Honor y gratitud para Sarmiento

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Este domingo es el día del maestro. Se cumplen 144 años de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento. Hoy que estamos padeciendo una profunda crisis educativa. Hoy sabemos que nuestros chicos han perdido mucho durante la pandemia y que va a costar mucho recuperarlo. Hoy que el intento de adoctrinamiento es directamente obsceno, sobre todo en la provincia de Buenos Aires.

Hoy que los que manejan el ministerio son los sindicalistas del atraso y la no capacitación. Hoy que los jerarcas y burócratas de los gremios son bajadores de línea de los chicos. Hoy que demasiados días no hay millones de argentinitos frente al misterio del pizarrón. Hoy que no se fomenta la excelencia ni la meritocracia.

Hoy más que nunca, la figura de Sarmiento y su apuesta a la educación como revolución igualitaria nos ayuda.

Es la contra cara de lo que vienen mostrando  los provocadores del odio y la caricatura de la lucha de clases de la pre historia.

Frente a la barbarie de la prepotencia y de la utilización perversa de los más pobres, en lugar de quejarnos solamente, nos vendría bien, sobre todo en este día revisitar la civilización de un prócer que nos puede iluminar el camino cuando muchos no ven la salida.

Domingo Faustino Sarmiento dijo que combatía para “poder escribir porque escribir es pensar y combatir, en consecuencia, es realizar el pensamiento”. Su opinión sobre Juan Manuel de Rosas nos puede servir a la hora de juzgar a todos los tiranos de todos los colores y de todas las latitudes: “Lo que la República Argentina necesita ante todo, lo que Rosas no le dará jamás, es que la vida y la propiedad de los hombres no estén pendientes de una palabra indiscretamente pronunciada o de un capricho del que manda”. Capricho del que manda. ¿Le suena familiar?

Los capangas de los sindicatos están ciegos por el fanatismo y la inflamación ideológica. Nunca quieren que haya clases. No quieren que los chicos progresen.

Por eso me pongo de pié por la manera en que Sarmiento, con un par de frases, definió casi un plan de gobierno: “Lo primero que debe atenderse en todo el país, es proporcionar a la clase más numerosa y menos acomodada, los medios que llenen sus primeras necesidades, particularmente aquellas que tienen directa influencia sobre la higiene y la salud: el buen salario, la comida abundante, el buen vestir, la libertad ilimitada, educan al adulto más que la escuela al niño.”

Habla de libertad ilimitada, de atender a los más necesitados y de no someterse a los caprichos de los autoritarios. Son los cimientos de la Nación que necesitamos construir. Sarmiento es la patria que necesitamos construir entre todos. Porque además fue la honradez en persona. Si hubiera elecciones, este domingo, yo voto por Sarmiento. O por sus valores.

Este domingo es el día de Sarmiento, el maestro de la patria y el de todos los maestros con mayúsculas. Maestro de los maestros, como se dice cotidianamente. El talento e inteligencia de Domingo Faustino Sarmiento empujaron la movilidad social ascendente. La prueba es que nació en el Carrascal, un barrio pobre de San Juan, llegó a ser presidente de la Nación y murió a los 77 años tan pobre como había nacido.
Es la gran figura polémica de nuestra historia. Se puede hablar horas de sus grandezas y de sus miserias. No nos alcanzaría todo un año. Solo su obra escrita tiene 52 tomos y más de 15 mil páginas. Se puede decir que fue cascarrabias, mujeriego y que tuvo actitudes francamente discriminadoras sobre todo con los indios y los gauchos.

Pero el fanatismo de los cristinistas lo pretende borrar de la historia como si fuera un tirano.

Durante el anterior gobierno de Cristina, el intelectual camporista Juan Cabandié no anduvo con sutilezas para descalificar a Sarmiento: “Era de derecha”, sentenció. Le faltó agregar: “Como Macri”. Desde Paka Paka lo atacaban como si fuera el diablo. Menos mal que a ningún talibán kirchnerista se le ocurrió declarar de interés público y sujeto a expropiación a la calle Sarmiento para rebautizarla Néstor Kirchner quien nunca escribió un libro y del que se sospecha que tampoco leyó alguno.

¿Quisieron borrar de la historia argentina a Sarmiento? ¿Son tan omnipotentes, autoritarios y caraduras?
Pero hoy debo rescatar lo mejor de su luz de educador. Un poema dice que “sembró escuelas como soles a lo largo de la patria”. Su dimensión de estadista lo llevó a fundar 800 escuelas en un país que según el primer censo que el propio Sarmiento ordenó padecía un drama: 7 de cada 10 argentinos eran analfabetos. En 1871, la población de nuestro país era de 1.836.000 personas entre las que se encontraban 194 ingenieros y 1.047 curanderos, por ejemplo. En ese país de la injusticia y la oscuridad, Sarmiento fue el motor de la educación como igualador social y como principal instrumento del desarrollo.
Eso no se lo vamos a terminar de agradecer nunca. Fue el mejor combatiente contra la ignorancia y eso solo lo coloca como uno de los principales impulsores de la democracia y de los derechos de los más pobres. Decretó la ley de enseñanza primaria obligatoria. ¿Se imaginan la aceleración del progreso que eso significó? Cuando asumió había 30 mil y cuando dejó la presidencia ya eran 100 mil los chicos que concurrían a la escuela. Es que eran leyes revolucionarias. Cambiaban la estructura de la sociedad y la hacían más justa y realmente progresista.
Le recuerdo solo algunos de los conceptos y valores que Sarmiento instaló para siempre en el inconsciente colectivo de los argentinos:” todos los problemas son problemas de educación.
Las escuelas son la base de la civilización.” Faltaban 30 años para el 1900 y Sarmiento ya decía que “se puede juzgar el grado de civilización de un pueblo por la posición social de la mujer”. Fue un verdadero visionario, un genio en su capacidad de enseñanza, un escritor colosal y un combativo periodista y político. Su concepto de educación para el desarrollo se adelantó un siglo. Gran parte de sus construcciones teóricas se siguen utilizando en la actualidad.
No quiso que el saber fuera un privilegio de pocos. Propuso que toda la República fuera una escuela. Apostó al progreso científico, a las comunicaciones. El correo y el ferrocarril en ese entonces eran catalizadores de las mejores ideas y soluciones concretas. Fue un férreo defensor de las libertades civiles y un opositor feroz a los dictadores. “Bárbaros, las ideas no se matan”, dejó grabado por los siglos de los siglos.
En su primer discurso presidencial dijo algo que todavía hoy tiene una vigencia impresionante y que es la síntesis más perfecta de lo que debería ser la política: “el gobierno está para distribuir la mayor porción posible de felicidad sobre el mayor número posible de ciudadanos”. ¿Qué me cuenta? Ojalá fuera el objetivo que guíe a todos nuestros gobernantes.

José Clemente, su padre fue peón de campo y arriero y combatió en las guerras por la independencia junto a Belgrano y San Martín.

Paula Albarracín, su madre, le quiso poner Domingo pero no pudo. Por eso en su partida de nacimiento figura como Faustino Valentín Quiroga Sarmiento. A los 4 años ya leía de corrido y a los 15, era maestro, tal vez su principal condición que no abandonó jamás. Hasta en la cárcel, mientras fue preso político, se dedicó a enseñar a sus compañeros de celda.
Y luego se convirtió en un monumento vivo a los docentes y no paró nunca de construir bibliotecas populares. El filósofo Tomas Abraham lo definió como el hombre más grande que dio esta tierra. Su himno que es el himno que nos ilumina, reclama honor y gratitud para él y lo bautiza como corresponde: Domingo Faustino Sarmiento, Padre del Aula. Si San Martín fue el Santo de la Espada, Sarmiento fue el Santo de la palabra. San Sarmiento de la Educación, es la patria que necesitamos.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre