Diez años sin Badía

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Juan Alberto Badía era la imagen de la radio. Era la imaginación de los Beatles en el éter. Uno más de ellos que salió de Ramos Mejía y aterrizó en Liverpool. Su voz todavía nos rebota en el cerebro y en el corazón y dice así:

Imagina que no hay paraíso,
Es fácil si lo intentas,
Ningún infierno debajo de nosotros,
Arriba de nosotros, solamente cielo,
Imagina a toda la gente
Viviendo al día…

Imagínate Beto que hay mucho dolor aquí abajo. Que los músicos argentinos se sienten huérfanos. Que todas las radios están de luto desde hace 10 años por tu ausencia. Que los oyentes esperan que termine la tanda para volver a escucharte. Que Fernando Bravo, tu amigo del alma no puede con su alma. 

En la revista Radiolandia le hicieron la primera nota. Cuando le preguntaron por sus sueños él dijo que le gustaría construir una trayectoria en la radio, que era lo que más amaba del trabajo. Eso lo superó con creces. Hizo una maratón que fue espejo y ejemplo para muchos. Cuarenta años jugando en primera. Entrevistó a Jorge Luis Borges y a Tita Merello pasando por Charly García y todos los músicos argentinos.

Todavía recuerdo tu cálida voz en el teléfono en febrero del 2011 el día que recé una columna que decía que Badía tiene compañía. Una vez más me contaste cuando fuiste a Colombia con Bravito y juntos hicieron los comentarios del aquel partido en donde River se jugaba la vida. Por suerte pude confesarte toda mi admiración. Yo te miraba en silencio mientras hacíamos el pase en radio del Plata y vos me trataste como si fuéramos compinches. Hasta fuimos a jugar al básquet al club Palermo. ¿Te acordás de las picadas que comíamos en el buffet? Después supe que hacías eso con todos. Que no hay a nadie en el mundo de la radio que no te quiera. Que no tenes enemigos. Que te la pasaste acercando posiciones, cerrando brechas, reconciliando gente, valorando la diversidad en el más amplio sentido de la palabra. 

Para mí, vos, Bravito, Carrizo y Cacho Fontana estaban en el olimpo de los próceres de la radio. De los que reinventaron la magia de la comunicación. Primero me atravesó tu Flecha Juventud mientras yo celebraba la rebeldía del pelo largo, los vaqueros gastados y los dedos en ve. Con la música de los Beatles., por supuesto.

Graciela Mancuso, tu compañera inseparable para tirar paredes con los tonos y las melodías. Pobre Graciela, ella también fue a buscarte también en junio pero del año pasado.

Cuanto asombro por la filosofía pacifista cargada de humanismo de John Lennon que modeló nuestra ética de la solidaridad. Con todo eso crecimos juntos. Con tu extraordinaria capacidad para crear climas, para establecer una atmósfera de buena onda con el entrevistado. A veces pienso que con Juan Ramón, con semejante viejo, con ese maestro de locutores, no tenías otro destino que aferrarte a los micrófonos y vivir entre auriculares. Hijo de tigre. Hijo del ISER. 
Seguimos de cerca esa batalla desigual que diste contra ese maldito cáncer que seguramente debe odiar la música, los medios y la alegría. ¿Quién lo hubiera dicho? Meterse con Juan Alberto Badía, que hijoputez. Con ese locutor gigantesco que formó generaciones y que jamás apeló al escándalo ni al trazo grueso. ¿Te acordás del día que empezaste en radio Antártida? ¿De tu primer aviso? ¿Del furcio que más te avergonzó? De tus grandes éxitos. Le abriste una puerta gigantesca en la tele a muchos y de todos los palos. Desde el periodista deportivo Marcelo Tinelli hasta el maestro del periodismo, Pepe Eliaschev.

Te ganaste en buena ley 6 premios Martin Fierro y uno a la trayectoria con un discurso de agradecimiento que nos hizo llorar a todos. Sobre todo a tus hijos, a Bárbara, Natalia y Juan Agustín que deberán sentir orgullo genuino y eterno. Estabas abrazado a tu hermana Marisa. Ella te sostenía y toda la gente aplaudía de pie. A toda la industria de los medios audiovisuales se le estrujó el alma a verte tan optimista, tan íntegro, tan frágil. Siempre pensando en proyectos y laburando cien horas por día. Pero aprendiste al final que tenías que abrir las manos y permitirse recibir tanto afecto. Y eso fue aliviador.

 Escuché que dijiste que era increíble la cantidad de gente que defendía tu vida como si fuera propia. Es cosecha merecida de tu siembra. Todo lo bueno que hiciste hoy te vuelve multiplicado. 

Me consuela saber que nunca estarás solo. Que millones te estarán sintonizando porque igual que Bravito, tu domicilio es el aire. Que te esperaron John Lennon y el flaco Spinetta. Ahí fue el capitán Beto, flaco. Cuidalo. Aquel día te llevó una noticia como para dar la vuelta olímpica en el cielo. Volvieron a primera hace ya 11 años. Justo. Hay una banda roja que los envuelve. Un estadio de fiesta. Celebrando la vida de Badía y sus sesenta y cuatro años de ejemplo. Tal vez eso sea lo que más duele. Fue demasiado pronto, Juan Alberto. Cuando tenga sesenta y cuatro años, aun me seguirás necesitando, todavía me seguirás alimentando. Cuando sea más viejo y se me caiga el pelo. A los sesenta y cuatro lloramos tu despedida que es bien arriba, con la luz roja encendida eterna en tu homenaje:

Imagina
Tu puedes decir que soy un soñador,
Pero no soy el único,
Espero que algún día te nos unas,
Y el mundo vivirá como uno solo, Beto querido.

El día del final, en el cementerio de Pilar, Alejandro Lerner comenzó tímidamente a entonar Let it Be. Y todos lo acompañamos con la garganta inundada. Fue un himno de despedida. Déjalo Ser. Todos te dejaron ser. Y vos nos dejaste ser a todos. Beto querido, te extrañamos. Que en música descanses. Y que una radio te acompañe por toda la eternidad.