Dejen de humillar a Sarmiento

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Este día del maestro, seguramente, fue uno de los más tristes en 20 años. Nos enteramos que Argentina tuvo su peor desempeño en las pruebas PISA en dos décadas. Una noticia terrible. Se confirmó una hecatombe cultural que sospechábamos. Aparecimos en el puesto 72 entre 91 países evaluados a nivel global. Es la medida del desastre de gran parte de nuestros jóvenes en matemáticas, en lectura y en ciencias. Es un atentado contra el futuro de nuestro país. Es la confirmación de que múltiples razones han conspirado contra el crecimiento educativo y cognitivo. Por ejemplo, la ansiedad voraz por pasar horas con el celular en la mano y perder el tiempo en las redes sociales. La falta de compromiso laboral y con el esfuerzo sostenido en la escuela de muchos chicos afectados también por la pandemia. El facilismo de apelar a la Inteligencia Artificial. La ausencia de los padres acompañando a los hijos. La locura que instaló el populismo chavista de los Kirchner, romantizando la vagancia y el delito y condenando la meritocracia. La falta de capacidad de los ministros y la casta sindical de los docentes más preocupados por los paros y huelgas que por elevar el rendimiento educativo. Son los gremialistas del atraso y la no capacitación. Fueron más bajadores de línea y adoctrinadores que maestros.

Creo que estas no son todas, pero son algunas de la razones de este descenso al infierno educativo. Y no creo que haya otra forma de revertir semejante fracaso social que mirarnos en el espejo de Domingo Faustino Sarmiento y seguir su ejemplo.

Hoy más que nunca, nos ayuda la figura de Sarmiento y su apuesta a la educación como revolución igualitaria.

Es la contra cara de lo que vienen mostrando los provocadores del odio y la caricatura de la lucha de clases prehistórica.

Frente a la barbarie de la prepotencia y de la utilización perversa de los más pobres, en lugar de quejarnos solamente, nos vendría bien, sobre todo en estos días, revisitar la civilización de un prócer que nos puede iluminar el camino cuando muchos no ven la salida y proponen la barbarie.

Domingo Faustino Sarmiento dijo que combatía para “poder escribir porque escribir es pensar y combatir, en consecuencia, es realizar el pensamiento”. Su opinión sobre Juan Manuel de Rosas nos puede servir a la hora de juzgar a todos los tiranos de todos los colores y de todas las latitudes: “Lo que la República Argentina necesita ante todo, lo que Rosas no le dará jamás, es que la vida y la propiedad de los hombres no estén pendientes de una palabra indiscretamente pronunciada o de un capricho del que manda.

Los capangas de los sindicatos están ciegos por el fanatismo y la inflamación ideológica. No quieren que los chicos progresen.

Por eso me pongo de pié por la manera en que Sarmiento, con un par de frases, definió casi un plan de gobierno: “Lo primero que debe atenderse en todo el país, es proporcionar a la clase más numerosa y menos acomodada, los medios que llenen sus primeras necesidades, particularmente aquellas que tienen directa influencia sobre la higiene y la salud: el buen salario, la comida abundante, el buen vestir, la libertad ilimitada, educan al adulto más que la escuela al niño.”

Habla de libertad ilimitada, de atender a los más necesitados y de no someterse a los caprichos de los autoritarios. Son los cimientos de la Nación que necesitamos construir. Sarmiento es la patria que necesitamos construir entre todos. Porque además fue la decencia y la docencia en persona.

Quiero honrar a Sarmiento, el maestro de la patria y el de todos los maestros con mayúsculas. Maestro de los maestros, como se dice cotidianamente. El talento e inteligencia de Domingo Faustino Sarmiento empujaron la movilidad social ascendente. La prueba es que nació en el Carrascal, un barrio pobre de San Juan, llegó a ser presidente de la Nación y murió a los 77 años tan pobre como había nacido.
Es la gran figura polémica de nuestra historia. Se puede hablar horas de sus grandezas y de sus miserias. No nos alcanzaría todo un año. Solo su obra escrita tiene 52 tomos y más de 15 mil páginas. Se puede decir que fue cascarrabias, mujeriego y que tuvo actitudes francamente discriminadoras sobre todo con los indios y los gauchos.

Pero el fanatismo de los cristinistas lo pretendió borrar de la historia como si fuera un tirano. Ojalá algún día dejen de humillar a Sarmiento y su legado.

Durante el gobierno de Cristina, el intelectual camporista Juan Cabandié no anduvo con sutilezas para descalificar a Sarmiento: “Era de derecha”, sentenció. Le faltó agregar: “Como Macri y Milei”. Desde Paka Paka lo atacaban como si fuera el diablo. Menos mal que a ningún talibán kirchnerista se le ocurrió declarar de interés público y sujeto a expropiación a la calle Sarmiento para rebautizarla Néstor Kirchner quien nunca escribió un libro y del que se sospecha que tampoco leyó alguno. A Sarmiento lo quisieron borrar de la historia.

Hoy debo rescatar lo mejor de su luz de educador. Un poema dice que “sembró escuelas como soles a lo largo de la patria”. Su dimensión de estadista lo llevó a fundar 800 escuelas en un país que según el primer censo que el propio Sarmiento ordenó padecía un drama: 7 de cada 10 argentinos eran analfabetos. En 1871, la población de nuestro país era de 1.836.000 personas entre las que se encontraban 194 ingenieros y 1.047 curanderos, por ejemplo. En ese país de la injusticia y la oscuridad, Sarmiento fue el motor de la educación como igualador social y como principal instrumento del desarrollo.

Eso no se lo vamos a terminar de agradecer nunca. Fue el mejor combatiente contra la ignorancia y eso solo lo coloca como uno de los principales impulsores de la democracia y de los derechos de los más pobres. Decretó la ley de enseñanza primaria obligatoria. ¿Se imaginan la aceleración del progreso que eso significó? Cuando asumió había 30 mil y cuando dejó la presidencia ya eran 100 mil los chicos que concurrían a la escuela. Es que eran leyes revolucionarias. Cambiaban la estructura de la sociedad y la hacían más justa y verdaderamente progresista.

Le recuerdo solo algunos de los conceptos y valores que Sarmiento instaló para siempre en el inconsciente colectivo de los argentinos:” todos los problemas son problemas de educación.

Las escuelas son la base de la civilización.” Faltaban 30 años para el 1900 y Sarmiento ya decía que “se puede juzgar el grado de civilización de un pueblo por la posición social de la mujer”. Fue un verdadero visionario, un genio en su capacidad de enseñanza, un escritor colosal y un combativo periodista y político. Su concepto de educación para el desarrollo se adelantó un siglo. Gran parte de sus construcciones teóricas se siguen utilizando en la actualidad. No quiso que el saber fuera un privilegio de pocos. Propuso que toda la República fuera una escuela. Apostó al progreso científico, a las comunicaciones. El correo y el ferrocarril en ese entonces eran catalizadores de las mejores ideas y soluciones concretas. Fue un férreo defensor de las libertades civiles y un opositor feroz a los dictadores. “Bárbaros, las ideas no se matan”, dejó grabado por los siglos de los siglos.

En su primer discurso presidencial dijo algo que todavía hoy tiene una vigencia impresionante y que es la síntesis más perfecta de lo que debería ser la política: “el gobierno está para distribuir la mayor porción posible de felicidad sobre el mayor número posible de ciudadanos”. ¿Qué me cuenta? Ojalá fuera el objetivo que guíe a todos nuestros gobernantes.

José Clemente, su padre fue peón de campo y arriero y combatió en las guerras por la independencia junto a Belgrano y San Martín.

Paula Albarracín, su madre, le quiso poner Domingo pero no pudo. Por eso en su partida de nacimiento figura como Faustino Valentín Quiroga Sarmiento. A los 4 años ya leía de corrido y a los 15, era maestro, tal vez su principal condición que no abandonó jamás. Hasta en la cárcel, mientras fue preso político, se dedicó a enseñar a sus compañeros de celda.
Y luego se convirtió en un monumento vivo a los docentes y no paró nunca de construir bibliotecas populares.

Su himno que es el himno que nos ilumina, reclama honor y gratitud para él y lo bautiza como corresponde: Domingo Faustino Sarmiento, Padre del Aula. Si San Martín fue el Santo de la Espada, Sarmiento fue el Santo de la palabra. San Sarmiento de la Educación, es la patria que necesitamos. Es la patria que debemos construir.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre