Granadas de Carrió contra Macri – 5 de diciembre 2018

Sorpresivamente, ayer Elisa Carrió le tiró varias granadas conceptuales a Mauricio Macri y generó un gran enojo del presidente de la Nación y los festejos de Cristina y su banda. La diputada dinamitó la relación con el jefe de estado con una seguidilla de tuits que en algunos casos parecían provenir de una dirigente opositora y no de uno de los pilares fundacionales de Cambiemos. Hablé con varias fuentes oficiales, entre ellas con dos ministros y un secretario de estado. Todos hablan con Macri y me comentaron que el presidente caminaba por las paredes por la bronca por lo que dijo Carrió, pero más aún, por el momento en que lo dijo. Uno de los funcionarios me confesó: “Es una aguafiestas”. Hace tiempo que no tenemos buenas noticias para dar, estamos haciendo un esfuerzo descomunal para cambiar el clima social y Carrió no nos dejó ni siquiera terminar de festejar el gol que significó el G-20”. El ministro, apeló a la metáfora futbolera que tanto le gusta a Macri. Estábamos contentos celebrando el gol y de la nada, apareció nuestra aliada y nos pegó varios cachetazos mediáticos que cambiaron el eje de los debates públicos.
¿No podría haber esperado una semana aunque sea?, me preguntó uno de los colaboradores de Macri que consulté. Los que frecuentan a Patricia Bullrich me contaron que ella se sentía ofendida y agraviada. El operativo de seguridad del G-20 fue un éxito superior al de países desarrollados y reconocido por todos los líderes del mundo. “Patricia siente que está subiendo una montaña colosal con un esfuerzo sobrehumano para combatir a los narcos, a la inseguridad, a la corrupción policial y que Carrió, cómodamente desde su casa le tira piedras para hacerle todo mucho más difícil”. Esa es la síntesis de lo que me contaron. Y me plantearon la siguiente pregunta: “¿Vos crees que el anuncio de Patricia fue un capricho que se le ocurrió a ella? Es algo que por supuesto tiene la aprobación del presidente Macri y que va en línea con el anteproyecto del nuevo Código Penal. Es un tema profundo, polémico que necesita la mayor seriedad y rigurosidad para resolverlo. Así lo entendió el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey que le pareció positivo en líneas generales y que solamente le despierta dudas el tema de que las fuerzas de seguridad puedan disparar durante la fuga de un delincuente. Cree que eso hay que precisarlo más para evitar males mayores. Pero Carrió fue letal: “No vamos a ir al fascismo, es violatorio de los derechos humanos, a la ministra se le fue la mano”, son algunas de sus definiciones. Fue un claro mensaje contra el presidente Macri, la ministra Bullrich y también contra el jefe de gobierno Horacio Rodríguez Larreta que por la tarde se sumó a la propuesta de la ministra de Seguridad. Esta mañana Carrió, en lugar de calmarse, redobló su apuesta: “al humanismo no se renuncia por demagogia electoral. No me importa perder votos”. Durísima crítica plantear que su propio espacio político hace demagogia y renuncia al humanismo.
Le recuerdo que un protocolo casi idéntico rige en países vecinos y muy democráticos como Uruguay o Chile. Y que fue la resultante de meses de consultas y búsquedas de consensos.
Hay varias preguntas que surgen de este episodio que daña muchísimo la cohesión de Cambiemos. ¿Por qué Carrió dijo lo que dijo? ¿Por qué no planteó el debate puertas adentro de la coalición? Los que quieren a Carrió dicen que el gobierno no la convoca y que la deja afuera de las principales decisiones de las que se entera por los diarios. Los que no la quieren dicen que este es su estilo. Que es su forma de hacer política y que hasta fin de año le va a marcar la cancha al presidente y que el año que viene lo va apoyar con todas sus fuerzas para que puedan ganar las elecciones que se vienen. La relación entre Carrió y Macri entró en un congelador y no se van a ver hasta fin de año por lo menos.
Insólitamente se produjo una coincidencia entre las críticas de Carrió y Estela Carlotto. La abuela de Plaza de Mayo trató despectivamente a Bullrcih como “gendarme” y dijo que “desprestigia el género”.
El horno no está para bollos. Ni para bromas. Cambiemos, como coalición de gobierno, está pasando por el momento de mayor debilidad desde que llegó al poder. La relación entre el presidente Macri y una de sus principales aliadas, Elisa Carrió, está al borde del precipicio. En consecuencia, el jefe del estado, desnuda con impudicia una fragilidad política peligrosa e inquietante. Macri está entre la espada y la pared. Y sin embargo, Elisa Carrió lo sigue bombardeando con munición gruesa.
Ya le dijo de todo. Que le había perdido la confianza, por ejemplo.
Lo condicionó como nadie. Le dio un plazo de seis meses para que elija entre Daniel Angelici y ella.
Lo presionó como pocos. Aseguró que si no hace lo que ella quiere, se cae el gobierno.
Elisa Carrió erosionó la investidura presidencial como nunca antes. Pasó todos los límites y Cristina, La Cámpora y los presos de la mega corrupción de estado aplauden con esperanza.
No hay demasiados antecedentes en la historia: una de las principales figuras de Cambiemos le inició juicio político a un ministro de Cambiemos. Cuesta entenderlo. Cuesta explicarlo. La principal socia de Macri en términos simbólicos, inició el proceso para destituir a un ministro designado y ratificado por el presidente. Esto es mucho más grave que una calentura o un enojo circunstancial.
Es una jugada autodestructiva imperdonable. Macri, Carrió y el radicalismo deberían saber que están bailando sobre el Titanic. Que se están peleando en medio de una tormenta económica perfecta que necesita respuestas urgentes de la sociedad. El espectáculo es patético. Pornográfico, diría yo. Están cayendo en las encuestas y dividen a sus simpatizantes y a sus propios votantes entre los que dicen “Lilita tiene razón” y los que argumentan que “A Macri no se lo puede herir tan profundamente”.
Ella dice que con Macri está en un divorcio tan transitorio como necesario. Están jugando con fuego. Amenazó con una posible ruptura en seis meses. Es decir, seis meses antes de las elecciones, tal vez las más trascendentes de la historia. El problema es que el costo político que le produce a Macri es muy alto. Justo en el peor momento de la economía, cuando el país está transitando un ajuste y una estanflación que liquida el salario, el empleo y la ilusión de mucha gente, Elisa Carrió le tira más nafta al fuego.
Los trapitos sucios deberían lavarlos adentro y salir todos juntos a defender las mismas decisiones.
Respeto profundamente el coraje, la formación intelectual, la honradez y la vocación republicana de Carrió. Critico su personalismo que no le ha permitido armar un partido más grande. Muchos grandes dirigentes pasaron por sus filas y se fueron asfixiados por la concentración de las decisiones.
La mayoría de las veces, el huracán Lilita es un viento muy fuerte que limpia la mugre de la política y los gobiernos. Pero a veces, en su potencia arrasadora, se lleva puesto parte de la investidura presidencial y de la vocación de unidad de Cambiemos.
Se puede tener toda la razón del mundo. Pero hay maneras de decirlo sin pegarse tiros en los pies. Todos los días Macri recibe la embestida golpista de los kirchneristas del club del helicóptero. Carrió y Cambiemos no debería darle pasto a las fieras. Y mucho menos tirarse tiros en los pies. O tirarles a la cabeza de su propio electorado. Eso es suicida.

Policía que tira – 4 de diciembre 2018

La ministra Patricia Bullrich puso en marcha un nuevo reglamento para el uso de armas de fuego por parte de las fuerzas federales que están a su cargo. El objetivo es ampliar las facultades para que los uniformados se puedan proteger a sí mismos y puedan protegernos a nosotros frente a los ataques cada vez más sanguinarios de los delincuentes. Hoy la ministra dijo por esta radio que todas las semanas dos policías mueren asesinados.
Argentina necesita fuerzas de seguridad democráticas, de excelencia profesional, pertrechada con la última tecnología y de una honradez a prueba de bala, con perdón de la metáfora. Creo que nadie en su sano juicio se puede oponer a esto. Pero vamos un poco más a fondo en las definiciones. Creo que el estado debe bancar a muerte a los buenos policías que se juegan la vida para defender a los ciudadanos honestos y pacíficos y debe castigar con todo el peso de la ley a aquellos malos policías que apelan al gatillo fácil y la tortura o son delincuentes que ensucian el uniforme que les da el estado.
Hasta aquí, tampoco creo que haya demasiada oposición a esta postura. Salvo aquellos que por cuestiones ideológicas están en los extremos y caen en la condena absoluta a todos los policías por un lado o los que dicen que a todos los delincuentes hay que fusilarlos.
Son dos propuestas enfrentadas, igualmente infantiles y peligrosas. Trataré de explicar los motivos.
Los adoradores de Zaffaroni o de la Correpi no quieren que haya policía. Creen que el delito es consecuencia de las injusticias del sistema capitalista y que por lo tanto los verdaderos delincuentes son los millonarios y no los que salen a robar, violar, traficar droga o asesinar. Es delirante lo que plantean pero en amplios sectores de la justicia, durante años, fue permeando esta presunta actitud humanitaria. Aquí hay varios problemas que no tienen solución.
Durante la dictadura militar la policía fue un brazo más del terrorismo de estado. Comisarios fascistas y criminales como Miguel Etchecolatz o Ramon Camps asi lo certifican. Hubo campos de concentración manejados por la policía. Eso manchó de sangre a los presuntos servidores del orden que fueron castigados convenientemente por los juicios de la democracia. Es cierto que eso dejó un fuerte sedimento de corrupción policial. Muchos están involucrados entre los narcos, los piratas del asfalto y ni que hablar del juego y la prostitución. Pero lo cierto es que en cada policía hoy ya no está más la cara de Jorge Videla. Son en su mayoría muchachos jóvenes de origen humilde que tratan de ganarse la vida del lado de la ley. A esas nuevas camadas hay que capacitar, controlar a fondo y premiar su arrojo y su opción por combatir a los delincuentes y no sumarse a los delincuentes. Insisto: está claro que aquel policía, gendarme o cualquier uniformado que caiga en la corrupción, o al gatillo fácil o la tortura debe ser extirpado de la fuerza correspondiente.
Pero basta de estigmatizar a todos los policías con la corrupción o la mano dura porque si no estamos perdidos y los pistoleros más feroces se van a multiplicar, se envalentonar y van a matar policías como moscas. Este es uno de los países del mundo en donde hay más asesinatos de policías. Cada vez que hay un enfrentamiento en general todo termina con el policía preso y el delincuente libre. Esa señal es letal para la sociedad civilizada y la inseguridad va a seguir creciendo porque los policías honestos, en el mejor de los casos, miran para otro lado cuando ven un delito. ¿Se entiende? La ecuación que hacen es muy fácil. Si los policías que flotan y hacen la plancha siguen ascendiendo por antigüedad y conservan su trabajo y su sueldo, ese debe ser el camino a imitar. Si el que se juega la vida es procesado y encarcelado, lo mejor es borrarse y que el delito lo combata magoya.
¿Está claro? El estado no debe permitir que ningún argentino cometa delitos. Y si tiene uniforme mucho menos. Pero debe apoyar y fomentar que se combata el delito.
Es sencillo, lo dijo Perón: dentro de la ley todo, fuera de la ley, nada.
El otro extremo ideológico, el de la ultraderecha cruel es igualmente repudiable por la inmensa mayoría de los ciudadanos. No se puede fomentar que se tire a matar a mansalva. Es discriminatorio y fomenta el odio racial que le da a los delitos un color de piel o un lugar en la pobreza o exclusión.
Otra frase básica que necesitamos incorporar: el que generaliza discrimina. No es cierto que los excluidos o marginados sean todos ladrones, como dicen los nazis criollos. Es al revés, muchas veces las principales víctimas de los delitos son los más humildes. Les roban sus mochilas o sus zapatillas y sus hijos no pueden salir de noche ni a la esquina.
Aquí si hay una ancha y gigantesca avenida del medio. El estado tiene que perseguir y castigar todos los delitos con la mayor firmeza posible. No importa si el que lo comete tiene uniforme o no.
Pero hay que exterminar esos prejuicios de quienes ven un uniforme y ven un represor corrupto y quienes ven un morocho humilde y ven un secuestrador.
Ese camino nos lleva a la justicia por mano propia. Al ojo por ojo que termina con la sociedad ciega. Y a la venganza que es el más primitivo y reaccionario de los sentimientos. No estoy para nada de acuerdo con la pena de muerte. Además es ilegal. No existe en la Argentina. Aunque como dijo Rolando Barbano, muchos jueces presuntamente garantistas decretan la pena de muerte de hecho para las víctimas de delitos.
Pero tampoco estoy de acuerdo en que los que roban, violan o matan, entren por una puerta y salgan por la otra muchas veces antes que la familia entierre a su muerto.
No estoy de acuerdo con “el viva la pepa” nefasto de las excarcelaciones. Delincuentes peligrosos y reincidentes seriales son liberados con una facilidad criminal.
Los jueces deben comprender que gran parte de su responsabilidad es que se cumplan las penas, que los juicios sean rápidos. Es la única manera de garantizar paz y tranquilidad a las familias argentinas.
Necesitamos una policía de manos limpias y de mano justa, no de mano dura y tampoco de brazos caídos como en estos últimos tiempos.
Y el gobierno debe seguir con la depuración de las fuerzas de seguridad. Los Kirchner y casi todos los gobernadores se hicieron los tontos y pactaron con las mafias de uniforme. En la provincia de Buenos Aires, tanto María Eugenia Vidal como Cristian Ritondo metieron el bisturí para hacer cirugía mayor. Por eso los amenazan. En la provincia, desde que llegó Cambiemos, fueron separados de la bonaerense 8.300 policías. ¿Escuchó bien? 8.300 malos policías separados. En dos años. Hay 1.500 exonerados y 600 detenidos. Todavía falta. Pero se avanzó mucho en la lucha contra la corrupción policial. Scioli y Cristina no hicieron nada. Convivieron y regentearon las mafias policiales.
¿Se acuerda de Cristina que ignoró el reclamo y dijo que era un problema de los ricos y una bandera de la derecha? ¿O de Aníbal Fernández, cuando no, que rompió el boludómetro y dijo que era una mera sensación térmica.
No hay que caer en el autoritarismo ni en la anarquía que genera pasividad. Hay que reconstruir la autoridad. Autoridades policiales y judiciales que apliquen la ley con todo rigor y sin amiguismos.
La aspiración de todos, gobernantes y gobernados, debe ser “vivir sin miedo y no convivir con el miedo”. Así de simple y contundente. El miedo es el peor veneno de una sociedad y de un individuo. Siempre el pánico nos saca lo peor de nosotros. No hay sociedad democrática sin premios ni castigos. Es como invertir en forma perversa el orden de los derechos humanos. Solo se respetan para los que cometen delitos y no se cuida al familiar o al que padeció ese delito. Nada más reaccionario y antipopular que no defender el principal derecho humano que es el derecho a la vida. Para Cristina y su banda la víctima era el delincuente.
Hay que gritar que se apliquen todas las leyes. Todas las leyes, menos una: la ley de la selva.

De la barra brava al Colón – 3 de diciembre 2018

En las últimas semanas tuvimos la gran oportunidad de ver, en toda su crudeza, las dos Argentinas que coexisten en este proceso de transición. Son dos países que expresan claramente esa idea de Antonio Gramsci de que lo nuevo no termina de nacer y que lo viejo no termina de morir. Estamos en el medio del río. El populismo autocrático y cleptocrático encarnado en Cristina, todavía tiene potencia electoral y presencia cultural. Y el republicanismo pragmático, liberal democrático representado por el presidente Macri no va a lograr consolidarse hasta un definitivo triunfo en las urnas en el 2019. Todavía falta mucho para ver si esto ocurre.
Es una batalla de las ideas acerca de cuál es la Argentina en la que queremos vivir y proyectar para nuestros hijos.
Va a depender de nosotros porque son los pueblos con su experiencia cotidiana los que van construyendo los nuevos senderos. Con avances y retrocesos, por supuesto. Con aciertos y errores. Tampoco hay demasiada experiencia en el mundo de una salida exitosa de la degradación de los valores que producen los chavismos en todas partes. Dejan tierra arrasada en lo económico y un aislamiento internacional que nos condena. Instalan la demagogia judicial a favor de los delincuentes, el clientelismo feroz lindante con la esclavitud y un concepto facilista y atroz de que cada problema que tenemos es culpa de otro país y no de nuestra propia ineficiencia. Esto hace que nunca nadie se haga responsable de los fracasos. Siempre hay un culpable que nos viene a quitar lo nuestro. En los populismos de presunta izquierda el enemigo es imperialismo y la derecha. En los populismos de presunta derecha, son los inmigrantes.
Las dos Argentinas son como dos volcanes que cada tanto producen una erupción y ocupan el centro de la escena.
En lo ideológico todos hemos visto muy cerca la propuesta de cada sector. En Ferro, el primitivismo reaccionario disfrazado de progresismo que tiene como utopía, dictaduras como la Cuba de Fidel o la Venezuela de Chávez. Sus categorías de análisis son tan vetustas que califican al G-20 como un instrumento de dominación neo liberal que nos quiere sojuzgar. Cuesta encuadrar dentro de esos parámetros a los Estados Unidos actuales que hoy son tan proteccionistas como lo fue el justicialismo fundacional. Tan es así que hasta el troglodita de Guillermo Moreno definió a Donald Trump como un peronista. Por aquello de vivir con lo nuestro, desarrollar la industria nacional, y apelar a los sentimientos para construir la grandeza de la patria. Es cierto que China defiende al libre mercado pero fronteras adentro gobierna un comunismo férreo y de mano dura que no permite la libre expresión y que en muchos casos viola los derechos humanos.
Esta es una de las principales diferencias entre las dos Argentinas. La del pasado que nos aisló del mundo y nos obligó a tener relaciones carnales y corruptas con Venezuela, Cuba o Irán, países donde falta justicia social y libertad y se persigue a los homosexuales y a cualquier otro tipo de diversidad. Ni hablar de la corrupción de los que se creen dueños de la verdad. Casi todo el gabinete de Cristina está preso y la ex presidenta tiene el año que viene una ruta de juicios orales que puede terminar en la cárcel. Dilma Rouseff habló de injusticia pero la inmensa mayoría del partido de los Trabajadores con Lula a la cabeza, han demostrado niveles de corrupción nunca vistos que involucraron a casi toda la clase política de Brasil. Rafael Correa, tuvo que huir de su país porque la justicia le exige explicaciones en varios casos muy sospechosos. Y eso que gobierna quien fuera su vicepresidente.
El G-20 nos permitió volver al mundo de la racionalidad, el comercio multilateral que sea conveniente para todos y a condenar todo tipo de terrorismo y corrupción. Los líderes más importantes del planeta, con todos sus matices y diferencias de pensamiento, reconocieron que vamos por el camino correcto más allá de todo lo que falta, de la crisis económica y de los errores cometidos por Cambiemos. Nos abrieron la puerta nuevamente, nos dieron otra oportunidad pese a los 12 años de un kirchnerismo agresivo y hostil. Representan el 80% de la inversión mundial y el 85% del Producto Bruto global.
Y Argentina, les abrió los brazos para recibir sus inversiones para generar más trabajo y progreso. El presidente Macri dijo que esto demuestra que se puede mantener buenas relaciones de mutua conveniencia con todos los países. No hay porque elegir entre Estados Unidos y China. Ambos son inversores de primer nivel en esta tierra. Estados Unidos es el más importante en términos económicos y China puede ser la primera potencia mundial dentro de 12 años si mantiene este ritmo de crecimiento y expansión. En el comienzo del proceso de reformas, Deng Xiaoping fue muy contundente respecto del rol del pragmatismo: “No importa el color del gato, si es blanco o negro, lo importante es que cace ratones”.
Macri gato todavía tiene muchos ratones que cazar. Tiene que cumplir sus promesas de bajar la inflación, los impuestos y la desocupación. Tiene que colocar al país en la senda del crecimiento con inclusión social y una renovada apuesta a los valores del sacrificio y de la meritocracia que heredamos de nuestros padres. Jorge Fernández Díaz en su brillante columna de ayer denunció que para la berreta concepción de las izquierdas jurásicas esas actitudes son individualismos reaccionarios y neoliberales. Por eso los gremialistas autoritarios de los docentes se niegan a seguir capacitándose, algo único en el mundo o los alumnos chetos que toman escuelas incentivados por maestros que se llenan la boca hablando de la educación pública y no han logrado otra cosa que llenar las escuelas privadas, sobre todo las parroquiales que son más accesibles para los más pobres que dicen defender.
Hay un país barra brava que debemos enterrar definitivamente. La prepotencia, la ocupación de calles, puentes y terrenos por la fuerza, la apuesta a las capuchas los palos, las piedras y las bombas molotov fueron generando un hartazgo piantavotos que asustó a la propia Cristina. Estuvo fogoneando todo tipo de protesta contra el gobierno, llevando al extremo todos los conflictos, incentivando la violencia pero ahora, puso el freno. Los K no fueron a la marcha en contra del G-20 porque Cristina lo ordenó. Eso produjo una de las manifestaciones menos masivas de los últimos tiempos y dejó en evidencia que son siempre los mismos. Se debe reconocer que hubo un gran avance. Los grupos de la izquierda que van a las elecciones a sumar legisladores, expulsaron a los 15 loquitos vestidos de negro, con la cara oculta y dispuestos a incendiar todo. No solo Cristina se dio cuenta que los tira piedras y los gordo Mortero producen rechazo y antipatía aún dentro del universo de centro izquierda. Hoy despiertan más empatía, socialdemocracias más razonables y honradas como el Frente Amplio de Uruguay o el socialismo de Michelle Bachellet que los viejos patrones jurásicos marxistas.
La militancia democrática reconoce que es difícil construir consensos y alianzas amplias y competitivas si se levantan las banderas autoritarias o delictivas de Hebe de Bonafini, Milagro Sala, Luis D’Elía, Julio de Vido o César Milani. Los quisieron convertir en mártires que produzcan adhesión y lograron transformarlos en líderes módicos y tóxicos que expulsan al público independiente y soñador.
El encuentro de Ferro, las atrocidades del lumpenaje futbolero en el estadio Monumental y los ataques al Congreso de la Nación y la Legislatura de la Ciudad, son un combo de todo lo que rechaza la inmensa mayoría de los argentinos.
Por el contrario, el diálogo inteligente y amigable con todos los países, los acuerdos comerciales bilaterales para el crecimiento, el combate al crimen organizado y a los narcos y el orden democrático para que todos se expresen pacíficamente demostraron que es posible que termine de nacer la nueva Argentina. Que algo está cambiando. Que hay dolores que son por las injusticias pero que también hay dolores del parto. Con el G-20, el presidente Macri y Cambiemos retomaron la iniciativa y dejaron de estar a la defensiva. Macri estaba contra las cuerdas y ahora recuperó el centro del ring. Eso no garantiza que se solucionen todos los problemas de la noche a la mañana o que el gobierno deje de cometer errores en la política y en la comunicación. Pero le abre una nueva oportunidad. Después de la batalla del River y Boca, se instaló un clima de derrota social, de bajar los brazos, de decir que este país no tenía solución y que los argentinos no teníamos remedio. Fue muy ostensible el bajón anímico. Pero el G-20 en general y el teatro Colón en particular revirtieron esa situación y le hicieron recuperar el optimismo y la autoestima a grandes sectores. Macri emocionado frente a la diversidad cultural y la excelencia artística, con el aplauso sincero de todos los principales jefes de estado fue una síntesis de que si hay disciplina, excelencia, orden, patriotismo y liderazgo se pueden hacer las cosas muy bien. En el escenario o en la platea podrían haber cantado el “sí se puede”, que expresaba con rigurosidad lo que había pasado. Pero la mayoría no quiso ofender a nadie con un canto vinculado a lo partidario y avanzó el con “Ar-gen-ti-na” que nos incluye a todos y que integra y que intenta cohesionarnos para ser más fuertes y construir un país con más igualdad para todos. Ese grito de Ar-gen-ti-na, ese llanto contenido, esa capacidad de reponernos aún de las peores cosas, es un alarido de esperanza. Nada está resuelto y no hay que caer en triunfalismos. Pero el G-20 y el Colón nos dieron otra oportunidad. Depende de nosotros hacerle honor o tirarla por la borda. Del país del insulto barra brava al país de la cordialidad y la República. Siempre las naciones dependen de sus pueblos. Ellos deciden cuando hay que parir algo nuevo y cuando enterrar lo viejo. Civilización o barbarie. Democracia o mafia. Espero que el cambio se consolide pronto. Antes de que sea demasiado tarde para lágrimas.