Cristina puso de rodillas a Alberto

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Cristina puso de rodillas a Alberto. Logró quebrarle la voluntad y vaciarle casi, casi hasta la última gota de poder. Eso se llama golpe palaciego. O violación consentida de la Constitución. Porque según nuestra Carta Magna, el Poder Ejecutivo es unipersonal. Cristina, en los últimos días aceleró su ofensiva, le usurpó la Casa Rosada y le expropió el sillón de Rivadavia. Muchos niegan esta realidad por conveniencia o por plata sucia. Pero si uno se retira del cuadro de la realidad cotidiana para mirar con más perspectiva lo que está pasando, se ve con claridad: el bastón de mando lo tiene Cristina. Ella se negó a entregárselo a Mauricio Macri en un gesto de autoritarismo inédito y se lo quedó para siempre.

Su nacional populismo autoritario y cleptocrático la hace creer que ella no es solamente una inquilina del poder: ella está convencida que es la propietaria del poder. Es la reina y, por lo tanto, el bastón y la corona solo se los puede pasar a su hijo, el príncipe heredero, Máximo Primero.

Esta opinión política está respaldada con datos que demuestran que nada de lo importante que ocurre es una decisión o una acción de Alberto Fernández. Muchos confundieron su tibieza con prudencia. Muchos se tragaron el sapo de que su falta de gestión era una señal de moderación. Pero a esta altura está claro que Alberto es menos de lo mismo y que no le aguantó de pié ni un solo round a Cristina.

No es casual que entre los albertistas, le digan “Maléfica” a Cristina, según reveló el periodista Santiago Fioritti. Es el mismo y muy informado colega que tituló su nota este fin de semana de la siguiente manera: “Misiles que van y vienen entre Olivos y el Patria”. Es una forma de quejarse que no resuelve el problema y que lo deja a Alberto con una fragilidad institucional peligrosa. Lanata lo define con filosa ironía cuando, en su mesa de juguetes, muestra que Horacio Verbitsky es el perro de Cristina y es mucho más grande que el diminuto Dylan. Lanata, sin bromas, caracterizó a Alberto, este fin de semana como “el secretario de Cristina”. Carlos Raymundo Roberts fue mordaz y lúcido cuando escribió que esta es “la tercera presidencia de Cristina”. El intelectual Pepe Nun dijo que la vice, en realidad es la “presidenta de facto”.

Por eso le hablo de golpe palaciego o violación consentida de la Constitución. Porque Alberto no opone resistencia al atropello cristinista. Sus quejas son tan ínfimas que no acusan peso en la balanza. Cristina le tira con una carta que es un misil y él se saca una foto con Vilma Ibarra y Sergio Massa. No le hace ni cosquillas. Cristina expulsa del gobierno a una funcionaria honrada como María Eugenia Bielsa, enchufa a Jorge Ferraresi, el vicepresidente del Instituto patria y Alberto le dice a sus voceros periodísticos que lo decidió el. Una mentira gigantesca. El viejo y truco barato de decidir lo que uno sabe que es lo que quiere el otro. Eso no es autonomía ni capacidad de mando. Eso se llama sumisión. Quedarse siempre con las últimas palabras en cualquier discusión: Si Cristina. Ahora, ni eso porque ella no necesita ni hablarle. Le manda a decir por carta todo lo que tiene que hacer. Esta carencia de liderazgo, esta falta de coraje cívico y la ausencia de imaginación estratégica han convertido al presidente de la Nación que eligieron la mayoría de los argentinos en un títere, justo lo que él no quería ser.

Y esta es la madre de todos los problemas argentinos. Aquí radica el nudo principal de todas nuestras dificultades.
Los dos últimos sopapos políticos, Cristina se los pegó a Alberto para sabotearle los posibles acuerdos con el Fondo Monetario Internacional. La carta abierta de Cristina que los senadores firmaron a libro cerrado demuestra el nivel de humillación y verticalismo al que son condenados. Alberto y el ministro Guzmán, están haciendo malabares con frasquitos de nitroglicerina y el fuego amigo de Cristina le produce un terremoto. Se muestran cuidados con las palabras y las acciones para que el dólar regrese de la estratósfera o para que el Fondo autorice sus planes y ella le manda una manada de dinosaurios senadores que repiten como loros lo que ella quiere que digan. No solamente le altera todos los planes a Alberto. Cristina levanta el dedito y fustiga al Fondo Monetario como lo fustiga a Alberto. Al organismo internacional los acusa de favorecer a Mauricio Macri e incluso de haber cometido un delito. Oscar Parrilli de Kirchner, criticó a Alberto por tomar el mismo camino de Macri.

Alberto se acerca en puntas de pie, Guzmán se mueve sigilosamente para mejorar la relación con el organismo internacional y Cristina dinamita cualquier salida negociada y más o menos racional. Como si esto fuera poco, en medio de esta situación, Máximo Kirchner, colabora con el caos y se apura a meter el impuestazo a la producción y la riqueza. No transó ni siquiera con la idea de llevarlo al recinto después de recibir el okey del Fondo. Alberto y Guzmán quieren firmar la paz y un acuerdo con el Fondo. Cristina y Máximo le declaran la guerra y quieren que el Fondo les pida perdón y que confiesen que fueron cómplices de Macri. Pocas actitudes tan divergentes. El día y la noche. No hay acuerdo posible en eso. A las pocas horas, Alberto asume como propia la carta de los senadores cristinistas y repite que fue el Fondo el que violó sus estatutos para financiar la especulación financiera y la salida de capitales. Se cuidó de no repetir esa idea bizarra de que el Fondo apoyó la campaña de Macri.

¿Qué está pasando? Cristina no quiere quedar pegada con el ajuste. No quiere que nadie de su espacio le reproche que les bajan los ingresos a los jubilados, que suben las tarifas y que les quitan planes sociales a los piqueteros amigos. Muchos saben lo que pienso de Cristina: que es la persona que más daño le produjo y le sigue produciendo a la democracia republicana. Por el nivel de corrupción de estado, por la búsqueda de la impunidad y la venganza y por su despotismo chavista.

Eso lo pienso hace muchos años y lo sigo pensando. Solo que ahora hay que hacer un agregado fundamental para entender lo que pasa. Esa actitud dañina de ir por todo y para siempre, convirtió a Cristina en la principal enemiga de Alberto Fernández. Qué país insólito que tenemos. Que difícil de entender desde la racionalidad.

Alberto, en el origen, fue la tercera pata de la mesa kirchnerista, una suerte de Línea Fundadora. Néstor, Cristina y Alberto. Fue la mano derecha de Néstor como jefe de gabinete y le renunció a Cristina. De inmediato se convirtió en el crítico más feroz y e irrespetuoso de Cristina. Ya le conté varias veces que nadie se atrevió a llamarla sicópata. Cristina en defensa propia y para no ir presa, diseñó una táctica astuta que le sirvió para ganar las elecciones y con su dedo mágico y un tuit lo ungió Presidente. Y ahora, ella se convirtió en la principal enemiga de Alberto. Como si se estuviera cobrando todas las descalificaciones que Alberto dijo de ella. No solo lo trata como un muñeco. Lo lleva al límite del precipicio y de su fortaleza anímica.

Nadie tenía dudas de que el principal objetivo de Cristina era colonizar la justicia y convertirla en un sistema de premios para ella y castigos para los que se atrevan a cuestionarla. Pero Cristina no tiene límites ni piedad. No se conforma con la justicia. Quiere todo y para siempre. Desde que comezó este gobierno, la vice se dedicó a usurpar todos y cada uno de los ministerios y lugares de poder. Hoy Alberto casi no puede ni mojar el pancito. Leopoldo Moreau castiga públicamente a Marcela Losardo que no sabe no contesta. Parrilli se pasa por donde usted ya sabe la candidatura de Daniel Rafecas y avanza con el plan de Cristina de voltear a Eduardo Casal y colocar en su lugar al más fanático adorador de Cristina que encuentren. Ella quiere ahí a un cruzado. A alguien que no le tiemble el pulso frente a formalidades institucionales. Quiere un jefe de los fiscales que en poco tiempo la convierta en una política sin causas pendientes y con el prontuario virgen e inmaculado y que de paso, avance con el cuchillo entre los dientes contra todos los opositores y periodistas independientes.

Nadie duda que Cristina va a imponer sus condiciones. Y que Rafecas se quedará solo en el altar, con los anillos de casamiento pero sin la novia. Por ahora y solo por ahora, ni siquiera funcionó la trampa que siempre el peronismo tiene a mano: involucrar a un sector de la oposición y de la sociedad en su propia interna salvaje. Hasta el momento, Elisa Carrió no logró convencer a la mayoría de Juntos por el Cambio de cometer semejante pecado de ingenuidad. ¿Alguien cree que Cristina va a permitir que Rafecas sea entronizado como el candidato de Alberto y de Carrió en contra de sus pretensiones? Imposible.

Lo mismo pasa con Horacio Rodríguez Larreta. Alberto lo necesita para mostrar cierto nivel de diálogo y acuerdos. Horacio también cree en eso. Pero Cristina está empeñada en bombardear la figura del jefe de gobierno de la Ciudad. Ella cree que Larreta es igual a Macri y que puede ser un candidato a presidente muy competitivo. Y no le afloja un minuto. Todas las semanas, Larreta recibe malas noticias que acuña Cristina y que en muchos casos, hace circular Alberto porque no sabe, no puede o no quiere frenar el Cristinato que se viene.

Hay cuestiones básicas y de sentido común en la política. Hay que dialogar siempre y estrechar la mano de los adversarios. Pero si te responden con el puño cerrado y con un golpe en la cara de un enemigo, hay que defenderse. Una cosa es ser bueno y otra, buenudo. Una cosa es ser prudente y otra cosa es convertirse en un felpudo. Los ciudadanos valoran los buenos modales y las búsquedas de consensos, pero terminan repudiando a los que agachan la cabeza y se arrodillan, como Alberto ante Cristina. Es una frontera que ningún político debe cruzar si quiere tener futuro. Muchos votan gente moderada y de centro. Nadie vota amanuenses.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre