Marcela Giorgi, zarpó la nave insignia

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Estamos de luto. Por supuesto que sabemos que la radio tiene que continuar con la información más rigurosa y el mayor entretenimiento posible. Y eso haremos. Pero no podemos ocultar que estamos de luto.

Ayer, cuando Martín Aguirre me avisó que Marcelita Giorgi había fallecido, sentí que un dolor interminable me atravesaba el cuerpo. Atiné a postear un texto recordando que fue mi compañera de micrófono durante más de una década. Escribí que era una profesional de excelencia pero, además, una mujer extraordinaria. Llena de amigas, como Mariel Di Lenarda con la que fuimos siguiendo esa enfermedad de mierda que la terminó matando pese a su lucha corajuda.

Era solidaria tiempo completo. Recuerdo que en el 2014, cuando un incendio derrumbó el depósito de la empresa Iron Mountain, murieron 8 bomberos y dos rescatistas. Por iniciativa de Marcela, al día siguiente hicimos el programa en el cuartel de Lanús al que pertenecían los bomberos. Siempre Lanús, su lugar en el mundo. Amaba a su familia con la pasión italiana. Soñaba con sus afectos en Turín, en esa magia que se llama Piamonte. Pero la vida la castigó muy duramente. Primero murió el amor de su vida, Mario Mazzone, un periodista y locutor de un talento infrecuente.

La madre de Marcela se fue muy joven y el tano su viejo, el que escuchaba todos los días el programa, también falleció. Pero el dolor más insoportable fue que no pudo ver a su sobrino del alma en los últimos tiempos por una incomprensible decisión de tribunales. Algún día será justicia.

Remamos juntos muchas horas y muchos años. Jamás la vi enojada o de mal humor. Siempre aportando lo mejor. Siempre atenta para ayudar al programa y a radio Mitre. Yo le decía “la nave insignia” porque era absolutamente cierto. Siempre me llevaba a buen puerto. En general, las locutoras siguen a los conductores del programa. Pero yo la seguía a ella. Es que tenía un tiempo radial, una cadencia en el relato, que era muy superior a la mía. Ella se reía y decía “yo apenas soy la Mascherano de Leuco”. Muy futbolera, diablita, hincha de Independiente pero también una gran jugadora de golf de la mano de su querido Mario.

Hicimos 5 años de temporada en el Espacio Clarín en Mar del Plata. Entrevistamos a cientos de artistas. Con Carlitos Balá hicimos un gestito de idea y reímos. Con Sergio Denis logramos el último reportaje y después lloramos su muerte.

Teníamos una broma interna. Yo le decía: ”Mire Marcelita la hora que se hizo y nosotros hablando tantas pavadas”. Ella recibía esa pared, decía la hora y mandaba las noticias. Un guiño a los oyentes que en la calle siempre me repetían ese latiguillo con alegría. Jugábamos de memoria. Siempre la devolvía redonda.

Cuando cambié de día y me vine a los domingos ella siguió con mi hijo Diego. Y para mi, fue una tranquilidad absoluta. Amaba subirse a esas botas saltarinas del Kangoo Jump. Diego y Nacho Bulián se prendieron en esa mitad baile y mitad gimnasia, pero yo nunca me atreví a hacerlo. Quedó eso pendiente, querida Marcela.

El viernes que me desmayé sobre el micrófono de la radio y me golpee la cabeza, cuando me desperté, lo primero que ví fue a Marcela llorando a mares. Falló la electricidad del corazón y pusieron un marcapasos. El lunes estuvimos otra vez juntos en el aire libre de Mitre.

Podría hablar horas de una mujer valiente que era la voz de la radio. La voz institucional, la que anunciaba el informativo pero que además, se atrevía al humor, a las imitaciones y a poner su talento al servicio de publicidades de telefónicas o tarjetas de crédito.

Yo también le decía la joya.

Al final, me regaló su último trabajo. Su abrazo póstumo. Silvia Ferro le pidió que locutara un video para un reconocimiento que me habían hecho los diputados en mi ciudad de Córdoba. Le dijo que lo hiciera por teléfono, con audios de whatsapp para que no tuviera que moverse tanto. Pero ella fue a un estudio profesional y pesar de que ya estaba enferma, entregó una voz en off que era y es una verdadera joya.

Se reía a carcajadas con toda la perfección de sus dientes. Repartía felicidad a su paso.

Marcelita querida, mirá la hora que se hizo y nosotros hoy no estamos hablando pavadas. Estamos hablando de vos.

En julio del 2015, hace más de 11 años, yo le dije que el corazón del programa y esta radio latía de alegría porque Marcela había ganado el Martin Fierro a la mejor locutora. Y fue muy merecido. Porque era claramente la mejor. La gran locutora nacional nos emocionó hasta las lágrimas. Se enciende la luz roja y a ella se le encienden todas las luces.

Aceleraba el ritmo del programa. Metía un cambio de frente 50 metros. Estallaba su carisma. Le daba ritmo con su garganta. Marcela Giorgi era un animal de radio. Una pantera. Siempre al acecho. Y cuando la tenía frente al arco, no perdonaba. Y estalla la tribuna virtual de radio Mitre. Y se abrazan con ella los Bochini y los Bertoni y su amado Kum Agüero. A veces le gustaría que venga a abrazarla Ricky Martin y dar la batalla para convencerlo. Era su amor platónico.

Aquel día del Martin Fierro su querido viejo estaba mitad herido y mitad feliz. Con el corazón partido entre el desagarro de haber perdido a su compañera de toda la vida y la alegría por la consagración de su hija. Y Marcela estaba igualmente quebrada. ¿Cuánto hubiera dado por entregarle esa estatuilla tan preciada a su vieja tan querida?

¿Cuánta picardía de ese Lanús que la contuvo y la celebró le daba identidad a Marcela Giorgi? Tiene algo que muchos quieren pero pocos logran. Identidad. Personalidad. Estilo. Uno recorre las radio en el zapping del auto y si está Marcela al aire, sabe de inmediato que llegó a radio Mitre.

La Giorgi, la Negra, la Tana era la heredera de aquellas voces emblemáticas de la radio. De Rina Morán, por ejemplo. Era popular y graciosa. Era sensible y precisa. Nadie sabe más que el conductor de un programa lo que significa tener a Marcela Giorgi sentada al lado. Es un cimiento alrededor del que se puede edificar un espacio de radio. Ella es la estructura de granito. Sin locutora no hay radio. Sin Marcela Giorgi no hay «Le doy mi palabra». Se pueden intentar miles de audacias con ella. Se puede confiar en su sabiduría laboral.

Tenía la radio en su garganta y en sus entrañas. Siempre iba al frente y no arrugaba nunca. ¿Qué más puede pedir un periodista como yo que valoraba este equipo de los sueños?

Marcela me sostenía cuando tenía un tropezón para que no fuera caída. Cuando cometía un furcio y nos reíamos, o cuando no me acordaba como seguía la película. Marcela siempre estába. Y seguirá estando. Le recordaba a los oyentes como podían ayudarnos a construir el programa, para armar ese ida y vuelta tan mágico de la radio. Y hasta recomendaba el mejor colchón.

Todos la querían porque nunca te dejaba en banda.

La nave insignia zarpó hacia otros mares más serenos.

A esta hora, la están velando en Lomas de Zamora y su cuerpo será sepultado en Burzaco. Marcela Giorgi, ojalá descanse en tandas y música en un estudio de radio.

Dejó de sufrir, me dijo mi hermana.

Es cierto, pensé yo. Dejó de sufrir pero nunca dejará de sonreír.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre