Spinetta eterno

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Un día como hoy, hace 14 años, los argentinos perdimos al flaco Spinetta, uno de los artistas que nos marcó a fuego con su talento.

Luis Alberto Spinetta supo decir que “creo que solo si nos preocupamos por sanear el alma vamos a evitar distorsiones sociales y comportamientos fascistas, doctrinas injustas y totalitarismos, políticas absurdas y guerras deplorables”.

Hace 53 años presentó “Artaud”, que para la revista Rolling Stone es el mejor álbum del rock argentino.

Artaud fue un disco absolutamente disruptivo, incluso desde su envase octogonal y verde con toques amarillos. Luis Alberto pateó todos los tableros. Hay fotos de la presentación en el teatro Astral, solito mi alma, sin Pescado Rabioso, con su guitarra acústica y lluvia de rulos hasta los hombros. Fue en 1973, popularizó al escritor francés todo terreno Antonin Artaud y quedó para la historia grande la “Cantata de puentes amarillos”, inspirada en un cuadro de Van Gogh.

Spinetta fue un artista descomunal. Cuando falleció, muchos rezamos una plegaria para ese niño dormido, ese flaco eterno que está en los cielos de los pentagramas y las armonías. Santificado sea su nombre. Flotaba en el aire libre el espíritu de El Marcapiel, que en 1988, en el trabajo “Tester de violencia”, nos formateó el cerebro con ese compromiso de que “todo lo daría / todo, menos el sol / solo quiero sentir la enseñanza / que da tu amor”.

Uno de los regalos que nos hizo fue la reedición de aquel primer álbum de “Los Socios del Desierto”, acompañado de un libro de fotos inéditas de Eduardo Martí, conocido como Dylan, fotógrafo personal de Spinetta, amigo de fierro y padre de Emmanuel Horvilleur, el 50 % de Illya Kuryaki con Dante Spinetta, la prolongación creativa de la sangre. Hoy es imposible pensar que aquel disco se grabó en 1995 y recién se editó dos años después porque para las discográficas no era negocio publicar 33 obras del genio de la guitarra y la poesía del rock nacional.

Nunca olvido que por votación de los vecinos, el paso bajo nivel de Avenida Congreso en el cruce con las vías del ferrocarril Mitre fue bautizado “Luis Alberto Spinetta”. Un homenaje de los habitantes de Villa Urquiza a un vecino ilustre que hasta su productora llamada “La Diosa Salvaje” había instalado en la Iberá al 500. “Barrio, barrio”, como le gustaba decir al flaco. Barrio de medialunas caseras en los boliches, de árboles añosos que respiran ecología y salud. Hoy hay un mural extraordinario en la pared del túnel con la tapa de 30 trabajos musicales de Spinetta. Alegran la vista, celebran la vida. Es un pulmón creativo.

El día de su cumpleaños, y en su homenaje, es el Día del Músico Argentino. Está todo dicho. Es una ley que se votó por unanimidad en 2014.

Ya se lo conté alguna vez. Yo era un chico de la música comercial de Palito, el Club del Clan y los demás, hasta que un compañero del secundario, el loco Bernabeu, me dijo: “Escuchá esto, boludo. Avivate”. Era aquel disco entrañable de Almendra con la lágrima y la sopapa en la tapa. Por esa puerta de Almendra entré a la música progresiva, descubrí a Manal y a Los Gatos. No sabía que estaba asistiendo a un parto de la historia porque estaba naciendo el rock nacional.

Extrañamos tanto al flaco. Flaco, flaquito, tu falta nos descoloca, nos hace tambalear. Es que fuiste un cimiento de mi generación. En tus letras nos hicimos adictos a la poesía y al contenido.

Flaco, flaquito, muchacho ojos de papel, quédate hasta el alba. Me aprendí de memoria aquellas canciones. Me hicieron más culto, más feliz, me dieron mejores herramientas para levantar minas y barricadas en la universidad de los 70. Me lucía recitando a Neruda o a Tejada, pero también citando el simbolismo de Rimbaud o el teatro de la crueldad de Antonin Artaud. Elevaste a la música popular a aquel poeta maldito, y eso que eras un pibe de 23 años entusiasmado con la primavera camporista de Perón y del Tío. Y eso que el militantismo cerrado de la época asociaba el rock con una expresión del imperialismo yanky.

Yo jugaba al seductor cantando pícaro y pornográfico, susurrando al oído a las muchachas que me gusta ese tajo y realmente me gustaba. Descubrimos un mundo de belleza, un yacimiento de estética y de ética. Porque seguramente ese es tu legado: se puede ser Gardel sin participar del show frívolo de la figuración y el caretaje. A lo mejor fuiste un poco menos notorio, pero mucho más notable. Creciste con nosotros, pero nunca quisiste sentar cabeza. Ni transar. Obsesivo hasta el martirio, mortificado por todos los dolores. Siempre el perfil bajo, siempre lejos de las luces de la falsedad. Fuiste un gigante amasado con ética y estética.

Flaco, flaquito, te extrañamos. Odio ese cigarrillo que te asesinó. Ese océano de tabaco en donde te ahogaste igual que Sandro. Yo sé que a esta hora Ana no duerme preocupada por Fermín. Que Foucault no tiene quien le escriba. Y nosotros, siempre jugando el Superclásico de las antinomias argentinas: ¿Charly o Spinetta? Los dos, carajo. ¿Desde cuándo hay que elegir entre dos genios?

Creo que hubo una despedida en un estadio y no nos dimos cuenta. En la cancha de Vélez tocaste hasta que te sangraron los dedos. Ese recital interminable hasta el amanecer en comunidad. Estabas alegre, incansable, rodeado de la multitud y de tus amigos. No se terminaba nunca. “No te mueras nunca”, te gritaban los muchachos.

Flaco, flaquito, te extrañamos. Fuiste la conciencia crítica del rock. Una suerte de guía espiritual por los caminos de la honradez. La última vez te vi, estabas poniendo el cuerpo solidario como siempre, con los padres y las madres y los hermanos de los que murieron en la tragedia del colegio Ecos al que fue tu hija Vera. Empujando siempre. Poniendo tu nombre para convocar más y mejor. Componiendo una canción sobre ese drama llamada “8 de octubre”. Usando tu chapa para los demás. Para calmar en algo, si eso es posible, a los padres del desgarro.

Hasta en el comunicado donde confirmaste que el cáncer te estaba acorralando aprovechaste para decir que pertenecías a la agrupación “Conduciendo a conciencia” y rogaste que en las fiestas no chupara el que tenía que manejar. Fijate cuánta sabiduría había en tu mensaje en contra del descontrol de la cerveza y las sustancias prohibidas.

Hoy, tu apuesta a la salud tiene una potencia inigualable. En la madurez solías decir que lo verdaderamente transgresor en estos tiempos de cólera era andar sobrio por la vida, sin drogas y sin alcohol encima, para poder respirar los aromas de las muchachas y las esperanzas callejeras. Hoy bien vale la pena apostar a tu mirada no pacata pero sensata, no careta pero humanística.

Flaco, flaquito. No nos queda otra que cantar en voz baja, que despedirte con una plegaria, como si fueras un niño dormido que quizás tenga flores en su ombligo.

Flaco, flaquito, gracias por ayudarnos a respirar en momentos de tanta contaminación. Quizás te sientas gorrión esta vez, o tus dedos se vuelvan pan, barcos de papel sin altamar. Flaco, flaquito, que nadie te despierte, que te dejen seguir soñando en libertad.

Flaco, flaquito. Nos tatuaste la piel de identidad para siempre. Y todas las muchachas pasaron a tener pechos de miel. Todas las muchachas…

Hace 40 años diste a luz con Charly un tema conmovedor. Me gustaría convocarlo para que ese rezo por vos sea exactamente eso: un rezo por vos.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre