El diputado libertario calificó el ataque como un intento de intimidación. “La jefa de ellos era una delincuente, una ladrona”, dijo contra los atacantes.
No fue un robo, ni una amenaza anónima en redes sociales. Fue algo más crudo y simbólico: bolsas con excremento animal arrojadas en la puerta del domicilio de José Luis Espert en San Isidro, acompañadas de un cartel casero que decía: “Acá vive la m**** de Espert”*. El ataque, cometido por al menos seis personas que descendieron de una camioneta blanca, dejó más que un daño material: puso en escena, una vez más, el clima de tensión política que atraviesa la Argentina, donde lo simbólico y lo violento conviven con una facilidad alarmante.
El diputado libertario, una de las voces más alineadas con Javier Milei dentro del Congreso, respondió rápido. “Dormimos poco, agradezco al presidente Javier Milei y a la ministra Patricia Bullrich. La Policía Federal estuvo hasta las 4 am e hizo una investigación muy exhaustiva de todo: estamos radicando la denuncia penal. Estamos bien”, declaró. Su primera reacción apuntó al agradecimiento y al operativo de seguridad, pero lo más fuerte llegó después.
En una entrevista radial, Espert ubicó el ataque dentro de una narrativa mayor: la de la “resistencia” kirchnerista, el regreso del discurso setentista y lo que él considera una romantización de la violencia política. “El kirchnerismo está hablando de ‘resistencia’, como dijo Estela de Carlotto que dijo que tiene miedo que alguien muera por defender a Cristina, el padre Paco romantizando la violencia de los ‘70, yo le pregunto a esta gente: ¿Resistirse a qué? ¿A Cristina presa? Cristina ya está presa, chicos. Qué van a intentar que no esté más presa? Es un delito contra la Constitución. Lo lamento por ellos”, lanzó sin rodeos.
No fue la única declaración filosa. Espert acusó directamente a los líderes del kirchnerismo de haber sido responsables del saqueo al país. “La jefa de ellos era una delincuente, una ladrona, les robó a ellos también. Nos robó a todos unos 540 millones de dólares, según estableció la Justicia”, afirmó, y dejó en claro que no piensa retroceder. “Desde ya aviso, con el Presidente y sus ministros, no nos van a intimidar con estos actos ni con ningún otro acto, por si esto es el comienzo de algo sangriento como empezaron así los ‘70, queremos servirle a la población, queremos una nueva normalidad”.
Más allá del fuerte tono de sus acusaciones, Espert planteó que el mensaje buscó infundir miedo, no sólo a su familia sino a la sociedad. “Tienen que ir presos porque no puede ser que la normalidad sea la ley del más fuerte y que la gente tenga miedo de expresarse, de ir a trabajar, de llevar a sus hijos a la escuela. Se acabó, señores de la violencia dirigidos por la gran delincuente que tienen de jefa que es Cristina y repito: hagan el duelo”, reclamó.
La lectura del diputado es clara: el atentado simbólico es, para él, una advertencia, un primer paso de algo mayor. Lo dijo con todas las letras: “Fueron conducidos por dos delincuentes: Néstor y después Cristina. Nos han arruinado el futuro, lo transformaron en una villa miseria”. En su relato, el ataque no fue aislado ni espontáneo, sino parte de una ofensiva que busca recuperar poder en las calles.
La investigación quedó en manos de la Policía Federal, que hizo pericias hasta la madrugada. Mientras tanto, los videos del ataque siguen circulando, y con ellos una nueva alerta: que el debate político argentino esté mutando en algo más visceral, donde las diferencias se marcan con estiércol y amenazas, y no con palabras ni leyes. El episodio en San Isidro no puede ser minimizado. Porque no se trata sólo de un diputado atacado, sino de la posibilidad misma de convivir en democracia.















