Cristina frivoliza la dictadura

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Cristina siente pánico ante la posibilidad de ir presa. Sabe que, muerto Néstor, ella fue la jefa del mayor robo de la historia democrática. Nunca nadie fue tan corrupta durante tanto tiempo. La aterra el riesgo de terminar su carrera política en un calabozo. Por eso es capaz de hacer y decir cualquier cosa. Fomenta mentiras y falsedades dignas de un fanatismo incontrolable. El enriquecimiento ilícito colosal de la familia Kirchner y el Cartel de los Pingüinos Millonarios la lleva a atropellar todas las instituciones de la República. Pero tal vez lo más grave es que, en ese cuesta abajo en su rodada, no siente culpa en frivolizar la dictadura más feroz.

Banaliza lo que pasó durante el terrorismo de estado de Videla y su banda criminal. Porque lo compara con un gobierno democrático como el de Mauricio Macri.

Cualquier ciudadano se da cuenta de la distancia abismal que hay entre crímenes de lesa humanidad y decisiones políticas opinables. No hace falta ser un genio político para diferenciar entre los militares que asaltaron el poder con los tanques y una coalición que ganó en las urnas de la soberanía popular.

Pero en su desesperación por defenderse, Cristina ataca con falacias que a esta altura no se pueden dejar pasar. ¿Hasta cuándo la sociedad democrática le va a permitir asimilar las botas y los uniformes con las togas de los jueces y los medios de comunicación?

Esta enormidad ya la dijo en su momento  cuando habló de los generales mediáticos o cuando su gurú de asesores legales, Eugenio Zaffaroni habló de “terrorismo mediático”. Solo se puede comprender semejante desmesura si recordamos que Zaffaroni fue miembro de la justicia en dos dictaduras y que Cristina y su marido fallecido no movieron un dedo para defender presos políticos o reclamar la aparición con vida de los desaparecidos. Estaban muy ocupados en ejecutar deudores hipotecarios para quedarse con sus propiedades o en ayudar a Alicia Kirchner, funcionaria de la dictadura o en palmear la espalda del general Oscar Guerrero, comandante militar de Santa Cruz.

No encuentro otra explicación que esta. Los Kirchner no presentaron ni un habeas corpus y bien entrada la democracia, no quisieron hacer ni una misa los 24 de marzo. No les importaba el tema para nada. Por eso después en el poder, inventaron un rol que no tuvieron. Pero ahora, Cristina se pasó de la raya. Confirmó que tiene estómago para asociar un gobierno legal con una tiranía atroz, sin que se le mueva un músculo.

De esa manera no sataniza al gobierno de Macri ni a los jueces independientes ni a los periodistas que no se venden. De esa manera vacía de contenido los asesinatos, los torturados, los desaparecidos y los campos de concentración.

En el acto en el que fingieron celebrar el retorno de la democracia hace 38 años, el kirchnerismo, a través de su jefa, frivolizó la dictadura. Fue una movilización tan sectaria que no participó ni un solo dirigente opositor, y casi no hubo gobernadores, sindicalistas o intendentes del justicialismo histórico. Todos los argentinos pusimos 150 millones de pesos de nuestros bolsillos para que La Cámpora le rindiera pleitesía a la reina Cristina. Máximo movilizó para su madre. Todo queda en familia. Una exhibición de debilidad que dejó muchos claros en la plaza que no pudieron llenar. Algo está cambiando.

Cristina está tan obnubilada y negacionista que ve dictadura donde hay democracia, ve persecución donde hay justicia y ve operadores mediáticas donde hay libertad de prensa.

Encima, tuvo el mal gusto de mojarle la oreja y ofender al partido que realmente fue protagonista, con Raúl Alfonsín a la cabeza, de la refundación democrática. Le ordenó a los radicales que se despabilaran. Alfredo Cornejo, el presidente de la UCR, fue contundente n su respuesta: “estamos más despabilados que nunca. Alertas ante este gobierno cleptocrático e hipócrita. El kirchnerismo es lo peor que le ha pasado a la democracia de nuestro país”.

Cristina habló de “los giles de la tevé” y en el colmo de su odio, le dijo a Lula que a ellos los condenaron sin que fuera necesario hacer desaparecer a nadie, o torturarlo con la picana, porque “bastaba hacerlo con la tinta en los diarios o con micrófonos en la televisión”.

Es tan poco empática con el dolor y tan liviana en sus groserías, que nuevamente comparó torturas, picanas y desaparecidos con expedientes, micrófonos y tinta. Alguien debería decirle que en lugar de agraviar al periodismo, lo que hace es relativizar el horror de los años más sangrientos. Ya lo había hecho cuando en medio del negocio espurio y propagandístico de Fútbol para Todos, habló de los goles secuestrados.

¿En manos de quién estamos? Cristina no está bien. Pierde la dimensión de las cosas. No distingue lo negro del blanco. Iguala democracia y dictadura. Y eso es extrema gravedad institucional.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre