El riesgo de tener relaciones carnales con Putin

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La sabiduría popular lo dice claramente: “El que se acuesta con chicos, amanece mojado”. El gobierno de los Fernández, debería saber que el que se acuesta con autócratas, amanece sometido. Las relaciones carnales con un zar como Vladimir Putin, que viola los derechos humanos esenciales, son extremadamente peligrosas. En los vínculos con los países democráticos hay a quien reclamar o tribunales a dónde apelar. Pero en los regímenes autoritarios donde una sola persona sojuzga con puño de hierro, no queda otra que llorar sobre la leche derramada. Y ya aprendimos en el cine, que “Moscú, no cree en lágrimas”.

Esa es mi lectura de la carta mendicante de Cecilia Nicolini a los funcionarios rusos. Llora sobre la leche derramada. Se rebaja, se arrodilla por momentos, frente a un déspota que ni le contesta los mensajes desesperados.

Ese texto conseguido por Carlos Pagni, es un gran hallazgo periodístico que nos permite confirmar muchas de las certezas que teníamos sobre el nivel de desidia, improvisación, mala praxis y capricho ideológico jurásico del presidente Fernández y también, y sobre todo, de Cristina, la jefa del jefe del estado.

Nadie se olvida cuando Alberto le chupó las medias a Putin y le dijo “Los amigos se conocen en los momentos difíciles”.

Hoy podría decir que los enemigos también se conocen en los momentos difíciles. O que con amigos así, quien necesita enemigos. Alberto fue en la misma línea de Cristina cuando con pretendía ironía planteó “Quién diría que las únicas vacunas con las que contamos son las rusas y las chinas”.

Fue aquel día, en el acto en Las Flores cuando hizo el ridículo hablando de Disneylanda y lo que se divertía Néstor con Mickey y seguramente con el Tío Rico del Pato Donald.

Máximo, el príncipe heredero, también mostró la hilacha de su fanatismo pro comunista cuando desde su banca en diputados manifestó su enojo porque Alberto se había bajado los pantalones ante los caprichos de los laboratorios norteamericanos y se preguntó qué pasaría con el acuerdo con el Fondo Monetario.

El texto sincericida de Cecilia Nicolini, tiene párrafos memorables. Por ejemplo cuando confiesa que “estamos en una situación crítica” y que las cosas han empeorado” porque no llegan los componentes de la segunda dosis de la vacuna Sputnik. Eso deja a casi siete millones de argentinos colgados del pincel y rogando que la variante Delta no inunde este país. Yo soy uno de ellos. Tengo la primera dosis de Sputnik y ya sabemos que el que espera, desespera.

Nicolini, que fue convocada al Congreso para explicar lo inexplicable, en un momento se arrastra “aunque sea un millón” de dosis. Le faltó agregar, “por el amor de Dios”, aunque ese argumento difícilmente conmueva a un Oso de granito, ex integrante de la sanguinaria KGB como Putin.

Por ahí dice Nicolini en nombre del gobierno de la República Argentina que “urgente, necesitamos algo del componente dos”. Suena casi arrodillada porque confiesa que la obsecuencia con los rusos fue absoluta, “hicimos” todo lo que nos pidieron, aunque en realidad, hicieron todo lo que les ordenaron. Putin no pide. Ordena. Igual que la zarina Cristina Elisabet. La funcionaria argentina reconoce su temor porque varios funcionarios están perseguidos legalmente frente a la gravedad institucional y sanitaria de este tema. Y amenaza con que “todo el contrato está en riesgo y puede ser públicamente cancelado”.

No sé cómo se dice en rusa, “Ay… mirá como tiemblo”. Pero es patética esa parte. Una argentina con un revolver de juguete quiere asustar a un ruso que tiene misiles con cabezas nucleares. A Putin no se le mueve un pelo cuando Angela Merkel, jefa de la poderosa Alemania, le pide explicaciones sobre los envenenamientos de disidentes en Rusia.

Otro fragmento para la historia del mamarracho es cuando con una ingenuidad de niña, Nicolini le dice a los rusos que si no cumplen se van a cambiar de vereda, van a cancelar el romance y van a empezar a noviar con los yankys que, dicho sea de paso, acaban de regarlar a la Argentina 3,5 millones de vacunas.

Dicen que en toda guerra, la primera víctima es la verdad. En esta guerra contra el virus, la primera víctima en Argentina, también fue la verdad, pero la segunda víctima fue la soberanía nacional. El nivel de sumisión a los países del eje ruso cubano chavista y anti capitalista que evidenciaron es terrorífico.

Alberto y Cristina fracasaron con la Sputnik. Pero con la Astra Zéneca, también fracasaron. Privilegiaron el alineamiento anti norteamericano y los negocios sucios antes que la salud de los argentinos.

¿Nunca se preguntaron porque en Rusia solo el 14,23% de los ciudadanos están vacunados? ¿No les llamó la atención que casi no hay fotos de colas de gente vacunándose en Rusia o en China? El nivel de censura informativa tiene poderosas razones para existir.

Cristina y Axel fueron los abanderados de la hoz y el martillo. Llevaron la bandera roja como si estuvieran en una asamblea universitaria de los 70. Con ese nivel de irresponsabilidad.

La carta revela mucho (con “ve” corta) y rebela mucho (con “be” larga) Asusta conocer por confesión de partes y relevo de pruebas, hasta donde pueden llegar estos muchachos en su loca carrera hacia el precipicio.

¿En manos de quién estamos? ¿Hasta dónde llega la irracionalidad y el amor por el pasado? Veo la fotografía de Cristina con Putin o de Nicolini y Vizzotti en la Plaza Roja, frente al Kremlin y creo que estamos en el horno.

Coincido con el tuit de Paula Oliveto.

La diputada de la Coalición Cívica dice al final: “Hay que ser delincuentes para jugar a la geopolítica con la vida de los argentinos. Sin vergüenza y sin perdón. Prohibido olvidar”.

Tiene razón. Ni olvido ni perdón. Democracia, juicio, castigo y condena.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre