Dentro del grupo estamos con nuestros iguales, seremos queridos y respetados, siempre y cuando le seamos leales hasta la ceguera.

El sesgo tribal tuvo trágicas consecuencias en la historia de la humanidad. La mirada maniquea del fanatismo y el extremismo justificó, y aún justifica, conflictos sangrientos en los que cada bando asegura tener el derecho y la posesión de LA VERDAD. Quien gane esa guerra decretará que solo sus rituales, idioma y costumbres serán legítimos y que quienes no los acepten estarán afuera de la gran cueva de todos, perderán el derecho a la pertenencia. Los tiranos, las dictaduras y utopías políticas, tienen como sustento común esta idea de verdad que fundamenta la exclusión, el exilio, la detención, la tortura y el asesinato.

Vemos este sesgo en todas partes y de diferentes maneras. En nuestra realidad Ford o Chevrolet, coquitas o chocolinas, River o Boca, izquierda o derecha, populistas o liberales, cristianos o judíos, negros o blancos, peronistas o gorilas y podría seguir con cientos de dicotomías en las que el extremismo y el fanatismo excluye y señala como enemigo al de la otra tribu. Todo lo que se diga o haga evidencia a qué tribu se pertenece. Son solo dos y es inconcebible no pertenecer a alguna. El sesgo tribal no admite territorios intermedios. No hay matices ni grises. No hay miradas o posiciones alternativas. Quien no se reconoce como de acá o de allá, es un traidor encubierto, un enemigo falaz.

El sesgo tribal que, por un lado nos confiere identidad y pertenencia y nos permite crecer y desarrollarnos en el seno del grupo conocido y confiable, por el otro nos mantiene sujetos y prisioneros de un pensamiento único, de la imposibilidad de expresar cualquier divergencia a riesgo de ser echados a la intemperie. Nos obliga a aceptar y abrazar lo que la tribu propone, nos cierra el dispositivo crítico, reflexivo que nos previene de todo posible desacuerdo. El gran peligro es que, como el escotoma visual mencionado, genera una doble ceguera: no vemos y no vemos que no vemos.

El sesgo tribal rige nuestras conductas y opiniones. Si no lo conocemos ni reconocemos, si no estamos alertas, caeremos bajo el influjo y la ilusión de poseer el gran tesoro de LA VERDAD. Nos acomodaremos junto a los que creen lo mismo y nos veremos en sus ojos confirmando la identidad grupal y los otros, a su vez, se verán en nuestros ojos en un reflejo especular repetido ad infinitum, tranquilizador y reconfortante. ¡Qué alivio! ¡Qué tranquilidad! todos con el mismo pelaje, todos pensamos y actuamos igual. ¡Qué acogedora y calentita la cueva!, nada nos podrá pasar acá adentro. El enemigo está afuera. Siempre afuera.
El único precio que pagamos es la libertad de pensar.