El genocidio armenio – 24 de abril 2018

Hoy es un aniversario del genocidio armenio. Por estas horas hay misas en la catedral San Gregorio El Iluminador en Palermo y en Ereván se realizan los actos centrales para recordar y pedir justicia y reconocimiento por el asesinato de un millón y medio de cristianos armenios a manos del Imperio Otomano. Digo reconocimiento porque aún hoy, a 103 años, el gobierno de Turquía sigue negando semejante exterminio masivo. El propio presidente Erdogan fue capaz de acusar hace tres años al Papa Francisco de “decir estupideces” porque había dicho que el genocidio armenio era el primero del siglo XX.
Hay que abandonar el “negacionismo en todo el mundo” y en todos los genocidios. Mientras un genocidio sea negado, el genocidio, sigue ocurriendo”. Por eso el símbolo mundial del reclamo es la flor de Nomeolvides, perfecta y violeta con un corazón redondo y amarillo. Y es verdad que no hay que olvidar. Para no repetir. Y recordar para prevenir. Y reconocer la existencia de ese holocausto del pueblo armenio para poder cerrar las heridas y que los muertos puedan descansar en paz.
Hace exactamente un siglo y tres años, la matanza comenzó por la dirigencia política e intelectual de Constantinopla. Los jóvenes turcos fanatizados acusaban a los armenios y a otras minorías griegas, serbias y asirias de ser los responsables de la decadencia del Imperio Otomano y no soportaban sus virtudes para el comercio y la cultura. El intento de limpieza étnica fue de una crueldad y salvajismo particular. Brutales violaciones de mujeres y crímenes en la horca contra la condición humana. Algunos sobrevivientes aseguran haber visto una montaña de bebitos apilados y convertidos en una hoguera en segundos. ¿Escuchó bien? Prenderle fuego a chiquitos poco menos que recién nacidos… Uno nunca sabe hasta dónde puede llegar la monstruosidad de los que industrializan la muerte y el odio.
La periodista Magda Tagtachian contó en su momento cómo su abuela Armenuhi, que significa mujer armenia, se salvó dos veces de la muerte en forma milagrosa. La primera vez tenía un año y medio y viajó durante horas en las alforjas que colgaban del lomo de un burro que cabalgaba su padre. Tuvieron que huir del pueblito de Aintab. Cada tanto, sacaban a la pequeña Armenuhi para que respirara y rezaban para que no llorara ni llamara la atención a la hora de cruzar algún control de los soldados otomanos. Después caminaron horas entre el hambre, el frío y el destierro hasta que llegaron a Alepo en Siria. Por la posición enroscada que tuvo en ese escondite de cuero, y el shock anímico del pánico, la abuela de Magda contrajo una tortícolis vitalicia y su pelo se volvió blanco como si fuera una viejita. La segunda salvación fue cuando trasladaban a toda la familia en el tren de la muerte hacia los campos de concentración. En pleno desierto, su padre la envolvió en una manta y la arrojó por un hueco del vagón rogando a Dios que la protegiera. Y la protegió tanto que al poco tiempo la puso en un barco que llegó a esta bendita tierra de inmigrantes donde todavía convivimos en paz y amistad los argentinos de todos los colores las razas y las religiones.
Armenia fue durante 70 años una de las repúblicas de la Unión Soviética. Todavía pueden verse en sus calles los destartalados autos LADA y los gigantescos edificios grises de la burocracia socialista. Es un país que logró su independencia en 1991 y hoy practica una democracia parlamentaria occidental aunque está rodeada de países musulmanes como Irán, Turquía y Azerbaiyan. En la diáspora hay 8 millones de armenios viviendo por todos lados pero mayoritariamente en Estados Unidos, Francia y Argentina que envían alrededor de dos mil millones de dólares al año para sostener la patria de sus antepasados.
Como todo pueblo que ha sufrido una gran persecusión, los ojos de los viejitos tienen cierto cansancio de tanta tristeza. Pero renuevan su esperanza en la mesa familiar donde el progreso y la comida son en pan de cada día. Los rituales, las danzas, los aromas y las especies del mercado Tashir se transforman en el lavash, jorovads o el Herisé, que se saborean con la mente puesta en el monte Ararat. Fue en ese lugar mágico que pertenecía a Armenia y hoy está en Turquía donde el Arca de Noé, según cuenta la biblia, se posó durante el diluvio. Hoy la imponencia y la blancura de sus nieves eternas son tal vez el símbolo de un pueblo que apuesta a la memoria y que pelea por la justicia. Ya pasaron 103 años de esos crímenes de lesa humanidad.
Hoy es el día de “acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos” por ley nacional número 26.199. La Asociación Cultural Armenia de nuestro país dice que “en todo delito, hay un autor, un delincuente. Este delincuente es el estado turco, es la República de Turquía” que fue la que decidió “la aniquilación total del pueblo armenio. Fue un plan sistemático de destrucción masiva mediante masacres y deportaciones letales y la destrucción del patrimonio cultural”. No fue casual el asesinato del periodista Hrant Dink, en 2007, a manos de un nacionalista turco en represalia por su prédica a favor del reconocimiento de la barbarie criminal. Está claro que no son negacionistas sueltos. Es un negacionismo de estado. Hoy dentro de una hora van a marchar en protesta hacia la residencia de la embajadora turca en Argentina.
Hay solamente 22 países que reconocen el genocidio armenio como tal. El primero fue Uruguay allá por 1965 y Argentina, primero por boca de Raúl Alfonsín y en el 2007 por ley del Parlamento nacional. Fue un intento deliberado y planificado de barrer un pueblo de la faz de la tierra. Fue el antecedente inmediato que tuvieron los nazis en Alemania.. Instalaron el odio racial que implica siempre apuntar a un chivo expiatorio. Es urgente que todos los países del mundo pongan el grito en el cielo como lo hizo el Papa Francisco. Para que Turquía reconozca el genocidio. Para que nadie mire para otro lado. Para que florezca la flor del Nomeolvides que es como decir Nunca Más, pero en armenio. Con la fortaleza de las golondrinas.

Cacho Fontana x 86 – 23 de abril 2018

Hace poco hablamos con él por estos micrófonos y nos quedamos tranquilos al comprobar que está muy bien cuidado por sus hijas y que comparte sus horas con Pinky en un hogar de excelencia.
Todos los que amamos la radio y nos ganamos la vida con sus oficios, hoy deberíamos levantar la copa y brindar por Cacho. Y agradecerle a este verdadero monumento a los medios, el periodismo y la locución.
Feliz cumpleaños Cacho. Por 100 años más. Hoy cumple 86 años. Es que el 23 de abril de 1932 nació por primera vez Cacho Fontana.
Se llamaba Norberto Palese. Su padre ganaba 160 pesos como capataz de un galpón del Ferrocarril Belgrano y su madre cosía a máquina junto a la ventana. El arrabal de Barracas era su mundo. Se prendía a un cepillo de pié, lo acercaba a su boca y soñaba relatando como Fioravanti. Annabella, su primera noviecita de la calle Vieytes… el piberío… la esquina, el respeto por don Adolfo Pedernera y la locura por la máquina de la banda roja. A la noche, los Palese, se daban el mejor de los gustos: escuchar a Luis Sandrini. Para reír y llorar en familia.
Un día de 1949, nació por segunda vez Cacho Fontana.
Ya era un personaje inventado por Norberto Palese que debutó presentando en el salón “La Argentina” a la orquesta de Roberto Padula. Anunció el primer tango de su vida y dijo: “Canaro en Paris…” Ganaba 10 pesos por baile. Después vino la orquesta de Domingo Federico, el primer aviso con esa voz inigualable que ofrecía confiabilidad, precisión y que dijo: “Rematador Loturco, en Guernica”. Radio El Pueblo, la utopía de Radio El Mundo. El famoso encuentro con su amado Antonio Carrizo y la anécdota mil veces contada:
-¿Pibe, usted es Fontana?, le preguntó el flaco de la vida y el canto…. Sale bien pibe ehhh… pero deje el bolero.
Eran tiempos de cambios, de decirle chau a los engolamientos y a los almibarados locutores de entonces. Cacho entendió rápido el negocio y pateó todos los tableros. Revolucionó la radio. La hizo de nuevo.
Durante años el “Fontana Show” fue el programa de mayor audiencia. Inventó los móviles, una manera especial y vertiginosa de entrar a la noticia. La gloria de Radio Rivadavia, el locutor más vendedor, la imagen más transparente, el más prolijo. El pelo engominado. Cacho era el símbolo de la armonía que algún día le iba a explotar en las manos. Era impecable. Cacho tenía cada cosa en su lugar.
Una noche le hizo el mejor de los regalos a sus padres. Un departamento de lujo y de yapa les llevó a Luis Sandrini a cenar a su casa. Para que juntos recordaran aquellas noches de verano en Barracas, con el aroma del espiral y los malvones.
Ese locutor de la Nación fue reconocido por el Senado de la Nación. Le dieron la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento. Es la máxima distinción que otorga la cámara que representa a todas las provincias argentinas.
Grande entre los grandes, Cacho inmortal. Todos los locutores le deben algo. Son los salieri de Cacho. Porque el rompió el molde, reinventó esta profesión noble que empieza en la voz clara y modulada y termina como nudo en la garganta.
Hubo un tiempo maldito donde le faltó esa Seguridad Odol en las neuronas. Desbarrancó, se cayó a pedazos. La vida lo cagó a trompadas en ese ring donde solía anunciar a los grandes boxeadores de la mano de Tito Lectoure, su amigo de toda la vida hasta que la muerte los separó. No fue un minuto Odol en el aire, ni la luna le dijo al sol que lindo que son tus dientes. El país ya no se paraba para verlo como antes. O mejor dicho, igual que en las carreras, se paraba en las curvas para ver cómo se pegaba la piña.
Cacho de las sentencias, de la sabiduría de la noche y el mostrador. Cacho tanguero, vestido de smoking y moñito entre el rubio champagne y las rubias del Chantecler. Sonrisa gardeliana, quien si no iba a tener los dientes perfectos como propaganda de dentífrico.
La vida de Cacho en muchos puntos se toca con la de Diego Maradona. No solo porque fue el número uno por lejos en lo suyo, gambeteando furcios, poniendo la inflexión correcta en un ángulo, leyendo un aviso desde la mitad de la cancha como nadie. No solo en eso se parecen Cacho y Diego. También tuvieron sus parábolas de ídolo. Su amor y su desprecio por parte de la gente. Cacho y Diego no solamente compartieron la gloria. También compartieron Devoto. Porque ambos se perdieron en los laberintos malditos.
En carne propia comprendieron que cuando uno se cae en esas profundidades hasta que no logra ponerse de pié, está condenado a avanzar arrastrándose. Y eso humilla. Da vergüenza ante las hijas, te encierra en odio con tu esposa. Te aleja de tu oficio que es lo que más querés y lo que mejor hacés.
Una vez le preguntaron si le había pegado a Marcela Tiraboschi, una joven de 22 años que se ganaba la vida mostrando su redondeces en el programa de Sofovich y dijo:
– No acostumbro a hacer esas cosas con las mujeres. Hago otro tipo de estupideces, como enamorarme, por ejemplo.
Cacho Fontana se fue quedando solo y hasta tuvo que comer gracias a la solidaridad de los amigos.
Justo él, que en las noches de las noches era capaz de cerrar un boliche y repartir burbujas seductoras y bataclanas para todos. Su madre se fue quedando ciega, tal vez para no verlo en el derrumbe.
Porque después sí que se vino la noche para Cacho. Pero la noche pesada, de gatos de cuarta y de viajes de ida. Que puedo hacer si me gustan las mujeres con pasado, decía, cargándose a sí mismo. Ya había pasado taconeando por su vida la gran Beba Bidart. Pero hubo un momento en que la gente empezó a hacer leña del Cacho caído. El escándalo, la parálisis facial, los corticoides que lo inflan para curarlo, la idea de suicidarse que se repite hasta que …
Un día de junio de 1999, Cacho Fontana nació por tercer y última vez.
Resucitó del tiro de desgracia con el que se había castigado. Ese día del Martín Fierro, tocó el cielo con las manos. Lo ayudó su tercera y definitiva ex mujer, Liliana Caldini, la madre de sus dos hijas. La que tuvo destino de familia con sus genes.
La vida le dio revancha y Cacho la ganó el premio a la trayectoria. Subió temblando de emoción con las cámaras en vivo. Miró de frente a los 40 puntos de rating y desnudó sus miserias. Fue el día del perdón. Pidió disculpas por tantas macanas. Lo juró por sus hijas, por Antonella y Ludmila, y por sus nietas. Alcanzó a decir que se juramentaba ante Dios convertir esa trayectoria en futuro y se quebró y nos quebró a todos. Se tapó la cara y Cacho Fontana lloró desconsolado. Y pidió una oportunidad más. Y todos se la dieron.
A mi lado estaba otro locutor de lujo, heredero y continuador de esa estirpe llamado Fernando Bravo que, por supuesto, estaba llorando. Todos nos pusimos de pié. Para verlo correr en la recta y llegar a la meta como está llegando ahora con sus proyectos de radio y tele. No queremos un Cacho de Fontana. Lo queremos entero, de pie, para que salga a dar cátedra con los cientos de tonos con que lee las noticias o la tanda. Para que otra vez, con su sonrisa gardeliana, vuelva ese minuto Fontana en el aire., para que otra vez transmita y reclame seguridad como solo él sabe hacerlo y es su marca registrada. Un Cacho de 86 años que sigue soñando. Nació tres veces. Así en la vida como en la radio.

Alfonsín es un monumento – 20 de abril 2018

Emociona ver el monumento a Raúl Alfonsín. Conmueve esa figura granítica como su honradez. Está con las manos entrelazadas en la espalda, con la cabeza algo inclinada en su típica pose. Era la manera de pensar y de dialogar del ex presidente Raúl Alfonsín. Caminar por los jardines de la Quinta de Olivos y reflexionar en forma peripatética. Dejó una frase tan sencilla como descomunal: si en la política no hay diálogo, hay violencia.
Cuánta razón tenía ese prócer de la República, el padre refundador de la democracia. Hoy está ahí, erguido en la ética de sus convicciones y responsabilidades, como un vigía de la libertad, enclavado en la plaza Moreno de La Plata. Alfonsín murió hace nueve años pero su legado, su coraje sigue en el corazón y en las neuronas de los argentinos. Esta mañana fue inaugurada esa estatua frente a la Catedral. Está con su chaleco impecable, su austeridad franciscana y esa cara de bueno capaz de seducir hasta al más acérrimo de los enemigos. Es una obra espectacular, imponente que viene a hacer justicia del escultor Carlos Benavidez. Tiene dos metros y medio de alto pero parece interminable. Es que está parado en el pedestal de la gente.
La ceremonia se inició con un video del ex presidente enunciando su texto preferido: el preámbulo de la Constitución, la biblia de la democracia.
Jairo, radical desde la cuna, entonó el himno nacional que humedeció todos los ojos y colocó un nudo en todas las gargantas. Todos sospecharon que la patria andaba merodeando entre tanta gente agradecida. Estaban las más altas autoridades de Cambiemos y de su partido del alma, la Unión Cívica Radical. Ya no es una metáfora. Alfonsín está en el bronce. En el lugar que merecía. No quiero hacer autobombo. Me daría vergüenza. Pero creo que se hizo realidad un pedido que hice en una columna como esta del 31 de marzo del 2016. Hace dos años propuse, como una utopía, como un deseo colectivo, como una deuda social que teníamos con él que se le construyera un monumento.
Si señor oyente. Hace dos años, mi argumento era que cualquier perejil tiene una estatua en la Argentina. Algunos tienen calles, plazas, centros culturales y hospitales que llevan su nombre. Y sin embargo, Alfonsín, uno de los políticos más importantes de la historia no tiene ese lugar simbólico donde los que amamos la democracia y los derechos humanos podamos ir a rezarle nuestros rezos laicos.
Me imagino una estatua franciscana y franciscana, como era él. Podría estar en la Plaza de Mayo, o frente al Congreso de la Nación o en la ESMA como una manera de decir que la vida y la libertad se impusieron a la muerte y las dictaduras. ¿Qué le parece, señora? Mire que yo no lo voté en 1983 y hoy estoy arrepentido. Creo que cometí un grave error. Mire que no soy afiliado radical ni de ningún partido. Pero creo que hoy, podemos bautizarlo definitivamente San Raúl de la democracia.
Ya pasaron 35 años de aquella epopeya refundadora de la democracia. Este sistema que es el menos malo de los conocidos llegó para quedarse por 100 años más. Por eso Don Raúl está en la eternidad. Seguramente está tomando unos mates con don Hipólito Irigoyen y don Arturo Illia en el cielo de la austeridad republicana y la honradez. O saludando a la gente por las calles de la memoria, con dignidad y la frente alta, como le gustaba hacer aquí en la tierra
Don Raúl, el padre de la democracia recuperada, caminando lento, como perdonando el viento, según la poesía emblemática del día del padre. Don Raúl, firme en sus convicciones y peleando con coraje contra ese maldito cáncer que lo rompió pero que no lo pudo doblar. Como quería don Leandro Alem. Ahí está don Raúl que – mirado en perspectiva- fue uno de los mejores presidentes que nos supimos conseguir. Con todos sus errores, con todas sus equivocaciones, a tres décadas y media de la revolución cívica que significó la vuelta a la libertad, creo que Alfonsín es mejor que la media de los presidentes que tuvimos y –si me apura- creo que es mejor que la media de la sociedad que tenemos. Ahí andaba don Raúl con las manos limpias, viviendo y muriendo en el mismo departamento de siempre, honrado como don Arturo, corajudo como Alem manda.
No quiero decir que el doctor Raúl Alfonsín haya sido un presidente perfecto. De ninguna manera. Fue tan imperfecto y tan lleno de contradicciones como todos nosotros. La democracia es imperfecta. Pero nadie puede desmentir que Alfonsín fue un demócrata cabal. Nunca ocupó ningún cargo durante ninguna dictadura. Y eso que muchos de sus correligionarios si lo hicieron. Estuvo detenido por defender sus ideas. Fue un auténtico defensor de los derechos humanos de la primera hora y en el momento en que las balas picaban cerca. Fue su bandera permanente. Se jugó la vida por eso.
No fue por una cuestión de oportunismo ni para cazar dinosaurios en el zoológico. Fue defensor de presos políticos durante la dictadura, reclamó por los desaparecidos y fue co-fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Vale la pena recordar que Alfonsín hizo todo eso. Como para respetar la sagrada verdad de los hechos. Por eso, con toda autoridad, después dio a luz el Nunca Mas y la Conadep y el histórico Juicio a las Juntas Militares que ningún otro país del mundo se atrevió a hacer con la dictadura en retirada pero todavía acechante, poderosa y armada hasta los dientes.
Tuvo sublevaciones militares carapintadas, paros salvajes de la CGT y golpes de mercado que intentaron derrocarlo. Es verdad que también existieron los errores y los horrores propios. La economía de guerra y el desmadre inflacionario. La gran desilusión frente al “felices pascuas” y “la casa está en orden”. O el Punto Final y la Obediencia Debida. Y el derrumbe de la confianza en la capacidad para gobernar y ese descontrol que terminó con la entrega anticipada del poder. O el pacto de Olivos. Jamás olvidaré una discusión muy fuerte que tuvimos. Yo fui muy irrespetuoso con su investidura. Como director de una revista edité y puse en tapa una investigación que dudada de su transparencia y la de su hermano. No lo hice con mala intención. No hubo real malicia, dirían los abogados. Fue el intento tozudo y permanente de mirar en forma crítica al poder y a los gobiernos. Había información correcta y otra que luego no pudo confirmarse. Alfonsín, gallego calentón como le decían sus amigos, me vino a buscar a la editorial con un bastón en la mano para defender su dignidad. Por un lado me avergüenzo y me autocritico por no haber sido todo lo riguroso que debería haber sido profesionalmente. Pero, por otro lado, me enorgullezco de haber sido amigo de casi todos los presidentes democráticos antes y después que lo fueran. Mientras duraron sus mandatos, tuve una mirada crítica como indica el manual básico de mi oficio. Pero me alegré de recuperar su amistad. La reconciliación fue gracias a Marcelo Bassani y Jesús Rodríguez que me ayudaron. Después fui varias veces a su casa. Vino muchas veces a mi programa de televisión. Y el día que murió hice el programa más conmovedor que me haya tocado hacer. En vivo y en carne viva. Con Pepe Eliaschev, Nelson Castro, Nacho López, Luis Brandoni y Jesús Rodríguez llorando en cámara, conmovidos por tanto dolor. Hoy se puede ver el programa completo en youtube y tiene más de 79 mil visitas. Recuerdo todo aquello y no lo puedo creer. Por supuesto que si tratamos de ser lo más ecuánimes y rigurosos posibles aparecen las luces y las sombras de una gestión.
Pero el paso del tiempo y la comparación con lo que vino después, lo deja a Raúl Ricardo Alfonsín del lado bueno de la historia. En la vereda del sol. Entrando a los libros como un héroe que se definió como el más humilde de todos los servidores del pueblo. Nadie puede negar que fue un patriota. Cada día los extrañamos más. En estos tiempos de cólera su sabiduría nos podría iluminar el camino. Aquella frase dicha casi como testamento: “gobernar no es solo conflicto, básicamente es construcción”. Algo así como decir que la palabra enemigo hay que extirparla del diccionario político. Que solo hay que marginar a los golpistas y los corruptos.
Cada día es más necesaria su apuesta a la coexistencia pacífica de los diferentes, a una república igualitaria y a la libertad. Raúl Alfonsín fue el partero del período democrático más prolongado de toda la historia. Siempre será como un símbolo de la luz de las ideas que salieron del túnel de la muerte y el terrorismo de estado. De la utopía de aquel preámbulo que sepultó todas las dictaduras por los siglos de los siglos, amén. San Raúl de la democracia. A 9 años de su paso a la inmortalidad, tal vez nos ayude a parir el país que soñamos.
Don Raúl se merecía un gran monumento. Ya lo tiene. Era hora de honrarlo.