Andahazi: “Del Chagas al COVID-19”

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Alfredo, te voy a dar mi respuesta a tu pregunta sobre si este es un país de mierda con una columna que habla del pasado y nos señala el futuro, si sabemos mirar, en medio de esta situación de pandemia. Y creo que acá está la clave.

Te voy a contar una historia fascinante, que habla de un médico, un científico de los que hicieron grande a la medicina argentina, pero también, una vez más, vas a ver cómo el conocimiento se construye sin fronteras y cómo cada hombre y mujer de ciencia agrega un ladrillo para esa construcción formidable.

Este triángulo tiene tres nacionalidades en cada una de sus puntas y en el centro, la enfermedad de la pobreza por excelencia: el mal de Chagas.

El mal de Chagas es una enfermedad silenciosa y silenciada. Un problema gravísimo que podría resolverse, pero que la política no lo considera relevante. Lo padecen 8 millones de personas y el epicentro es América Latina.

En realidad 8 millones son los diagnosticados. El verdadero número es aterrador porque se sabe que el 90% de los infectados desconoce su condición.

Entonces existen 72 millones de personas que padecen Chagas y no lo saben, lo que los aleja de un tratamiento eficaz en la fase aguda y los acerca a un modo crónico de la enfermedad que resulta fatal.

Pero volvamos al triángulo virtuoso: en una punta tenemos a Carlos Justiniano Ribeiro das Chagas, científico brasileño que en 1909 descubrió al parásito Trypanosoma cruzi; lo nombró de esa manera en homenaje al epidemiólogo Oswaldo Cruz, con quien trabajaba en el combate de las enfermedades endémicas tropicales.

El Dr. Das Chagas trabajaba en zonas rurales de la Amazonía castigadas por la malaria: ideó, por ejemplo, la fumigación de viviendas, cosa que ahora nos parece muy normal, pero en aquella época significó una verdadera revolución para combatir al mosquito.

Mientras vivía en esas zonas pobres de toda pobreza, Das Chagas empezó a observar que en las casas había un insecto que la gente llamaba “barbeiro”, advirtió que, como el mosquito, chupaba sangre y observó también una serie de enfermos de esa población que no se ajustaban a la sintomatología de la malaria.

Chagas estudió al insecto, encontró un extraño parásito en la materia fecal y luego analizó a otro animal que habitaba con las personas en las humildes chozas de paja: el mono tití.

La sangre del monito también estaba cargada de parásitos. Entonces estudió a una niña pequeña y dió en la tecla: el parásito infectaba a la gente que vivía en esas casas precarias hechas con adobe o paja, lo transmitía el barbeiro y era el responsable de una enorme cantidad de muertes.

Bautizó al protozoo Trypanosoma Cruzi, y tras innumerables autopsias, pudo relacionarlo con enfermedades del cerebro y el corazón.

Los estudios del Dr. Das Chagas fueron un paso enorme para la Ciencia de nuestro continente. Y, como ya se habrán dado cuenta, el mal de Chagas lleva el nombre de su descubridor. Y el barbeiro es nuestra vinchuca.

En otra punta del triángulo está el Instituto Pasteur, ícono de la Ciencia francesa. Ya sabemos el cambio de paradigma que significó para la Ciencia Luis Pasteur, padre de la Microbiología.

Y la tercera punta de nuestro triángulo es el Dr. Salvador Mazza, quizás el más abnegado luchador de la salud que dio este país.

Un médico brillante que podría haber triunfado en los laboratorios de Europa, pero prefirió recorrer el país investigando y tratando las enfermedades endémicas de los más pobres.

¿Escuchaste hablar alguna vez del E600? El E600 fue una creación del Dr. Mazza en la obsesión de llevar la salud a cada rincón olvidado del país. El E600 era un vagón científico, un laboratorio-hospital móvil que viajaba en las vías del tren.

Pero el E600 no era todo; estaba enmarcado en un proyecto modelo que fue la MEPRA: Misión de Estudios de Patología Regional Argentina, cuyo Centro Mazza ubicó estratégicamente en Jujuy.

¿Qué tiene que ver el Instituto Pasteur con todo esto? Se estarán preguntando. Mazza era un médico de altísimo nivel que desde el inicio de su carrera estuvo entre los mejores.

Tuvo la oportunidad de especializarse en Inglaterra, Alemania y otros países de Europa. En África trabajó en la sede Pasteur de Túnez con su bacteriólogo estrella: el Dr Charles Nicolle.

Cuando volvió al país, Mazza supo que su misión estaba acá y que necesitábamos lo mejor para erradicar las enfermedades de los que no tenían y siguen sin tener voz. En 1925 convocó al Dr. Nicolle y lo llevó a Jujuy.

“Quiero armar un Instituto de excelencia acá”, le confesó a su querido maestro; “quiero entender qué padece mi gente, quiero curarlos”.

Juntos recorrieron el Norte argentino y Charles Nicolle, con amplia experiencia en África, le dió su apoyo e invaluables consejos: “El Instituto debe tener su centro justo donde viven y mueren estas personas de las que nadie se acuerda, no en la metrópolis donde las intrigas dominantes ahoguen tu empeño”, le dijo.

En 1928 se inauguró en Jujuy la MEPRA, dependiente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, y también se instaló allí su creador y director que vio su sueño realizado: el Dr Salvador Mazza.

La semana que viene te cuento qué hizo Mazza en la MEPRA, cuánto le debemos en su lucha contra el Mal de Chagas y por qué inauguró un modelo científico en el país que luego imitó otro grande de quien ya hablamos: el Dr Maiztegui en su epopeya contra el Mal de los Rastrojos.