El cumpleaños infeliz de Máximo

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Máximo Kirchner cumplió ayer 49 años. No es poco para el príncipe heredero de la reina Cristina Kirchner. No sabemos si le cantaron el feliz cumpleaños pero, claramente, está atravesando uno de los peores momentos de su vida. No tiene nada para celebrar. Todas las noticias son malas y preocupantes para el fundador de La Cámpora, que pasó del sueño de ser “los pibes para la liberación” a la pesadilla de convertirse en los “muchachotes para encubrir la corrupción”.

Máximo tiene mucho para lamentar. En lo personal, tiene a su madre presa con tobillera electrónica y con la prohibición de ejercer cargos públicos de por vida. En lo judicial, acaba de sortearse el tercer juez que integrará el tribunal que llevará adelante el juicio oral y público donde Cristina y Máximo estarán sentados, por primera vez juntos, en el banquillo de los acusados. El juez que se sumará es Fernando Machado Pelloni, en la causa “Hotesur–Los Sauces”. La rea Cristina y el diputado Máximo están acusados de liderar una asociación ilícita para lavar dinero y recibir coimas o retornos de Lázaro Báez al simular contratos con la empresa hotelera y la inmobiliaria.

Como si esto fuera poco, la Cámara de Casación Penal está a punto de decidir si avala el pedido de los fiscales de decomisar 20 propiedades de la familia Kirchner, incluido el departamento de San José 1111 donde está presa Cristina. Es una orden judicial que pretende recuperar para el pueblo parte de lo que le robaron a los argentinos: 685 mil millones de pesos, una fortuna descomunal. Solo en la causa Vialidad, todos los condenados deben devolver esa cifra, y esa es apenas una de las investigaciones. Todavía faltan las más graves, como los cuadernos de las coimas K, el mayor latrocinio cometido en democracia desde el Estado. Es el expediente emblemático de la cleptocracia que instalaron Néstor y Cristina y en la que involucraron a su hijo Máximo.

En lo partidario, Máximo acaba de ser desplazado de la presidencia del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires por Axel Kicillof, su íntimo enemigo. Los intendentes bonaerenses ya no lo soportaban más a él ni a su brigada, que todavía ocupa cargos y cobra sueldos en el Estado. Nunca demostró condiciones para ejercer liderazgo: su único mérito es el apellido y ser hijo de dos expresidentes. No es buen orador, carece de carisma y formación intelectual. A duras penas terminó el secundario y abandonó rápidamente la intención de ser periodista deportivo o abogado. Siempre fue un nene de mamá. La agrupación que formó con el dinero de todos fue perdiendo inserción popular y dirigentes. Andrés “Cuervo” Larroque se fue con Kicillof; Juan Cabandié y José Ottavis acumularon más papelones que gestiones destacadas; y Wado de Pedro nunca terminó de consolidarse como referente.

El liderazgo de Máximo fue mínimo, siempre con pies de barro, y ahora se derriten aceleradamente. Si se llamara Gómez o Pérez sería un militante esforzado, pero jamás un dirigente. Los cargos los consiguió de prepo, chapeando detrás de las polleras de Cristina. Se comportó como un chico caprichoso que se enoja con el Fondo Monetario y renuncia a la presidencia del bloque oficialista. Irresponsable, suele llegar sobre la hora al recinto y sus discursos son básicos: alguna consigna por acá, una agresión por allá y listo. Profundidad cero y estrategia menos diez. Dos veces quedó expuesto sin calle: cuando hubo represión cerca del antiguo departamento de su madre y encogió los hombros, y cuando se subió a un paraavalanchas con Mayra Mendoza y casi se cae.

Está claro que los liderazgos no se imponen: nacen de virtudes personales o se ganan en elecciones y representación social. Máximo nunca ganó una elección encabezando una boleta y figura entre los dirigentes con mayor desprestigio de su espacio. Finge ser joven revolucionario pero es un rebelde sin causa. Se viste como setentista, pero ya es un hombre grande. Declaró un patrimonio de 8.300 millones de pesos, en blanco. Mantiene el look de pelo largo, barba desprolija y campera. Luis D’Elía, que antes lo adulaba, ahora lo acusa de todo, incluso de ser adicto a sustancias prohibidas.

Para evitar el decomiso de bienes mal habidos, Cristina adelantó su herencia a sus dos hijos, en una maniobra fraudulenta. ¿Cómo van a explicar lo que surgió del teléfono de José López? Según el alegato, Máximo “conocía, intervenía, decidía, supervisaba y controlaba” las obras de Lázaro Báez. Hubo entre los Kirchner y Báez negocios sucios de todo tipo: coimas, retornos, sobreprecios promedio del 65%, lavado de dinero, alquileres inflados, licitaciones ficticias y sociedades comerciales. Los unieron los delitos, pero lo más grave es que involucraron a sus hijos, los metieron en el barro y les mancharon la vida para siempre.

Hay 93 cheques que involucran a Máximo y numerosos mensajes cruzados con José López y Lázaro. Hasta 2010 los cheques salían a nombre de Néstor; después de su muerte, a nombre de la sucesión administrada por el hijo presidencial. La angurria, la codicia y la bulimia por el dinero y el poder nunca tuvieron límites entre los Kirchner. Máximo firmó balances y puso su apellido en las estafas de Néstor y Cristina. Se mueve como patrón de estancia, como sus padres, pero sin la astucia táctica de Néstor ni la capacidad discursiva de Cristina. Son una nueva oligarquía de poder en decadencia: envejecidos y sin rebeldía. La irresponsabilidad de Máximo lo lleva directo a dilapidar recursos y a convertirse, con suerte, en un dirigente marginal, radicalizado y combativo: una especie de neo guevarista corrupto y millonario, como toda su familia.