Por quién doblan las cacerolas – 16 de mayo 2019

La presión política y periodística fue muy fuerte y la Corte Suprema de Justicia tuvo que aclarar que el juicio oral a Cristina previsto para el martes no se suspende. Que el pedido del expediente que hicieron no interrumpe las sesiones.
Pero la presión más grande fue de los ciudadanos. El huracán de indignación que recorrió el país se transformó en protesta y eso hizo recular al máximo tribunal.
Es que el ruido de las cacerolas funciona como las campanas. Son llamadores. Son alertas tempranas de que algo pasa. De que algo se está gestando en la sociedad.
El ruido de las cacerolas funciona como una tarjeta amarilla. Como una advertencia. Es una forma pacífica de protesta que no perjudica a nadie como un paro o un corte de calles, pero que tiene una potencia impredecible.
Anoche en un sector muy extendido del área metropolitana hubo cacerolazos y bocinazos. Ayer y hoy, durante todo el día se está firmando en la plataforma change.org por miles, un repudio a la resolución de la Corte Suprema de favorecer la impunidad de Cristina Fernández de Kirchner.
No fue un terremoto político. Pero algo se movió y fue muy rápido. A la velocidad de la luz de los mensajes de texto y los correos electrónicos. En tres horas la queja colectiva se puso en marcha solita. Sin figurones ni partidos políticos que la convocaran.
Siempre es difícil descifrar a quien o contra quien van dirigidos esos mensajes tan masivos. Tratar de identificar por quién doblan las cacerolas o las campanas. Seguramente reúnen muchos reclamos y frustraciones. Pero está claro que el principal destinatario, el catalizador fue la decisión de la mayoría automática peronista de la Corte Suprema que produjo tanto escándalo por su grosero respaldo a Cristina y por su ausencia de antecedentes legales.
Muchos kirchneristas dirán que los gritos de las cacerolas más masivos fueron en los barrios de clase media y clase alta. Puede ser, aunque en el Conurbano también se escucharon bastante. Pero también hay que decir que en el barrio más paquete de todos, en Recoleta, el tsunami de cacerolas con fuerte presencia de los caceroleros, fue en la esquina de Uruguay y Juncal, en el edificio en donde vive la doctora Cristina.
En el dormitorio de ese departamento, la noche que murió Néstor Kircher, Claudio Uberti vio más de 60 millones de dólares robados. En ese departamento, Daniel Muñoz recibía sistemáticamente los bolsos y las valijas repletas de dólares sucios de la cleptocracia que gobernó durante más de 12 años.
Está claro que las cacerolas doblaron por la Corte y por Cristina, los socios que desataron la exigencia que atravesó el país a lo largo y a lo ancho. Está claro que mucha gente y juristas de mucho prestigio habían interpretado que Cristina no era igual ante la ley que el resto de los argentinos. La reina Cristina, tiene coronita.
Pero las cacerolas también doblaron por Alberto Fernández que hablaba pestes de Cristina cuando se fue del gobierno y que debió beber de la misma medicina del ataque y la persecución que el proporcionaba cuando estaba en funciones. Ahora, envalentonado, amenazó claramente a los jueces que llevan las causas de corrupción contra Cristina.
Las cacerolas y la internet que fue trending topic a través del hashtag “No a la impunidad”, también doblaron por el capo de Carta Abierta, Horacio González que propuso igual que Giardinelli, Cristina, Zaffaroni y siguen las firmas, destruir uno de los pilares de la república y del estado de derecho como es el sistema judicial y transformarlo en un servicio de justicia al servicio de Cristina.
Las cacerolas también doblaron por Guillermo Moreno que llamó a robar pero con códigos en La Matanza y que criticó a Cristina por no poner las manos en el fuego por Julio de Vido y la banda de delincuentes que están presos por ladrones.
Las cacerolas también doblaron por Horacio Verbitsky, el jefe informal de inteligencia de Cristina que operó de cerca con otros topos del sistema de espías para lograr el objetivo de que Cristina llegue a las elecciones del 27 de octubre sin tener que aparecer en fotos, sentada en el banquillo de los acusados al lado de malandras de la calaña de José López, Lázaro Báez y de Vido, entre otros. El tiro le salió por la culata.
Las cacerolas y los reclamos en change. org también doblaron por Luis D’Elía que además de pedir el fusilamiento de Macri y los opositores, llegó al colmo de afirmar que el actual gobierno había asesinado al diputado Héctor Olivares y a su amigo Miguel Yadón a modo de cortina de humo para ocultar el éxito del libro de Cristina. El gobierno descubrió de inmediato a los responsables de esos crímenes y de paso, perdió una banca en diputados.
La cacerola es un grito. Es el emblema de la rebelión individual de los barrios. La cacerola es una forma de expresión autónoma que solo la maneja cada ciudadano cuando, donde y como quiere. Nadie es llevado. Nadie es obligado. El que sale a la calle a juntarse con sus vecinos y a protestar está ejerciendo sus derechos en plenitud. Sin miedos, en forma pacífica y en libertad.
El ruido que produce un elemento tan cotidiano y familiar como una cacerola es una forma de levantar la voz para que todos escuchen. No son los partidos los que convocan. Ni los sindicatos ni los centros de estudiantes. Es la bronca acumulada y auto convocada. Son los indignados argentinos que saben que una persona que grita se escucha más que un millón que callan. Las redes sociales, como su nombre lo indica, son la forma más moderna y eficiente de comunicación comunitaria. Es la sociedad civil que actúa en red. Solo las unifica un reclamo. O varios, porque cada uno tiene su reclamo.
Las cacerolas doblaron por la intolerancia y la violencia que los cristinistas ejercieron en la Feria del Libro contra una joven y valiente periodista como Maru Duffard y con los que rompieron carteles de Clarín. Las cacerolas doblaron por ese energúmeno, llamado Jorge Adalberto Saieva, que insultaba, escupía y atacaba a Maru, con sus 74 años a cuestas y pese a ser vecino de Recoleta, igual que Cristina.
Las cacerolas doblaron por ese tren fantasma y piantavotos del Partido Justicialista al que concurrió Cristina después de 16 años de humillarlos. Y los humilló nuevamente porque habló y no escuchó y porque los hizo dejar sus teléfonos en la puerta. Estaban allí señores feudales derechosos como Gildo Insfran, felpudos como Gioja al que Cristina lo mandó a suturarse el orto y Parrilli al que la señora en la intimidad llama “Pelotudo”.
Las cacerolas doblaron por Hugo Moyano que lleva de las narices al campo de la mafia patotera a muchos gremios con la excusa de mejorar la situación de los trabajadores pero que en realidad tienen como objetivo salvarse de ir a la cárcel por los casos de mega corrupción que lo involucran igual que Cristina.
Las cacerolas doblaron por la insistencia de los cristinistas en llevarnos a ser Venezuela, con su chavismo de manual y a padecer un nacional populismo que privilegia sus relaciones con Cuba e Irán.
Las cacerolas doblan por el verso de la Cristina buena y santa que es solo una ficción para ocultar su altanería, su autoritarismo y su condición de jefa de la asociación ilícita dedicada a saquear al estado. Por algo tiene 11 procesamientos, 5 juicios orales en marcha y dos pedidos de prisión preventiva.
La Corte dio marcha atrás. La sociedad logró un triunfo republicano. Cristina deberá sentarse en el banquillo de los acusados como cualquier hijo de vecino.
Ernest Hemingway, en 1940, publicó su novela llamada “Por quién doblan las campanas”. De un poeta metafísico llamado John Donne nacido en 1571, tomó el título. En el final dice “La muerte de cualquier hombre me disminuye/ porque estoy ligado a la Humanidad, / y por lo tanto nunca preguntes / por quién doblan las campanas: / doblan por ti”.
Y eso fue lo que pasó anoche: las cacerolas doblaron por ti.