El héroe del submarino – 15 de enero 2018

Los 44 son héroes. Hay un lugar donde están seguros: los 44 tripulantes del submarino San Juan están en el corazón de todos los argentinos. Pero a dos meses de la tragedia que conmovió al mundo yo quiero hacer un humilde homenaje a esos marinos que arriesgaron su vida para defender y cuidar nuestras fronteras marítimas. Por eso le quiero hablar de uno de ellos que es como hablar de todos. Quiero contarles la historia de Aníbal Tolaba, el más chico de todos los que bajaron a las profundidades del mar hace 60 días y todavía no tenemos noticias de ellos. Aníbal tenía apenas 25 años y era cabo segundo y uno de los tres sonaristas del grupo y uno de los ocho jujeños que están en el fondo del mar. Salieron de la tacita de plata, cerca de las bellezas de Purmamarca, a 1.259 metros sobre el nivel del mar y, según dice la armada de los Estados Unidos, tuvieron el accidente a 380 metros de profundidad. Los especialistas dicen que se produjo una implosión de 40 milisegundos y que todo terminó. Esa es la ciencia. Pero el amor de los familiares y los amigos dice otra cosa. Sueñan, ruegan, rezan y creen que están vivos. No se resignan. La esperanza es lo último que se pierde y por eso reclaman con desesperación que sigan buscando. A los pocos días de haber perdido contacto, había 30 naves que los estaban buscando. En ese momento el presidente Mauricio Macri estuvo con los familiares en la Base Naval y trató de darles contención y afecto porque buenas noticias no había y hasta ahora no hay. En los últimos tiempos, habían quedado en el barrido y la búsqueda, el buque oceanográfico ruso Yantar y la corbeta argentina Spiro. En las próximas horas se va a sumar el barco “Islas Malvinas” a pedido de los seres queridos que no pueden aceptar que sus familiares y amigos hayan muerto o se hayan desintegrado en lo más profundo e insondable del océano.
En el barrio “El Chingo” de la capital jujeña vive Margarita Díaz, la madre de Aníbal. Ella estuvo enseguida en la Base Naval de Mar del Plata, acá nomás a unos 5 kilómetros. Pero cada vez que le daban la información diaria, ella se descompensaba y la tenían que atender los médicos y los psiquiatras de la fuerza. Por eso esta vez no fue su madre, Margarita. Fue su hermana mayor, Antonia que fue la encargada de cuidar a los más chicos de los 9 hermanos. Antonia se recibió con un esfuerzo monumental de maestra de grado y de profesora de teatro. Cada vez que Aníbal regresaba a Jujuy le pedía el manjar que se le hacía agua a la boca: la lasagna. Era su plato preferido. Siempre quería ese mimo del plato humeante en la mesa familiar cuando recorría los 1.500 kilómetros desde Buenos Aires para volver a Jujuy.
Aníbal siempre traía alguna foto de sus aventuras para dejarle de recuerdo a su madre. Con el uniforme de gala, blanco, impecable. O con el chaleco naranja salvavidas. La preferida, la que está en el espejo del living es la foto de Aníbal en el puerto de Tierra del Fuego, con el fondo de los picos nevados y el canal de Beagle. Aníbal y su rostro recio parecen mirar el horizonte. O recordar aquellas calles del barrio, de la canchita donde tantos jujeños a pura gambeta soñaban y sueñan con ser otro Burrito Ortega, millonario en todo el sentido de la palabra. Al fútbol se las rebuscaba. Pero la gloria de Aníbal era ir a pescar. Ya el agua y lo que hay debajo del agua le producía un misterioso atractivo. Pescaban con una cañita de morondanga y luego comían lo que fritaban en el sartén que habían tomado prestado de la casa de alguno de sus amigos.
Aníbal era prolijo, ordenado, buen alumno en la escuela primaria número 10, José de San Martin y en el comercial donde terminó el secundario. Estudió con un sacrificio tremendo en la Armada. Eran muy exigentes. El les decía a sus hermanos: “Hay que ser muy valiente para estar arriba de un barco y con uniforme militar”.
Margarita no se resigna. Es su hijo el que no está. Y nadie puede calmar su desgarro, el agujero negro que tiene en el alma: “Que me lo devuelvan, vivo o muerto. No soporto mas esta incertidumbre, no puedo hacer el duelo.”
Aníbal alquilaba una vivienda humilde en Mar del Plata. La dueña de casa lo amaba por la buena onda y el afecto que siempre tenía. Si hacía un asadito con Karen, su novia, o con sus compañeros de trabajo siempre le acercaba a la propietaria un plato con alguna costilla o un matambre. Ella lo sigue llorando como si fuera su hijo.
María Victoria Morales, la madre del tucumano Luis García que era electricista del submarino dice siempre que cada parte que les dá la marina los parte al medio a ellos. Es que en general no hay mucho que decir. Los silencios son eternos, las lágrimas cotidianas y profundas. Hay familiares que todavía les siguen mandando mensajitos de texto a sus celulares. O que llevan sus fotos colgadas del cuello y dicen “prohibido olvidar” o “Todos somos los tripulantes del San Juan”.
Otra de las madres, todos los días camina por la arena, se acerca a las olas y le exige al mar que le devuelva a su hijo. Enojada le reclama que aparezca con vida.
Argentina es el octavo país del mundo en cuanto a la dimensión de nuestro territorio. Y nuestro gigantesco litoral marino duplica esa magnitud. Eso es lo concreto, lo tangible que custodiaban estos 44 héroes.
Quiso el destino que me tocara viajar con Antonia, la hermana de Aníbal Tolaba. Estaba con sus tres hijos y no sabía en qué asiento debía sentarse. Era la primera vez en su vida que viajaba en avión. La pude orientar con la tarjeta de embarque y ella me contó quien era. Me pidió que los periodistas y el gobierno no nos olvidáramos del submarino San Juan y de su gente. Le prometí que iba a contar la historia de su hermano como una manera de poner el tema en primer plano. Y ella entre lágrimas, me contó muchos de los datos que utilicé para escribir este texto.
Aníbal trabajó siempre para pagar sus estudios. De lustrabotas o vendiendo diarios o haciendo changas. Pero apostó a los valores y a la dignidad en un barrio atravesado por las privaciones, la droga y el alcohol. Estaba orgulloso de vestir el uniforme de la patria y de ser el encargado como sonarista de registrar en una computadora todo tipo de ruidos y novedades que se escucharan bajo el agua. Ahora lo buscan a ellos. La inmensidad del océano se tragó una mole de 2.700 toneladas y 60 metros de largo pero está diseñada para no ser visualizada. Ni la tecnología más avanzada del robot de búsqueda subacuático ruso han podido detectar nada.
Antonia la hermana le enseñó a los dos hermanos más chicos a hacer esa lasagna que tanto les gustaba. Aníbal aprendió a hacerla pero Fernando, el más pequeño, también se alistó en la marina como cocinero y su especialidad es la lasagna. Herencias de familia, dice.
La última vez que Antonia vió a su hermano Aníbal le dio un abrazo profundo y le regaló un “devocional”, un libro que tiene una plegaria diaria bíblica que ayuda al rezo y a la reflexión. En un mural que se hizo en homenaje a los 44 gladiadores, en Rosario, aparece Jesús dibujado que dice “No buques en lo profundo lo que está en lo alto conmigo”.
Esa fe es la que le da fuerza a Margarita para seguir pese a que la vida le amputó un hijo.
Unos animales que se creen revolucionarios pintaron con anarquismo su odio: “44 menos”. Una cachetada a la condición humana que debemos superar con actitud humanista, solidaria y comprensiva del dolor de nuestros compatriotas.
Hay 44 héroes del submarino San Juan que hace dos meses perdieron todo tipo de contacto. La fría lógica indica que están todos muertos. Pero quien soy yo para anunciar semejante drama a una madre o a un padre.
Prefiero no dar precisiones porque no las tengo confirmadas. Hay 44 héroes en la profundidad del mar custodiando nuestra soberanía. Los seguimos buscando a todos. A Aníbal lo espera su madre Margarita y su hermana Antonia con un humeante plato de lasagna. Es lo menos que se merece el héroe del submarino.

Mafias y bolsos K – 12 de enero 2018

En un ejercicio de imaginación e ironía, podríamos escuchar a los muchachos de La Cámpora gritar: “Cristina/ Cristina corazón/ aquí están los bolsos/ para la liberación”. Y a la luz de lo que se está descubriendo en estos días, se podría cambiar la palabra “bolsos” por “mafias”. Aquí están las mafias para la liberación. Y Cristina lo sabe. Porque estamos asistiendo al deschave pornográfico y repugnante de dirigentes sindicales mafiosos que se hicieron millonarios bajo el poncho de Cristina y que le robaron a sus propios trabajadores, a los empresarios y, en definitiva, al país.
La historia de los bolsos llenos de pesos, dólares y euros viene desde el fondo de la era K. La marroquinería de los pingüinos malandras incluye también valijas como las de Antonini Wilson. ¿Se acuerda de esos 800 mil dólares que llegaron de Chávez, en un avión fletado por el gobierno K, para la campaña de Cristina? Aníbal Fernández dijo que Antonini no tenía nada que ver con ellos y después las cámaras lo mostraron en un acto en la Casa Rosada.
Hoy podemos decir que esos 800 mil dólares eran un vuelto al lado de las colosales montañas de dinero robado que se llevaron casi todos los cristinistas.
El secretario privado de Néstor Kirchner fanfarroneaba ante Miriam Quiroga y le decía: “Agarrá este bolso, fíjate lo que pesa”. Estaba lleno de billetes sucios de la corrupción. Lo denunció la propia secretaria íntima de Néstor. Y Muñoz que era apenas un cadete con corbata, un correveidile al que Kirchner abofeteaba y manoseaba a gusto y piacere, se robó más de 50 millones de dólares. ¿Qué me cuenta? No estamos hablando de Cristina o Máximo ni siquiera de Julio de Vido. El mayordomo de Néstor y su esposa compraron un imperio inmobiliario en Estados Unidos donde gastaron más de 50 millones de dólares y que incluía hasta un mini shopping además de varios departamentos en Miami y Nueva York. ¿Qué tal? Y eso es solo lo que se descubrió. ¿Era dinero de Néstor que Muñoz lo invertía como testaferro o Muñoz se quedaba con algunos bolsos de los que llevaba de acá para allá? Nunca lo sabremos.
Y hay muchos más bolsos para este boletín. La celebridad de los bolsos sin dudas se la lleva Josesito López y el monasterio de las monjas que vieron el milagro y rezaron por la lluvia de billetes y de un arma en plena madrugada. Después de contar con maquinitas especiales de esas que tienen los bancos (otro objeto icónico de la década robada), se anunció que esos bolsos abultados tenían 8.982.000 dólares, pero que también había euros, yenes y moneda de Qatar. Josesito que apareció con el casco y el chaleco antibalas (otro objeto icónico) confesó que era plata de la política. No quedó claro si se refería a la actividad política o a la dirigente política que lo conducía, es decir Cristina.
Se vieron otros bolsos, otras maquinitas de contar billetes y más tarde otros cascos y chalecos en La Rosadita, con habanos y “guiscachos” donde se armó el concubinato del delito entre Lázaro Báez y su familia, Fariña, Elaskar, Rossi y otros malandras atorrantes de estado.
La banda de Milagro Sala, liderada por su lugarteniente Shakira, también protagonizó una filmación donde cargan bolsos y bolsos en una camioneta y los sacan del banco de Jujuy. Dinero que venía de la Casa Rosada y que volvía a Olivos. Coimas que van y coimas que vienen. Hace unos días apresaron al Jose López de Jujuy: Diego Matus, cuñado del principal proveedor de las obras de Milagro Sala. También había billetes nacionales, norteamericanos, joyas y otros objetos de valor.
La mafia de los contenedores en la Aduana que integraba el Mono Miniccelli, cuñado de don Julio De Vido también llenaba bolsos de dinero ante las cámaras. Pero no era ficción ni magia. Era y es mafia.
Ni hablar de los pistoleros y extorsionadores que fueron cayendo en los últimos tiempos. Juan Pablo El Pata Medina de la UOCRA La Plata, su mellizo metodológico de Bahía Blanca, Humberto Monteros o del Caballo Omar Suarez y de Marcelo Balcedo.
Todos chorros. Son ocho los monos. Yo los conozco. Todos mafiosos. Todos con los bolsos vomitando dinero ajeno. Todos apoyando a Cristina o a Scioli o a ambos. Todos cantaban la marchita y vamos a volver con Cristina y su ballet.
Son personajes nefastos que por suerte están presos.
Extorsionadores. Les robaban los fondos a los propios trabajadores que decían representar y se llenaban a boca diciendo que son nacionales y populares y pelean contra los ricos de Macri. En todos sus lugares de actuación, en las obras en construcción, en las vías navegables y los puertos y en las escuelas había menos trabajo porque los que no querían dejarse apretar ni pagar coimas se tenían que ir a otro lado. Las calles de asfalto para reemplazar la tierra, las casas populares y las cloacas se hacían más lentamente y en menor medida por los sobre precios y las patoteadas que debían sufrir los constructores. Los barcos no querían llevar ni traer mercadería a la Argentina. Los afiliados al SOEME pagaban un peaje sin darse cuenta.
Todos estos muchachos se hicieron millonarios con el dinero de todos. Autos lujosos y mansiones dignas de narcos con los que algunos tienen relaciones carnales, excentricidades como zoológicos de nuevo rico, armas, drogas, motos robadas, diamantes incrustados en dentaduras, manteca al techo mientras los laburantes se matan laburando y un par de puntos de inflación les pueden arruinar su vida cotidiana y la de sus familias.
El ministro Cristian Ritondo que viene del peronismo desde la cuna los calificó de “lacras”. Monteros incluso está acusado de violencia de género. Tres veces su ex pareja, Liz Garay lo denunció pero todos miraron para otro lado pese a que había 60 testimonios que lo confirmaban.
A Balcedo acaba de entrarle la Interpol a su Gran Chaparral para recuperar los animales que tenía en su zoológico ilegal. Le descubrieron otro avión más, un yate, tres mansiones nuevas y 7 millones y medio de dólares escondidos. Dicen que es el lavado de dinero más grande de los últimos tiempos en el Río de la Plata. Le doy un solo dato: Balcedo pagaba 16 mil dólares por mes de luz por el cerco perimetral electrificado y las cámaras de seguridad infrarrojas que tenía para cuidarse.
La hipocresía de estos tipos no tiene límites. Son un sistema nefasto que hunde al país hace más de 20 años. Nadie se atrevió a juzgarlos y meterlos presos y eso que todos sabían. Pero miraban para otro lado, algunos por miedo y otros por complicidad y los pagos que recibían. Y todavía faltan muchos por caer. Hay varias investigaciones en marcha. Cuesta creer la cara de piedra de algunos que todavía son capaces de decir que estamos ante un cuadro de persecución política para sacar de la cancha a los que defienden a los trabajadores. Esa es una mentira tan grande como la fortuna que tienen todos los que están presos en Ezeiza y Marcos Paz. Los persigue la ley y la justicia. No hay ideología en esto. Y tampoco es cierto que estos monigotes forrados en plata que perdieron la impunidad hayan defendido alguna vez a los trabajadores. Son todos burócratas que ganan elecciones de prepo o con las armas en la mano y en la mayoría de los casos con lista única. Tenían atemorizados o coimeados a empresarios, funcionarios, jueces y policías. Creían que la joda les iba a durar toda la vida.
Insisto con lo que le dije el otro día. Yo no creo que todos los kirchneristas y todos los sindicalistas sean ladrones. Eso sería generalizar y el que generaliza discrimina. Pero es cierto que hay un silencio que se parece mucho a la complicidad. No hay comunicados de la CGT repudiando a los de la UOCRA o al Caballo o a Balcedo. Por el contrario, amenazan diciendo que si le siguen pisando la cola al león del sindicalismo este gobierno no termina como le pasó a Alfonsín y De la Rúa. Golpismo en estado puro. Si se meten con nosotros vamos a incendiar todo. Que este gobierno se caiga a pedazos, dijo Hebe. Macri no termina su gobierno y debe renunciar, vomitó D’Elía desde la cárcel.
La CGT no toma distancias de los chorros. No dicen que esos son dirigentes que mancillan y deshonran a los verdaderos representantes de los trabajadores. El Partido Justicialista, el Frente para la Victoria o Unidad Ciudadana entran en el mismo cono de silencio. No salen a repudiar a los estafadores ni a los violentos. Esa falta de condena es demasiado parecida a la complicidad. A defensa corporativa. El que calla otorga.
Hay demasiados bolsos llenos de dinero sucio en nuestra historia reciente. Demasiadas maquinitas de contar billetes. Lo único que no es suficiente son los cascos y los chalecos para llevar a la cárcel a estos conspiradores autoritarios que tienen más plata que los ladrones. Y que humillan a los que dicen defender.

Tévez volvió al barrio – 11 de enero 2018

Yo nunca me fui del barrio, siempre estoy volviendo, dijo alguna vez Aníbal Troilo, Pichuco. Vuele bajo porque abajo está la verdad, cantó Facundo Cabral. Muchos sicólogos recomiendan que frente a algún tipo de confusión en los caminos de la vida, lo mejor es regresar a las raíces, a ese lugar donde hay contención, donde se forjó nuestra identidad.
Eso hizo Carlos Tévez. Dejó por 45 días el lujo asiático de China y volvió a vivir a Fuerte Apache con sus viejos amigos, donde están las necesidades básicas insatisfechas y el peligro. De nada le sirvieron los millones de dólares que ganó en buena ley. El combustible que necesitaba lo fue a cargar entre los más pobres de los pobres. Fue a darse un baño de realidad y humildad. Hasta que se le pasó el mareo y recuperó las ganas de gritar gol con la camiseta de su vida. Y recién ahí, decidió volver a Boca, a esa Bombonera que late y mientras tanto, hizo un par de goles en los picados con sus amigos de toda la vida.
Atrás quedó el cuento chino. Los autos con choferes, las mansiones y el contrato con el Shanghai Shenhua.
Hablo de Carlos Tévez. De Carlitos. Del apache. O del jugador del pueblo, como usted prefiera. Su vida es un verdadero ejemplo de superación. Creo que pocos ciudadanos surgieron de tan abajo, con tantas dificultades y llegaron tan arriba, con tantos valores.
No conozco ninguna persona que haya sido tan castigada por la vida y que luego haya sido tan premiada. Su infancia fue un calvario producto del destino y la injusticia social y su actualidad es una gloria gracias a su esfuerzo y su coraje.
Carlos Tévez nació en la pobreza más extrema y en la marginalidad típica de las villas miserias. Pobrecito, apenas tenía 6 meses cuando su madre, Fabiana, lo abandonó. Tal vez Carlitos no tenga memoria de aquel drama. Pero cuatro meses después, la tragedia le dejó una marca para toda su vida. Una pava repleta de agua hirviendo para el mate se derramó sobre cuerpito. Es un accidente doméstico muy común que aterra hasta los médicos. Las ollas siempre deben estar en las hornallas de atrás de la cocina. Pero en este caso no había ni hornallas ni cocina. Había un humilde braserito para todo uso puesto sobre el piso de tierra. Y por eso pasó lo que pasó. Lo llevaron de urgencia a la salita de primeros auxilios de Fuerte Apache y de ahí al hospital. Pero en su desesperación sus seres queridos, los que no lo habían abandonado, lo envolvieron en una manta con fibra de nylon. Eso hizo todo más grave y terrible. El plástico se derritió con el calor y se adhirió a la piel del chiquito en llamas de llanto. Estuvo a punto de morir. Se pasó dos meses en terapia intensiva y la valentía que siempre tuvo le ayudó a salir a flote pero con una cicatriz gigantesca que va desde su oreja hasta el pecho pasando por el cuello. Sufrió las curaciones durante meses. Y el peligro de las infecciones en un ámbito desolador.
Por suerte, la humanidad siempre gana y fue criado y educado por sus tíos maternos. Por la hermana de su madre y por su esposo, don Segundo Tévez que le dio apellido y dignidad aunque en medio de las privaciones más atroces. Pero esto no fue todo. Su padre biológico, Juan Alberto fue asesinado en un enfrentamiento de 23 balazos.
Carlitos tenía solo 5 años y un amor incondicional por la pelota. La dominaba como nadie entre las piedras, el barro y los perros flacos. Era magia lo que surgía de sus pies alados. Destellos de luz en cada gambeta en la canchita del club Santa Clara, al lado de la parroquia y frente a la radio comunitaria. Alguien corrió la bola y un delegado de All Boys lo fue a buscar. Don Segundo Tévez, con todo el dolor del alma y un nudo de lágrimas en la garganta le dijo: “No te puedo mandar al pibe para que se vaya a probar porque no tiene zapatillas”. Jugaba descalzo o con un par de championes rotos que le prestaba un vecino.
El fútbol le dio la nutrición y la potencia muscular que no tenía. Se ordenó su vida y encontró un objetivo para seguir. Carlos siempre dice que si no hubiera sido jugador de fútbol hubiera terminado preso o muerto por entreverarse en el delito. Es que en esos lugares tan extremos de marginalidad no hay muchas opciones. Hoy algunos de esos pibes eligen ser soldaditos de la droga. Y así se compran una moto, unas altas llantas y seducen a la mejor de las pibas. Es doloroso pero rigurosamente cierto. De hecho uno de los pocos hermanos biológicos con el que mantenía relación está condenado a 16 años de prisión por asaltar un camión como pirata del asfalto. Uno de sus amigos de infancia, apodados “Cabañas” fue jefe de una banda criminal temible llamada “Los Backstreet”.
Todo eso me maravilla. Me lleva a preguntar como hizo un ser humano tan castigado para superar todo eso y convertirse en lo que es hoy.
Se la hago corta. Salió campeón en 23 ocasiones y casi siempre fue el goleador del equipo. Y el compañero más querido. Y el más venerado y ovacionado por los hinchas de todos los colores. En Boca fue y es uno de los ídolos más grandes de todos los tiempos y es comprensible. Pero fue muy querido y valorado en el Corinthians de Brasil, país en el que los futbolistas argentinos tienen que rendir un doble examen. Hasta Lula lo invitó al palacio Planalto y le pidió una camiseta del equipo que ama desde que era tan pobre como Tévez pero en una favela en lugar de Fuerte Apache.
Allí Carlitos empezó a hacer sus primeros palotes con los idiomas. Se las rebuscaba en el portugués. Pero lo titánico para él fue triunfar en Inglaterra. En tres equipos. A uno lo salvó del descenso, el West Ham y a los otros dos los hizo salir campeón y fue amado por los hinchas de los otros dos que en Manchester son enemigos a muerte, como River y Boca. Carlitos jugó en los dos y dio la vuelta olímpica con los dos. Y amagó con el inglés para un lado y salió por el otro, pero se hizo entender. Si para un argentino es difícil triunfar en el fútbol brasilero, hay que imaginarse lo que debe ser en Inglaterra donde la guerra de Malvinas y viejos odios todavía pesan bastante. Pero Carlitos superó todo eso. Y fue ganando fortunas en euros. Le doy un dato que resume la dimensión de su talento. Noel Gallagher, el cantante de Oasis, una mega estrella, un día en las elecciones de Gran Bretaña puso en la urna un papel que decía: “Voto a Tevez”.
En Italia, en la Juventus repitió la historia de campeonatos y goles y afecto de los tanos que daban la vida por él.
No digo que Carlos Tévez fue perfecto o un robot de lo políticamente correcto. Hizo algunas macanas, como hacemos todos. Se peleó con un grandote que lo discriminó y lo trepó, literalmente por sus rodillas hasta su cara y lo cagó a trompadas. Discutió con Mancini y se fugó a la Argentina hasta que lo suspendieron y tuvo que pagar una multa de un millón 400 mil euros. ¿Qué me cuenta? Pero en todos lados fue un ejemplo de esfuerzo, de huevos para poner en cualquier cancha y de compañerismo. Por eso se ganó el afecto de todo el mundo. Incluso de sus rivales. Tuvo un desliz y se fue de trampa con una actriz muy bonita pero siempre mantuvo su hogar como un altar de la familia. No se casó con un gato que le comiera la billetera. Se casó con Vanesa Mansilla, la piba de barrio hermosa y bancadora que lo acompaña hace 20 años. Con ella tuvo tres hijos por los que dá la vida y jamás abandonará: Florencia, Katia y Lito Juniors. Varios de sus golazos los festejó con el pulgar en la boca como tomando de la mamadera o llevó a los pibes a las vueltas olímpicas. Hoy es amigazo de dos cordobeses que le producen felicidad con lo que hacen porque él también lo hace. El cuarteto de la Mona Giménez y el golf del Pato Cabrera. Otra vez dos mundos presuntamente enfrentados como el golf y el cuarteto unidos por Carlitos. Tiene luz y alma de bueno. Pudo haber sido un delincuente y se transformó en un tipo solidario que visita chicos en hospitales y gente que sufre. Denunció la pobreza feudal de la Formosa kirchnerista y se bancó la que vino después. Se reconstruyó a sí mismo. Como se darán cuenta yo lo admiro profundamente por cientos de cosas, porque todo se lo ganó transpirando la camiseta. Nunca se quiso hacer una cirugía reparadora para borrar esa cicatriz que lleva en su cuerpo. Tal vez esa marca sea su manera de mantener la identidad, y sus raíces, de no olvidar a aquellos que se quedaron y de mantener los pies sobre la tierra ante tantas tentaciones de todo tipo. Pero hay dos cuestiones que les quiero contar para despedirme. Creo haber visto la belleza en estado puro. Es cuando Tévez aparece en el borde del área, inclina su cuerpo a la izquierda, se hamaca y le mete un sablazo con la derecha al segundo palo y la comba se clava en el ángulo. Como fue aquel domingo ante River. Para mi esa es una de las formas de la belleza en estado puro.
Y la otra es lo que le escribió el día que cumplió años su padre adoptivo, el que lo ayudó a zafar de las catacumbas. A don Segundo Tévez, al que alguna vez secuestraron, Carlitos le dijo textualmente: “Me enseñaste hacer (sic) un hombre. Mis tristezas son las tuyas y mis logros tu satisfacción. Te amo, viejo, feliz cumple”. Se lo pudo ver con su hermosa familia en una publicidad de lácteos por televisión. Se lo pudo ver trepado a los travesaños, celebrando con su pueblo o trepado a los escenarios cantando con “Piola Vago”, el grupo de cumbia villera de su hermano. Hoy se lo puede ver gambeteando su destino y llegando a la gloria de ser el jugador del pueblo, el más querido. Carlitos corazón. Volviste al barrio, nunca te fuiste.