El monarca Insfrán – 11 de abril 2019

Gildo Dino Insfrán, acaba de decidir adelantar las elecciones de Formosa para el 16 de junio. Siempre estuvo al servicio de los Kirchner, pero no quiere que Cristina enturbie su proyecto de ir por el séptimo mandato. Insfrán es un señor feudal stalinista que gobierna la provincia hace 24 años, más 8 años que fue vice gobernador.
Es casi el dueño de Formosa. Tiene casi la suma del poder público. Somete a los medios de comunicación con pauta publicitaria y con látigo y persecución a los que se atreven a hablar. Gana las elecciones por paliza porque la sumatoria de empleados públicos, planes sociales y paraguayos que hace cruzar al solo efecto de votar y cobrar un plan es prácticamente invencible desde el llano. Su clientelismo feroz, casi una esclavitud, hizo que aumente un 42% los salarios de los trabajadores del estado provincial que son capaces de llenar cualquier urna.
¿Cómo logró ser gobernador durante 24 años y vice en 8? Porque reformó la Constitución para que la reelección sea indefinida. Hay ley de lemas y un clientelismo asfixiante que convierten a la provincia casi en una monarquía.
Formosa es donde más creció la droga decomisada y por lo tanto es donde más creció la presencia de la droga durante la docena de años del kirchnerismo.
Le cuento un solo dato. Para muestra basta un botón. Hace un tiempo, cerca de Clorinda se dio vuelta una camioneta del gobierno. Patente oficial y vales de nafta estatales. Manejaba Pedro Bareiro que era un funcionario de Gildo Insfran en el área de frontera. La camioneta transportaba 51 kilos de cocaína de máxima pureza. Dicen que eran 59 kilos y el resto quedaron en el camino como peaje. Pero lo cierto es que Bareiro tenía en su poder una agenda del senador Jose Mayans que pertenece al Frente para la Victoria, y que era un gran aportista a la campaña electoral de Gildo. Puso 600 mil pesos en varias elecciones y es apenas un humilde empleado público. ¿De dónde sacó tanto dinero? ¿Es la droga la que financia la política formoseña? Como si esto fuera poco hay que decir que el hijo de Bareiro también era funcionario de la Aduana de Clorinda y que el hermano era comisario de la ciudad. ¿Qué me cuenta?
En otro momento, la Gendarmería Nacional detuvo un camión con 2.543 kilos de marihuana que venían de Paraguay con rumbo a la ciudad de Mendoza. Impresionaba ver los 3.729 paquetes de droga o ladrillos, como se dice en la jerga, esparcidos por el suelo. Estaban escondidos entre zapallitos y por eso quedaron detenidos el chofer y 6 personas más. Dos toneladas y media de marihuana es un decomiso de los más importantes. Pero lo trascendente fue que la propietaria del camión era Liliana Mabel Tijera Insfrán, sobrina del gobernador.
Esto fue grave por donde se lo mire. Porque toda la familia del jefe provincial está sospechada de enriquecimiento ilícito y de fuertes vinculaciones con el narcotráfico en la provincia más pobre de la Argentina. De hecho, Liliana y su pareja tenían una flota de camiones y autos de alta gama que la convirtieron en millonaria, pero además, tiene un supermercado en Laguna Blanca, donde nació el rey Gildo.
Gildo Dino Insfrán, hijo de Ascensión que era conocida como doña Pochó y que falleció a los 95 años, tuvo un gran desgarro es su vida cuando su hijo de 17 años se suicidó con un tiro en la cabeza.
Políticamente se lo puede ubicar en la derecha peronista violenta de los 70 y luego fue fanáticamente menemista, duhaldista y también se verticalizó ante Néstor y Cristina. Insfrán no tuvo empacho en transar con Carlos Kunkel pese a que ocupan u ocupaban las dos puntas del espectro ideológico. Pero eso si, ambos cantan la marchita con el mismo fervor. Gildo es una suerte de símbolo de lo peor y más retrógrado del peronismo que no se quiere renovar ni democratizar. Maneja su provincia con mano de hierro y con terror. Varios asesinatos de integrantes de la comunidad Qom lo confirman. El cacique Félix Díaz, que quiso enfrentarlo, fue perseguido sistemáticamente y tuvo que venir a Buenos Aires para hacer oír su voz. Jorge Lanata con su programa logró que la Fundación Conin abriera un pozo de agua en una localidad que la necesitaba para subsistir y los esbirros de Gildo fueron a tapar ese pozo por pura venganza, resentimiento y falta de solidaridad con los que más sufren.
Gildo quiere eternizarse en el poder. Ya lleva más de 32 años. Y quiere seguir como si fuera una dinastía. Cada tanto se descubre una pista clandestina donde bajan aviones con cargas ilegales. Contrabando y crimen organizado, mafias narcos y reducción a la servidumbre de los más humildes. Esa es la fórmula Gildo.
No hay que olvidar que ante un escribano público, Gildo Insfran, le ordenó a un funcionario de su gabinete que grabe un programa de radio llamado “Mano a Mano” que conducía el doctor Gabriel Hernández y su esposa en FM Fantasía. Dos días después, casi como si todo fuera una cama preparada, una suerte de emboscada, un oyente anónimo salió al aire con un mensaje muy crítico contra el gobernador. Hasta ahí algo que ocurre todos los días en todas las radios. El oyente no se identificó y a propósito de unas declaraciones que había hecho Nora Cortiñas, dijo que compartía lo dicho por la Madre de Plaza de Mayo línea Fundadora y que efectivamente, “Insfran era un genocida con los pueblos originarios” y que incluso había tenido que ver con la muerte de su propio hijo.
El conductor del programa pasó a otro tema y no hizo ningún comentario. Otros medios reprodujeron eso que sucedió. Y el cuasi emperador formoseño inició una querella contra todos los que habían mencionado el tema.
El intento de censura fue claro. La trampa también. Se suma a la censura y la autocensura. Pero lo más grave de todo es que una jueza llamada Giselle Verónica Drovandi, condenó en aquel momento a los periodistas a pagar una multa/ indemnización de dos millones de pesos. Un despropósito autoritario plasmado en un fallo que fue un antecedente muy grave para las instituciones republicanas. Los argumentos de la jueza Drovandi eran descabellados, insólitos y claramente militantes de Insfran al que caracteriza como un gobernador de “una trayectoria intachable”. No recuerdo que exista un fallo tan vergonzoso en lo político y tan frágil en lo jurídico.
El caudillo jurásico Insfran es un delincuente que le pagó 8 millones de pesos a Alejandro Vandenbruele para que lo asesorara en la refinanciación de la deuda de la provincia con la Nación. Eso solo ya es delito porque no puede intervenir una consultora privada entre dos organismos públicos. El ministro de Economía que debía favorecer a Insfrán con la refinanciación era Amado Boudou. ¿Lo conoce,no? Otro atorrante y malandra de estado. La factura que Vandenbruele le dió a Formosa era la número 3 y las dos anteriores habían sido anuladas. The Old Fund, en ese momento, no tenía empleados ni experiencia en el tema. Pero mágicamente la refinanciación se hizo. Formosa pagó casi 8 millones pertenecientes a su pueblo. Alejandro, el amigo de Boudou, fue al banco cobró el cheque, lo transformó a dólares y se los llevó en una valija. Y de inmediato devolvió como parte del retorno de la coima, dos millones de pesos a Martin Cortes quien en ese momento era presidente del Banco Provincial.
Insfrán es el Patrón del mal de Formosa. La democracia amañada no pudo parir todavía la república.
El fiscal federal Carlos Rívolo pidió indagar tanto a Insfran como a Boudou por ese asalto a mano armada y a cara descubierta. Todos queremos verlos presos. O por lo menos que la patria se lo demanden.

La luz de Houssay – 10 de abril 2019

Le pido perdón por la impertinencia a todos los docentes argentinos, pero si yo fuera maestro hoy les hablaría a los chicos (aunque sea durante 5 minutos) sobre la vida y obra de Bernardo Houssay. Hoy es el día mundial de la Ciencia y la Tecnología y, en Argentina, se celebra en honor a Houssay que nació un 10 de abril como hoy pero de 1887 y que en 1947 logró el premio Nobel de medicina.
Y como si esto fuera poco motivo, un día como hoy, pero de 1934, falleció Cecilia Grierson, la primera médica argentina, higienista y educadora.
Por eso le digo, que si yo fuera docente me gustaría exorcizar (aunque sea por un rato) tanto Cristóbal López corrupto y tanto Lázaro Báez y Cristina, socios para la gran estaba nacional.
Me gustaría contrarrestar tanta desesperanza y desilusión que anda por ahí, reptando entre nosotros. Me gustaría mostrar la contracara de Alberto Samid, el “Rey de la Trampa”. Y la mejor manera es que se conozca la historia de un compatriota que fue mucho más que un ejemplo. Fue un milagro.
Me pararía al frente del aula y diría que el doctor Bernardo Alberto Houssay fue mucho más que el argentino que ganó el premio Nobel de medicina y el primer latinoamericano de la historia en ganarlo en esa especialidad.
Ese día histórico en que recibió el anuncio, Houssay estaba trabajando en su humilde laboratorio junto a su discípulo Luis Federico Leloir quien con el tiempo, también recibiría el Nobel pero de Química. Fue toda una señal.
Houssay era un niño con talento especial. A los 13 años terminó el bachillerato, a los 17 se recibió de farmacéutico y a los 23 de médico. ¿Escuchó bien? A los 13 el secundario, a los 17 fue farmacéutico y a los 23 médico y con diploma de honor. ¿Qué más se puede agregar? Su cerebro era un océano de neuronas y su corazón estaba construido con toneladas de sentimientos humanitarios.
Bernardo Houssay se dedicó a lo que él llamaba “El patriotismo práctico”, mucho más eficiente que los discursos y las escarapelas. Se dedicó a la investigación y a la docencia. Era austero como todos los grandes. Nunca tuvo auto y con un sueldo modesto mantuvo a su familia de siete integrantes. Nació y murió pobre. En sus épocas de estudiante y trabajador, caminaba 100 cuadras por día porque su familia no tenía unas chirolas para el colectivo.
Tuvo un rechazo visceral por el autoritarismo y por eso tuvo problemas en 1943 cuando el gobierno militar dispuso expulsar a todos los profesores de la universidad que habían firmado un manifiesto anti oficialista y el, por supuesto, lo había firmado.
Con disculpas por mi ignorancia, me gustaría decirles que el Premio Nobel lo ganó porque estableció la relación entre la acción de las hormonas y la glándula hipófisis. Dicen los que saben que, a partir de ese momento, comenzó a entenderse el cuerpo humano como un sistema que se auto regula.
Pero lo más importante es que fue un genio celeste y blanco que nos llenó de orgullo. Por su decencia y por su docencia; por su humildad y por su amor a la ciencia. Estaba convencido que ningún país progresa si no tiene investigación. Y por eso fue el inspirador de la creación del Conicet, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, organismo del que fue su primer presidente hasta su muerte en 1971.
Nació en una casa del barrio porteñísimo de Almagro un día como hoy. Sus padres, Clara Lafont y Alberto Houssay eran dos de los 20 mil franceses que vivían en esta bendita ciudad que, por esa época, tenía una población de 437 mil habitantes, incluyendo Flores y Belgrano que recién habían sido cedidos por la provincia de Buenos Aires.
Al joven Bernardo le trajo problemas su incansable lucha antifascista y, repito, en 1943 lo expulsaron de todos sus lugares de trabajo junto a otros 150 profesores que repudiaron el lugar que los nazis tuvieron durante el gobierno en ciernes de Juan Domingo Perón. También es cierto que sus posturas conservadoras y contrarias al gremialismo estudiantil le generaron muchas polémicas y algunos disgustos. Houssay estaba convencido que la universidad debía ser el centro de la actividad intelectual superior y que por eso cumplía un papel social de la jerarquía más elevada. Los claustros eran sagrados. Un templo del conocimiento y la innovación. Una vez dijo que la función de la universidad “consiste en crear conocimientos, propagarlos, desarrollar y disciplinar a la inteligencia y formar hombres más selectos por su cultura, excelencia académica y capacidad”. En su museo se pueden ver cartas amarillentas de las mentes más brillantes del planeta que luego de hacerle alguna consulta, terminaban el texto diciendo: Un abrazo para usted y otro para el doctor Leloir”.
El joven Bernardo fue back del equipo de rugby de la Asociación Atlética de la Facultad de Medicina. La Unión de Rugby le debe a Houssay que las actas de la institución se hayan empezado a escribir en castellano, porque hasta la incorporación de su club, se redactaban en inglés.
Desde el punto de vista científico el doctor Houssay tuvo todos los reconocimientos posibles, además del Nobel. Fue miembro honorario de las Academias de Ciencias más prestigiosas del mundo como las de Madrid y Nueva York. Tuvo cientos de propuestas para irse a trabajar al exterior pero, él, siempre contestaba lo mismo:
– La ciencia no tiene patria. Pero el hombre de ciencia, si la tiene. No acepto ir a los Estados Unidos y no pienso dejar mi país porque aspiro a luchar para contribuir para que alguna vez lleguemos a ser potencia mundial científica de primera clase.
Si se levantara de su tumba ahora, creo que se volvería a morir, pero de vergüenza ajena.
El día que recibió el Nobel por su descubrimiento de la hormona reguladora del azúcar y al ver que el periodismo argentino estaba muy censurado por el peronismo, dijo que esa distinción era un tiro por elevación al gobierno argentino. Lo dijo con mucha ironía:
– No hay que confundir las cosas pequeñas como Perón con las cosas grandes como el Nobel.
Se imaginan que de gorila y oligarca para arriba, le dijeron de todo. Pero no tenía pelos en la lengua, tenía coraje para decir lo que pensaba y por eso yo lo admiro tanto.
Sus pasiones eran el laboratorio, la cátedra, la justicia y la libertad.
El día que cumplió 80 años, un periodista le preguntó:
– ¿Se siente viejo, doctor? Y él contestó:
– Solo es viejo quien no ve cosas nuevas todos los días.
Su vida es un testimonio pero también un espejo en donde mirarnos. Es un amuleto contra la Argentina trucha de los chantas, los corruptos y los autoritarios que tanto mal nos hizo a los argentinos durante tanto tiempo.
La memoria del doctor Houssay es un talismán al que tenemos que aferrarnos para construir un país mejor para nuestros hijos. Con más ciencia y menos ignorancia. Con más austeridad franciscana y menos frivolidad. Con más decencia y menos corrupción. Un país que se ponga de pié y sea admirado en el mundo. Como el doctor Bernardo Houssay, que ojalá nos ilumine.

Feliz cumplo años – 9 de abril 2019

Me siento un afortunado, un privilegiado de la vida. Tengo cientos de felicitaciones por el día de mi nacimiento. Muchas más de las que materialmente puedo contestar. Así que aprovecho para decir gracias totales a los cientos que se tomaron el trabajo de saludarme. Feliz cumpleaños son las palabras más repetidas. Yo descompuse la segunda palabra y me pregunté. ¿Feliz cumplo años? ¿En este cumpleaños estoy feliz? Por supuesto. Estoy feliz porque en el plano personal y familiar me pasan cosas maravillosas que se las deseo a todos. Pero también tengo conciencia social y demasiada información y reconozco que uno siempre es relativamente feliz en una sociedad que está atravesando calamidades de todo tipo como el odio que nos divide y la pobreza que nos angustia.
Pero del país hablo todos los días. Si me permite le cuento una pequeña experiencia que me permite explicar que es lo que entiendo por felicidad. Tal vez el testimonio le sirva a alguien.
El sábado en la charla que tuvimos con Jorge Fernández Díaz, un hermano de la vida, conté un poco esto. Es que una utopía que nos mantiene vivos y creativos es tratar de encontrar cual es el misterio de la felicidad.
Conté que hay una continuidad generacional de los Leuco. En realidad de los Lewkowicz. Y tiene que ver con la rebeldía y la búsqueda de la libertad por medio del sacrificio y la cultura del trabajo con las manos limpias y la frente alta. Eso me enorgullece. Me infla el pecho.
Todo comenzó con mi abuelo polaco. El zeide Samuel apenas hablaba dos palabras en castellano y aterrizó en un conventillo orillero del Barrio La Cruz en Córdoba. Era territorio de guapos y borrachos. Samuel había huido del nazismo, igual que la Bobe Rosa que tuvo que dejar a sus hijos más grandes ese país envenenado por los adoradores de Hitler. Eso la marcó y la desgarró para toda la vida. Para una madre tener que elegir entre sus hijos porque no podía llevar a todos en el barco debe ser una de las torturas más grandes. Ese horror lo cargó en su espalda y su mirada triste durante años hasta que mucho tiempo después descubrió que sus hijas habían sobrevivido a los campos de concentración y estaban felices de recibirla. No había rencor. Hubo comprensión.
Pero su marido, eran un morrudo buey de carga y laburo. Mi abuelo era analfabeto y solo sabía empujar el carro y proteger a su familia y dejar la vida vendiendo pan y facturas horneadas a las 5 de la mañana en su casa. Salía con dos canastas de 20 kilos a ganarse el mango. Era rústico y duro para hacernos una caricia. Yo admiraba y temía a ese pelado como mi viejo y como yo, que sembró esta familia en las peores condiciones. Sin saber el idioma, rodeado de marginalidad, sin saber leer ni escribir.
Cuando Mayor, mi viejo le dijo que iba a estudiar en la universidad, recibió un cachetazo en lugar de felicitaciones. Para Samuel el estudio era perder el tiempo. Era un campesino nacido en un nudo ferroviario que sabía que había que trabajar noche y día. Romperse el lomo para parar la olla. Mi viejo siguió trabajando por dos pesos y un traje a fin de año, pero en la noche, a la luz de la vela, en la clandestinidad, se quemó las pestañas y finalmente se recibió de farmacéutico. Es el primer profesional de la familia. Pasar por la facultad le abrió un mundo. Su padre rechazaba ese título que tanto le había costado. Pero sus amigos empezaron a elogiarlo por tener un hijo farmacéutico. Lo felicitaban en el templo o los negocios donde vendía sus panes de la cordura. Recién allí comprendió la importancia. Se arrepintió y lloró frente a mi padre. Y como pedido de disculpas le ofreció su casa para que la hipotecara y pudiera comprarse la primera farmacia. Esa casa que tanto extraño y donde comí las mejores comidas y jugué a la lotería con mi abuela, se había levantado literalmente con las manos. Esa vivienda humilde era la gloria para esa familia muy pobre. Y mi abuelo no dudó un segundo, cuando comprendió el valor del estudio para el progreso, en dejarla en manos de su hijo para que concretara su sueño.
Mi viejo se rebeló a un mandato familiar para pelear por sus objetivos. No fue un rebelde sin causa. Fue una desobediencia para elegir y construir su propio destino. Eso vale oro. Hoy me doy cuenta.
Conmigo pasó algo parecido. Mi viejo quería que yo fuera farmacéutico. Yo dejé vencer a propósito el plazo de inscripción en la facultad de Ciencias Químicas. “Ya perdí la posibilidad de anotarme”, le dije a mi viejo, fingiendo tristeza. “No te preocupes- me dijo- el rector fue compañero de estudios mío y me dijo que extendieron los plazos porque no quieren que nadie se quede afuera de su vocación”. Me mató. Me dejó sin argumentos. Yo fui el primer día de clase con mi cuaderno y a los 5 minutos empecé a correr a toda velocidad hasta la Facultad de Ciencias de la Información. Cuando escuché al profe hablar de la tabla periódica de los elementos de Mendeleyev, de los protones y el hidrógeno huí como soldado que sirve para otra guerra. Yo quería ser periodista. No me gusta la química ni la matemática y no se venderle un remedio a nadie. A los seis meses, el mundo estaba convulsionado por el golpe fascista de Pinochet contra Salvador Allende en Chile. En la facultad sacamos una radio abierta a la calle para hacer la contra información. Defendimos la democracia y repudiamos el asalto militar del poder. Movilizamos por las calles de la docta. Una señora llamada Cata me vió levantar banderas de lucha, de pelo largo hasta los hombros, camisa grafa y fumando particulares verdes de albañil y le contó a mi viejo. A la noche en la cena, mi viejo me preguntó: “¿Cómo te va en la facultad? ¿Necesitas que te preste algún libro de Química Uno? ¿O que te explique algo? Yo puse la cara de acero y le dijo: “No papi, entiendo todo, gracias”. Se paró, dejó el plato de comida sin tocar y me dijo: “Me engañaste, sos un mentiroso. Asi que ahora estudias periodismo. Esa es la carrera justa para vos. Sos un vago, siempre lo fuiste. No tenes constancia para nada. Ni figuritas pudiste juntar por un tiempo largo. Me defraudaste.”
A mí se me estrujó el corazón. Fue como el cachetazo que su padre le pegó a mi padre. No comprendía que este oficio era mi vocación, mi felicidad y que para que te fuera bien tenías que trabajar muchas horas por día. El periodismo ya no tenía aquellos viejos bohemios de madrugada con café y alcohol que eran escritores de lujo”. Pero esa era la imagen que mi padre tenía del periodismo.
Igual que hizo él con su padre, yo también fue desobediente de su mandato. Le metí duro y parejo y fui 16 veces a pedir trabajo al diario Córdoba y siempre me decían que no hacía falta un periodista, que había demasiados. Yo no bajé los brazos jamás. Creo que no se hacer otra cosa que periodismo. Redoblé mi esfuerzo y el día que empecé a ganarme la vida como cronista, mi padre empezó a respetarme. También ahora sus amigos los felicitaban porque me leían en el diario o me veían en la tele comentando el mundial de fútbol. Ese día mi viejo me entendió. Como si me hubiera dado la casa para que la hipotecara. Hoy me dice: “No trabajés tanto, Alfredo. Descansá un poco”. Y yo me río con él y le pregunto: “¿Cómo no era que yo me hice periodista porque era un vago?”. El se ríe con orgullo y un toque de pudor.
Y con Diego pasó lo mismo. Con la madre decidimos hacer fuerza para que no fuera periodista. Fue muy duro atravesar el kirchnerato. Amenazas, insultos, ataques de los medios del estado, mensajes de los servicios de inteligencia, lupa de la AFIP, cero publicidad y apriete a los anunciantes privados, un nivel de autoritarismo sin antecedentes en democracia. Por eso no queríamos que Diego sufriera lo mismo y que tuviera que heredar mis enemigos.
Pero decidimos evitar que fuera periodista sin prohibirle nada porque eso le iba a potenciar las ganas. Le fomentamos por la positiva cualquier otro interés que le surgiera. Fue al teatro a ver al mago Jansenson y quedó fascinado. Le dijimos estudia magia, es una linda forma de ganarse la vida. Se recibió de mago y hasta trabajó en fiesta infantiles. Otra vez quedó impactado con el arte de la cocina del Gato Dumas. Estudiá para cheff, le dijimos. Es un oficio con mucho futuro. Se recibió de cheff. Y asi con el estudio de actor hasta que un día todo cambió. Volvió del viaje de estudios del secundario. Habían ido a Mar del Plata. Llegó y me dijo: “No me jodan más, yo quiero ser periodista. Soy el único de mis compañeros que leía todos los diarios antes de acostarme a las 7 de la mañana cuando volvíamos e de bailar”. Pensé en mi viejo farmacéutico, el mi carrera de periodista y me resigné. Ok, nosotros queremos que vos seas feliz. Y si el periodismo te va a hacer feliz, dale para adelante. Un par de consejos y nada más. No uses mi apellido para buscar trabajo. Empezá por el periodismo gráfico que es la gran escuela y cuidá siempre la ética: las notas no se cobran ni se pagan. Eso fue todo. Diego le metió para adelante como hizo mi viejo y como hice yo y fue creciendo hasta superarme largamente. Es diez veces mejor periodista que yo. Todo lo que logró lo hizo 30 años antes que yo. Conducir en radio, en tele, hacer notas de tapa en revistas, ganar un Martin Fierro y lo que más felicidad de produce, ser querido por sus compañeros.
Mi moraleja es que la desobediencia para cumplir tus sueños, la pelea por tu vocación, la libertad para edificar tu camino son fundamentales a la hora de acercarte a eso que llamamos felicidad. Hoy tengo la bendición de tener a mi viejo vivo y sano y a mi hijo en plena consolidación de sus esperanzas. No puedo pedirle más nada a la vida. A veces pienso que algo bueno habré hecho para que me de semejante premio. Por eso digo que soy feliz. Y que feliz hoy cumplo años.