Sean eternos los laureles

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Ese himno que se canta a los gritos, con los dientes apretados y espíritu de lucha, no se puede dejar afuera de ningún análisis. Flamea ahí, cierto ADN de patria que nos conmueve. 

Soy futbolero, hace más de 50 años que veo fútbol y hasta fui periodista deportivo. Pero no es mi intención hacer una radiografía técnica del edificio inmenso de admiración que levantaron los muchachos de “Los Lionel”. Eso lo dejo en manos de los que enaltecen este oficio todos los domingos como Juan Bindi.

Hoy, me interesa explicarme que tipo de fenómeno social produjo este grupo de gladiadores deportivos. 

Le robo una cita que el genial Santiago Kovadloff, hizo de un gigante de la historia como Winston Churchill: “Nunca tan pocos, hicieron tanto por tantos”. Creo que resume con bastante  rigurosidad ese romance indestructible que se generó entre la selección celeste y blanca y la inmensa mayoría de nuestro pueblo.

¿Me pregunto, cuáles son los valores que pavimentaron este camino a la gloria? Para que aprendamos todos. Los políticos y los ciudadanos. ¿Cómo es posible construir o reconstruir los lazos de hermandad nacional quebrados por tantas grietas?

Porque ese amor entre la selección argentina y nuestra gente mostró que es blindado, incluso, pese a la derrota contra España. Las multitudes agradecidas en el Obelisco, en Ezeiza, en todas las plazas de nuestro mapa y ese mismo día de la final, con las ovaciones de una tribuna que no paraba de abrazar a los jugadores con sus canciones.

Era el reconocimiento por lo que ellos hicieron por nosotros, más allá de la pelota. Hablo de los valores que levantaron como bandera en todo momento. 

Primero, la calidad futbolística, por cierto. Se dedican a eso y casi todos son figuras en los mejores equipos del mundo. 

Segundo, los liderazgos positivos, nada tóxicos de Scaloni afuera y Messi adentro.

 Fueron escudo y espejo del resto de los muchachos y su talento.

Tercero, la humildad y el respeto para los rivales, así en el triunfo como en la derrota. El único desborde en varios años fue en la final del domingo cuando dos o tres reaccionaron agresivamente a la provocación de un par de jugadores españoles. 

Pero este es un grupo que casi no produjo escándalos. Y eso que para llegar a esa cima se necesita un ego potente y competitivo.

Cuarto, el compañerismo, la ayuda mutua y la mística que nos contagiaron. 

Quinto, el sacrificio y la entrega hasta que duela. Confiar en un proyecto colectivo y defenderlo con el pecho hasta la última gota de transpiración y oxígeno.

Otra vez Churchill que no salta porque era inglés: “Sangre, sudor y lágrimas”.

Todo esto es cierto y son claves en todo lo que pasó. Pero le confieso que no me alcanza para explicarme la magnitud y la profundidad de lo que pasó. 

Voy a ensayar dos explicaciones. 

Uno: esta selección es familia.

Dos: se formaron desde chicos en el combate contra las adversidades.

Y cuando hablo de que son familia, lo hago en los dos sentidos del concepto.

Ellos entre ellos y con sus seres queridos se mostraron siempre rodeados, contenidos y agradecidos a padres, hermanos e hijos.

 Y son familia nuestra porque simbólicamente los invitamos a nuestras mesas, los conocemos y les damos un cariño que tiene raíces en ese primer eslabón de una sociedad democrática que es la familia. Los argentinos nacidos y criados somos así, igual que los que bajaron de los barcos. El asado, las pastas domingueras con los nuestros siempre, en las fiestas de fin de año o en los dolores de las enfermedades, los fracasos y las pérdidas. No es habitual en otras latitudes más frías, más distantes que casi ni se funden en abrazos ni se besan en la mejilla entre hombres.

Cuando Messi levanta sus dedos y agradece al cielo, lo está haciendo con su abuela que insistía en todos los clubes que dejaran jugar a ese chico que era rechazado por ser tan chiquito y frágil. Lo ninguneaban hasta que veían a ese nenito, fabricar magia y goles sobre el césped. 

O cuando Lautaro Martínez, un toro por donde se lo mire, no puede dejar de llorar cuando cuenta que después del golazo contra Inglaterra habló por teléfono con su madre que estaba trabajando (si repito, trabajando) en la cantina del club de barrio de toda la vida en Bahía Blanca.

O cuando un emblema de granito como Nicolás Otamendi se quiebra agradece que su madre limpiaba casas y que le consta que ella no se alimentaba bien para darle todo a su hijo. Ese sub capitán con una personalidad de hierro se desarma confesando que iba a practicar al club con guardapolvos para usar el boleto estudiantil que era más barato.

Y esta historia de resiliencia me lleva al segundo tema, además del de la familia. Hablo de que la mayoría de los jugadores están hecho de una madera acostumbrada desde chico a superar las adversidades. No nacieron en cuna de oro. Muchos vienen de muy abajo y todo les costó mucho. Eso los entrenó para enfrentar las adversidades de la vida y para gambetear los rivales en el fútbol.

Messi tuvo que lidiar con serios problemas de crecimiento. Tratamientos interminables, inyecciones.

Thiago Almada era botellero en Fuerte Apache. Hoy tiene en ese barrio mítico de otro capo como Carlitos Tévez, un merendero para ayudar a los que más necesitan y menos tienen.

¿Y Facundo Medina? Peleando siempre contra la pobreza, como cartonero en ese terreno sagrado de Villa Fiorito que fue cuna de Diego Maradona. 

Muchos conocen la historia de los botines que el padre le compró a Enzo Fernández. Costaban una fortuna. Los pagaron en cuotas y se prometieron no decirle a la madre la cifra que gastaron. Pero no pudieron mentir y, finalmente, se lo dijeron. Cuando ella puso el grito en el cielo don Fernández la tranquilizó con un argumento indestructible: a los trabajadores hay que darles la mejor herramienta. Hoy todas las marcas globales de botines se pelean y le ofrecen muchos dólares para que Enzo se calce los de su empresa.

El Licha Martínez recuerda que no tenían dinero para pagar el peaje de Arroyo Seco. Y que a las 8 de la mañana ya estaban con los ladrillos y los baldes para su oficio de albañiles con su padre. Uno de los defensores más codiciados y cotizados del mundo, el que se metió al gigante vikingo de Haaland en el bolsillo, conoció la falta de agua en el vestuario y el olor a linimento de equipos muy chicos de Gualeguay y despegó con un equipazo que en la FIFA ni conocen que se llama “Defensa y Justicia”. 

Podría seguir horas. Hablar del Cuti Romero, un cordobés que lo primero que hizo fue comprarle una casa a su madre.

O de otro cordobés, estrella planetaria, como Julián Alvarez. De Calchin un pueblito muy chico y muy hermoso. De allí llevó al mundial a 35 personas entre familiares y amigos de toda la vida. Antes le había regalado una camioneta al primer entrenador que tuvo para que pudiese mejorar en su trabajo de repartidor de alimentos.

Y pensar que hay pequeños burgueses fashion, de Argentina y de otros países, que se auto perciben progres, de muy frágil formación intelectual, que acusaron a estos muchachos de “desclasados” y otro tipo de barbaridades, solamente por no compartir las ideas ni la ética del ladri progresismo kirchnerista.

Se robaron hasta los 50 respiradores que Messi donó en la pandemia. Ni reconocieron el fuerte aporte económico que hizo para vacunas o el día que puso de su bolsillo los sueldos de tres meses que no cobraban los empleados de AFA. Por eso lo aman. Por eso lo levantan hasta el cielo para que se vaya acostumbrando a esos paraísos. 

La inmensa mayoría de nuestro pueblo está sumamente agradecido con Messi y sus muchachos. Salvo las sectas de autoritarios y corruptos.  

Y los chicos que lo adoran y quieren ser como él. Afuera y adentro de la cancha. 

Igual que el Dibu Martínez. Pude saludar a su padre, el camionero que repartía pescado en Mar del Plata y que sufrió cuando los clubes grandes argentinos rechazan al Dibu. Pero insistió y el Pepe Santoro lo hizo crecer en Independiente. 

Todos superan todo con esfuerzo y sacrificio. Pocos conocen el motivo por el que Rodrigo de Paul reparte caramelos cuando salen a reconocer el terreno. Su abuelo lo llevaba a entrenar cuando era muy chico y le dejaba unas moneditas para que se comprara esos masticables que tanto lo gustaban, De grande supo que su abuelo se volvía caminando a su casa porque eran las únicas monedas que tenía. 

Todo lo superaron con corazón, coraje y con sus familias. Por eso los queremos tanto. Porque representan lo mejor de nosotros. Son los pibes de Argentina que jamás olvidaré.

Sean eternos los laureles que supieron conseguir…