Los 75 años de Bravo – 22 de abril 2019

Fernando Bravo acaba de cumplir sus primeros 75 años. Los que trabajamos en la radio y en la tele le debemos muchas cosas pero yo en particular, le debo casi todo. Hace 50 años que juega en primera. Y le sigue dando muchas satisfacciones a la hinchada. Un golcito en una tarde de suerte lo hace cualquiera. Un éxito fugaz, un toco y me voy, suele ocurrir. Pero jugar durante 50 años en primera es una prueba que solo pasan los grandes. Los grandes de verdad.
El jueves 6 de marzo de 1969, hace medio siglo, a las diez y media de la noche, debutó en “La Campana de Cristal”. ¿Se acuerda? Fue un programa que marcó una época de la televisión argentina. Los grandes desafíos, la solidaridad. Y Nelly Raymond rodeada de Héctor Larrea, Julio Lagos, Norberto Longo, Leonardo Simonns y(ta tan ta tan..) Fernando Bravo. El trajecito nuevo, las piernas que temblaban, el flamante carnet del ISER y la posibilidad de usar el mismo camarín que Cacho Fontana, el gran ídolo, el ejemplo a seguir, el faro que iluminaba un nuevo camino para la profesión de locutores. Y Fernando Bravo estaba allí. Al lado de Cacho. Algo extraño. Fernando sentía que había llegado pero al mismo tiempo que recién comenzaba. Las dos cosas eran ciertas para Fernando Bravo, es decir Alberto Fernando Pochulu, alias Tito, natural de San Pedro, hijo de Aída Agustina Graselli y de Armando Nereo Pochulu.
Bravito abandonó Ciencias Económicas porque se aburría y eso que pudo haber sido vendedor de autos, como su padre.
¿De dónde le habrá surgido esa vocación por el mundo del espectáculo? ¿Qué misterio lo empujó a trabajar a telón abierto, de cara a la gente, buscando los aplausos? ¿Habrá sido la propaladora de San Pedro? El andar por las calles anunciando por altoparlante bailes, tiendas que liquidan, festivales, feria de platos…O tal vez su frustrado sueño de cantor? Esa afinación que nunca pudo dominar pero que no le impidió el sueño fronterizo de ser un chalchalero con guitarra y bombo y tener su propio conjunto folklórico.
El Tito Pochulu y las ganas de navegar por el Paraná y la vida con su propio barco con su amigazo, el Lobito Gianelli.
Las ganas de ser y de llegar a destino. De no largar el timón durante 50 años.
Años de recuerdos y de glorias. Aquella tapa de Canal TV en 1971, con los pantalones Oxford, el pelo oscuro y lacio, peinadito para el costado, con un toquecito beatlemaníaco. La revista lo definía como “El galán-animador”. Rompía corazones y levantaba suspiros. Nadie se perdía “Alta Tensión” y la barra macanuda porque ahí nacía una “Joven Guardia”, merodeaba la alegría de Donald y se bailaba al ritmo de “Pintura Fresca”. ¿Se acuerda?
Quiero gritar que te quiero… que me desespero… los boliches, los pasitos estudiados frente al espejo, los long play de pasta de colores. ¡¡Que épocas señores¡¡ Y que televisión que era aquella. El gigantesco aparato que se recalentaba en blanco y negro, muchacha italiana viene a casarse. Los Sábados Circulares de Pipo, la Tuerca, si señor, Viendo a Biondi porque no y por supuesto, una Cosa Juzgada con el genio de David Stivel consagraba a Bárbara Mujica y los Juan Carlos Gené y anunciaban los tiempos politizados que se venían.
Bravito…¿Quién te ha visto y quién te ve? Los compañeros de trabajo que se van haciendo amigos, la mesa de noticias, el Gordo Mesa, Cris Morena, Gustavo Yankelevich, antes de ser consagrado “Rey de ratings”y un tipo extraordinario y generoso, Gino Renni… tantos.
El orgullo para la historia de haber inaugurado en la medianoche del primero de mayo de 1980 la televisión color en la Argentina. Víctor Sueiro y Rosita, Silvana Di Lorenzo en las buenas y en las otras. Veinte Mujeres.. con ustedes y con Néstor Ibarra. El afecto de Arturo Puig y Selva Aleman, el Beto Badía, tantas cosas, tanta adrenalina.
Tanto diez segundos… ojo vamos que venimos. La luz roja, la admiración por Mareco y por Carrizo, el agradecimiento a Landriscina, la foto con Mc Cartney, el café con Woody Allen, la nota con Sofía Loren. Silencio en el estudio… diez segundos. Los mates compartidos con Serrat, un mago llamado Norberto Alonso que lo tutea y lo trata de Fer, la democracia y su parto, el escenario con Raúl Alfonsín y la Mancuso, la vida y la paz que vuelven por cien años más. Los Martin Fierro entregados, los Martin Fierro recibidos y tantos premios. Una vez a la hora de agradecer un reconocimiento, se dirigió a sus hijos y les dijo:
-Valió la pena el esfuerzo, pero fue un gran esfuerzo.
Otra vez le agradeció a sus viejos y a su Let It Be sanpedrino: que lo dejaran ser. Que le dieran alas y la libertad suficiente como para crecer. Las mismas alas que le dio a Nani, Luli y Nati, sus hijos, sus tesoros por los que entregaría todo a cambio de saber que van a ser felices con sus nietos del alma.
Leuquito, me dijo una vez en una de sus tantas sentencias de hombre de campo, casi yupanquianas, Leuquito, la radio te da todo y la tele te quita. Te chupa la tele que me hiciste mal y sin embargo te quiero. Amor profundo por lo bueno de la pantalla y alerta permanente por lo malo. Por ese rating que persigue y derrumba ideas, por los celos, las envidias, el vértigo, la acidez estomacal, las contracturas, el poco tiempo con la familia, los sátrapas, los 678 y los escrachadores y sus venganzas.
El día que murió Néstor Kirchner, tuvimos que salir juntos de radio Continental acompañados por la policía como si fuéramos delincuentes y jamás tuvimos ni un cheque devuelto por falta de fondos. Trescientos salvajes con caras tapadas y palos en la mano gritaban: “Que suene el bombo/ que suene el tamboril/ Fernando Bravo y Alfredo se tienen que morir” y la vidriera de la radio, que estaba sucia de huevazos y toda pintarrajeada con aerosoles que escribieron: “Magdalena gorila, Leuco facho” y otras agresiones típicas de los K.
Otra vez, unos fanáticos de Cristina lo corrieron dos cuadras a la salida del teatro Colon. Solo por defender la libertad y la democracia.
Finalmente, Bravo hizo cumbre con “Siglo XX Cambalache”, un lujo periodístico que se dio y nos dio por años con su bien amada Teté. Y la alegría de Fer Play con Andrea Campbell y el gran gallego Ramírez, puro corazón.
Bravito periodista de la nostalgia, de la ética republicana, el conductor de los programas de juego, el que no oculta sus lágrimas ni sus risas, el que juega de arquero y de nueve. El Fernando de las emociones. Su corazón goteando en la pantalla. Su capacidad de descubrir talentos y potenciarlos como Roberto Moldavsky.
Y lloró. Por las despedidas al aire y de los televidentes y por su viejo y su vieja, y por el amor de Andrea Montaldo, es decir el amor de los amores.
Fernando Bravo, con la cabeza blanca y las manos limpias. Con la tozudez y la sensibilidad de los vascos. Mire, si algo es Fernando Bravo en la historia de la tele argentina, es la emoción. Piel. Voz quebrada, sentimiento puro sin maquillajes, transparencia, honradez, magia para crear climas en los momentos justos. Chistes ingenuos a la velocidad de la luz, reírse de sí mismo y de sus furcios, profesionalismo, horas de trabajo: 50 años en primera. Hizo de todo y lo hizo muy bien. Pero el siente que sigue siendo un simple locutor que vino de San Pedro a entregar su corazón. Feliz Cumpleaños, hermano.

Alfonsín venció a los carapintadas – 18 de abril 2019

“Felices Pascuas, la casa está en orden”. Ya pasaron 32 años de aquel discurso. Quienes estuvimos en la plaza, jamás olvidaremos ese día en que el pueblo en la calle frenó un golpe de estado por primera vez en la historia. Ya pasaron 32 años y recuerdo el coraje cívico de miles y miles de personas que fueron a defender la democracia frente a los carapintadas que se habían levantado en armas. Había de todo. Columnas partidarias organizadas y muchas personas no encuadradas, muchos ciudadanos de a pie que fueron a poner el cuerpo para sostener la libertad y las instituciones. Y en esos momentos los militares todavía tenían poder y poder de fuego. Todavía conspiraban y muchos sectores se negaban a someterse a la ley y al único comandante en jefe de las Fuerzas Armadas constitucional que es el presidente de la Nación. Esos levantamientos de los carapintadas fueron con tanques, con cuarteles tomados, con insubordinación de tropas, armados hasta los dientes y pintados para la guerra. “El chapulín colorado”, le decían a Alfonsín y lo acusaban de ser marxista y vengativo. Era el pasado más nefasto, el terrorismo de estado criminal que se resistía a dejarle paso a la soberanía popular.
Por suerte todos los partidos políticos estuvieron defendiendo la investidura de Alfonsín y su gobierno. Recuerdo que el peronismo, en lugar de golpear la puerta de los cuarteles y ayudar a los golpistas, como hubiera sido en otro momento de la historia, se sumó al balcón para sostener al gobierno elegido por el pueblo. Antonio Cafiero, como presidente del Partido Justicialista dió una vuelta de página y estuvo donde tenía que estar. Saúl Ubaldini, el líder de la CGT llamó a una movilización para defender las instituciones. Igual que los liberales de Adelina Dalesio de Viola. O los partidos de izquierda. De los radicales ni hablar. El partido de Alfonsín movilizó hasta su último militante. “Ojo con tocarlo a Raúl”, gritaban emocionados. Soy un convencido de que la movilización a Plaza de Mayo y a otras plazas del país puso un límite definitivo al golpismo. La gente común, hastiada de muerte y autoritarismo, apostó a la vida y la paz y fue a poner el cuerpo. Los diarios de la época hablan de 500 mil personas. Eran familias enteras que pusieron su corazón a disposición, frente a la Casa Rosada y que estaban dispuestas a marchar sobre los cuarteles si era necesario. Insisto: en esa época, a 32 años, si se corrían riesgos. La dictadura estaba a la vuelta de la esquina. Se había retirado solo formalmente del poder. Estaban agazapados.
Ya pasaron 32 años de aquellas “Felices Pascuas la casa está en orden” y no puedo ignorar que también se puede hacer otra lectura de aquellos días de furia, de personajes nefastos como Aldo Rico o Seineldín, entre otros subversivos. Fueron momentos de mucha tensión. Pudo haber sido una masacre, el comienzo de una guerra civil. Alfonsín salió al balcón exactamente a las 14.40 horas. A la multitud se le cortó el aliento. Dijo con voz de mando que se iba en helicóptero a Campo de Mayo para ordenarle que se rindieran a los sediciosos. Todos ovacionamos su coraje y quedamos a disposición. En muchas plazas del país pasaba lo mismo. La bronca contra la dictadura hervía en la sangre. Mucha gente fue cercando las unidades militares rebeldes. Eran espontáneos que estaban dispuestos a ponerle el pecho a las balas.
El país estaba paralizado. Era un polvorín a punto de estallar. Miles y miles de ciudadanos democráticos desarmados frente a cientos de militares dispuestos a todo.
Ese extraordinario periodista y mejor persona llamado Julio Blanck, que en paz descanse, y yo fuimos los cronistas por Clarín que ingresamos a la Casa Rosada. En esa época de ingenuidad y falta de experiencia democrática, los periodistas podíamos circular por los pasillos con bastante libertad. En un momento ingresamos al balcón histórico de Perón. Nos asomamos y la multitud al registrar un movimiento, inició un murmullo que creció en alarido. Nos escondimos de nuevo, rojos de vergüenza. Todavía conservo esa foto maravillosa en ese balcón. Y la voy a compartir en mis redes y en la de la radio. Julio con sus rulos gigantescos y un saco beige y yo con bastante más pelo y barba negra que ahora y con una campera de cuero.
El presidente rezó unos minutos en la capilla de la Casa Rosada y se fue al territorio enemigo sin custodias ni escolta. Cuando volvió fue más cauto en su lenguaje. Ya no eran sediciosos eran hombres amotinados. ¿Se acuerda de ese momento? “Compatriotas, felices pascuas, los hombres amotinados han depuesto su actitud. Como corresponde, serán detenidos y sometidos a juicio”. Un balde de agua fría cayó sobre mucha gente que sospechó que Alfonsín había negociado. En términos jurídicos, amotinados no era lo mismo que sediciosos. Encima después dijo que eran héroes de Malvinas y empezaron algunos silbidos. Sobre todo de la izquierda y del peronismo. ¿Héroes de Malvinas? ¿Era el momento de decir eso? ¿Cuál era el motivo de ese elogio para quienes unas horas atrás eran fanáticos golpistas? Después se levantaron dos veces más contra decisiones de la frágil democracia. Alfonsín nunca se arrepintió de haber dicho lo que dijo, pero admitió que se pudo haber equivocado.
Para muchos argentinos su prudencia y responsabilidad evitó el baño de sangre. Para otros, esa actitud les sonó a perdón y a negociación. Muchos se sintieron defraudados, traicionados por Alfonsín. Creyeron que había claudicado y que había cedido a los reclamos de los carapintadas.
La historia fue acomodando los tantos en el camino. Para muchos fue la primera gran desilusión en democracia y para otros fue la capacidad de un estadista que resolvió el problema con el menor costo posible en vidas. Alfonsín juró una y mil veces que no hubo pacto ni repliegue.
Argentina pendía de un hilo. El país contenía la respiración y le corría frío por la espalda a la Republica. Hoy emociona escuchar a Alfonsín, ese patriota padre refundador de la democracia decir como dijo “estamos arriesgando sangre derramada entre hermanos y cuando vuelva podremos darle un beso a nuestros hijos y en ese beso decirles que estamos asegurando la libertad para los tiempos”.
Al final de su discurso de regreso, dijo que “Hoy podemos dar gracias a Dios, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”. Lo cierto es que 44 días después la Cámara de Diputados sancionó la Ley de Obediencia Debida que era el principal reclamo de los carapintadas. Después vino el Punto Final y el Indulto de Carlos Menem que dejó libres a más de 200 oficiales y 100 civiles y la cúpula guerrillera. Después, Aldo Rico, el cabecilla, hizo carrera política en las filas del justicialismo.
Pero aquel domingo de Semana Santa, Raúl Alfonsín pagó un costo político. Tal vez injustamente, mirado a la distancia, se quebró ese romance entre su figura y parte de la multitud. Ese liderazgo arrollador comenzó a desmoronarse y lo pagó en las elecciones. Es uno de los grandes dilemas de los argentinos de aquel día, hace 32 años. Porque ambas cosas resultaron ciertas. Aquel día fue el comienzo del fin de su gobierno, pero también el comienzo del fin de las dictaduras en Argentina. Fue el verdadero comienzo del Nunca Más.

García Márquez x 5 – 17 de abril 2019

Un día como hoy, pero de hace 5 años, un maldito cáncer linfático y una perversa neumonía, se complotaron para asesinar a Gabriel José de la Concordia García Márquez, más conocido como Gabo o Gabito.
Tenía 87 años y su muerte potenció una historia digna del realismo mágico de su pluma iluminada. Porque un poema o una carta de despedida, que ya venía circulando, se viralizó por el planeta con una potencia arrolladora. Ese texto llevaba la firma de Gabriel García Márquez pero el autor no era García Márquez. Él lo desmintió una y otra vez, pero fue absolutamente en vano. La conciencia planetaria de lo que hoy se llamaría fake news o falsas noticias no pudo con la noticia deseada que describió la filosofía de Miguel Wiñazky.
Gabo negó varias veces que esas palabras fueran suyas. Es más, se preocupó porque tanta gente pensara eso de un escrito “tan cursi”. Después, Cabo se disculpó por haber dicho eso del poema pero no pudo torcer la historia falsa que alguien inventó. Hoy, a 5 años de su muerte, miles y miles de personas siguen homenajeando al genio de las palabras con palabras que él nunca escribió. Ni la popularidad ni la amistad de Gabo con casi todos los editores del mundo pudo quebrar el destino de este escrito titulado “La Marioneta” y que pertenece al comediante Johnny Welch y dice así:
“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen.
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.
A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas, pero le dejaría que él sólo aprendiese a volar.
A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido
Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres…. He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subirla escarpada.
Me apartaría de los necios, los habladores, de las gentes con malas costumbres y actitudes.
Sería siempre honesto y mantendría llenas de amor y de atenciones a las personas a mi alrededor, siempre trataría de dar lo mejor…
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrá de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.
Trata de decir siempre lo que sientes y haz siempre lo que piensas en lo más profundo de tu corazón.
Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma.
Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo, te diría “Te Quiero” y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.
Siempre hay un mañana y la vida nos da siempre otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuánto te quiero, que nunca te olvidaré.
El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo.
Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles, “lo siento”, “perdóname”, “por favor” , “gracias” y todas las palabras de amor que conoces.
Nadie te recordará por tus nobles pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos.
Finalmente, demuestra a tus amigos y seres queridos cuánto te importan.
Este texto pasó a la historia porque para mucha gente lo escribió García Márquez y no hay nada ni nadie que les haga entender que no es cierto.
Esta historia del texto, el juego de confusiones y creencias, parece imaginado por Gabo. Como aquel legendario “Cien Años de Soledad” que la editorial Sudamericana publicó en Buenos Aires. Vendió 50 millones de ejemplares, fue traducido a 39 idiomas y fue el empujón para el premio Nobel de Literatura. Pero es maravilloso conocer la crónica de un éxito anunciado.
Un día de 1967 Gabo empeñó un calentador y un secador de pelo y, con ese dinero, pudo enviar los originales de su nuevo libro a la Argentina. La historia del recorrido de “Cien Años de Soledad”, también parece escrita por García Márquez. El mensajero tuvo un accidente en la moto y todos los originales quedaron sembrados por el pavimento mojado. Buenos Aires era una mezcla de Macondo y Paris. Casi un diluvio universal. Esos papeles con las letras corridas pudieron rejuntarse pero ningún editor quería convertirlos en un libro. Creían que era un texto menor de un colombiano desconocido. Sólo Paco Porrúa de editorial Sudamericana se atrevió y el libro comenzó a venderse en cataratas. En 20 días agotó 8 mil ejemplares.
Todos empezaron a hablar de él y por eso Primera Plana lo llevó a su primera plana. Gabo cobró sus primeros derechos de autor y volvió rapidito a la humilde pensión en la que estaba alojado. Acomodó todos los billetes sobre la cama y se tiró encima a dormir la siesta más feliz de su vida. Estuvo 15 días de gloria en Buenos Aires. Nunca más volvió. Nunca más volverá. Es una lástima, pero es como si lo tuviéramos dentro en cada corazón y en cada neurona.
Yo lo recuerdo, erguido, orgulloso aquel día que rechazó el frac para recibir el Nobel y se enfundó en el Liqui-Liqui, el típico traje colombiano. Pero más recuerdo sus palabras tan reales como mágicas:” Una nueva y arrasadora utopía de vida donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde sea de veras, cierto el amor y sea posible la felicidad y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Todos los periodistas le debemos mucho. Y los amantes del idioma español, también. El día que murió derramamos lágrimas negras de luto. Con su ausencia sentimos que a nosotros, se nos venían encima los cien años de soledad. Y ya pasaron cinco.